CANGAS DEL NARCEA.- La promesa de Celita

mujer disprando jpg copiaDesde lo más hondo del corazón, la sangre fluía tumultuosa y caliente brazo arriba. Se abría por los dedos y confluía de nuevo trepidante en la mecha para, por alguna ósmosis misteriosa e inexplicable, colarse en el barreno y lanzarse cielo arriba para explotar en el cénit visual de las almenas en plegaria de agradecimiento. Y así un año y otro hasta que la muerte se llevó a Celita.

Todo había comenzado unos años antes. Celita yacía enferma y casi desahuciada. Se acercaba el Carmen. Fue a visitarla Don Dositeo.

-Mire usted. Yo estoy muy mal. Quería despedirme de la Virgen y por eso le rogaría que cuando suba hacia la Colegiata por la mañana pasen muy despacio por debajo de mi ventana, quiero hablar con ella.

El día 15 Cangas de llenó del bullicio festivo. No era como el de ahora ni mucho menos. Ni en la forma, ni en los actos o la repercusión de los mismos. Pero sí en cuanto a la intensidad, la creencia y el entusiasmo con que los cangueses, al igual que ahora, lo vivían.

Y la procesión de la mañana del día 16, tenía ese “aquel” especial, vivencial y de entrega, que aún continúan manteniendo muchos cangueses a los que aquellos de entonces, como Celina, trasmitieron ese espíritu que, en sus pequeñas cosas, conforma el sentir comunitario e histórico de un pueblo.

Legó la mañana del día 16 y hasta la habitación de Celina, ya prácticamente desahuciada por un cúmulo de males, llegó el repiqueteo del campanín de Ambasaguas.

La procesión había iniciado su caminar por una entonces polvorienta calle de  Arrastraculos. Al llegar a las almenas giró para enfocar la Calle Mayor. Justo al principio de la misma, donde ahora se levanta la Casa de Morodo, Don Dositeo pidió a los porteadores que aflojasen el paso al mínimo. Miró hacia arriba. Celina estaba en la ventana. La vio mover los labios y santiguarse. Nadie supo que dijo aquella canguesa a la Señora. La procesión siguió su camino mientras sonaban los voladores.

Pasaron los días y Celita comenzó a mejorar día a día.

Al año siguiente pidió a sus hijos, Domingo y Candidín, que le colocasen un soporte en las almenas. Quería tirar un barreno cuando la imagen llegase a la plaza en la mañana del 16. Es una promesa, les dijo como única explicación a ellos y a su hermana Amparo.

Y desde entonces, cada 16 de julio, el barreno de Celita zumbaba hacia el cielo.

Solo la señora y ella saben que hablaron aquel día cuando la procesión prácticamente se paró debajo de su ventana.

 

Publicado en La Maniega

 

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R. Mera

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