Remenbranzas festivas. Década de los setenta

Avanzaba la década de los setenta. Mañana del 16.

Un golpe de luz la hizo cerrar los ojos con fuerza. Simultáneamente, una bocanada de aire caliente la envolvió. Poco a poco abrió los ojos y los fue adaptando a luz cegadora que inundaba la Plaza de la Oliva llena de color y bullicio. Había terminado la misa del día del Carmen y Cangas rezumaba alegría y complacencia en todos los órdenes de su diario vivir.

Mari Paz se volvió hacia el interior, se santiguó y, moviendo la mano, dijo adiós a la imagen de la Virgen posada en sus andas junto al altar mayor. Hasta la tarde, la dijo desde su silencio.

Todo eran corrillos, saludos y abrazos.

Un grupo de chiquillos pasa a carreras con varas de voladores en las manos. Es la historia que se repite año tras año, década tras década. Uno de ellos ha convertido la caña de un barreno en imaginario caballo sobre el que cruza raudo entre las gentes.

-¡Carmen!, ¡Carmen!, ¡felicidades!. Y de nuevo besos y saludos.

-Gracias hija. ¿Vienes?

-He quedado por aquí con Nené, no andará muy lejos.

Y no lo estaba. Tan solo un par de metros más arriba. Nené prendía un cigarro en el mechero que gentilmente le había encendido Gabriel Dupont. Dupont era facultativo de minas. Con ellos se encontraban también Juan Bautista; Guarnizo, un simpático andaluz; Lobato y Manulón, todos también facultativos mineros y de mucho predicamento en la sociedad de aquel entonces. Unos años en que la actividad minera se lanzaba a toda velocidad hacia su apogeo de mucho empleo y auge económico. Como ellos, eran muchos los que llegaban ante la abundancia de trabajo y los buenos sueldos.

Todos vestían con elegancia festiva. Dupont llevaba al cuello un pañuelo rojizo del mismo color que el que sobresalía del bolsillo superior de su americana amarronada tipo Príncipe de Gales.

De traje y corbata, y con zapatos impolutos, los contertulios charlaban animadamente sobre la solemnidad de la misa y lo entrañable de la procesión de la mañana.  Que se habían integrado totalmente en la sociedad canguesa lo indicaban los lazos carmelitanos (blancos y marrones) que lucían en sus solapas, distintivo de pertenecer a la Sociedad de Artesanos

Decidieron que era el momento de ir caminando hacia la Jaula de Oro, lugar más que adecuado para homenajear a la festividad del día y de homenajearse ellos mismos con unas también solemnes y clásicas compuestas. Y así lo hicieron entre risas, bromas y algún que otro amago de tirar voladores imaginarios, imitando con la bocas el arranque subida y explosión de los mismos.

Seguía el bullicio en la calle, algunas mujeres pasaban con bandejas de dulces o brazos de gitano. Otras con asados que llegaban aún más que calientes del horno.

Nuestros amigos pasaron del vermú a las compuestas ante lo reproches de las consortes

-Nené, no se te ocurra comerte las guindas, luego dices que te sientan mal

– Home mujer, es el Carmen

Y entre risas y bromas decidieron procesionar hacia el Julter, siguiendo por el Chacón y terminar en el Blanco.

Más tarde irían a comer todos juntos

 

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