Los que apuráis los últimos años de vida no os  avergoncéis de sentir nostalgias

Sé que en estas fechas en las que es “casi obligatorio” divertirse, para los que tenemos ya una edad más que avanzada se convierten más bien en un dolor vivencial sintiendo especialmente lo que ha venido en denominarse el “síndrome de la silla vacía” que, en muchos casos, yo denominaría de “las sillas” ya que hay más vacía que ocupadas

Y es que en las cenas y comidas de estas fechas cada vez hay más sillas vacías a la mesa. Incluso, y por ley de vida, nosotros no tardaremos mucho en dejar las nuestras. Al menos nos queda el consuelo de haber llegado hasta aquí cuando, echando la vista atrás, ves los muchos que se ha ido quedando en el camino.

Aunque desde que nos faltan nuestros padres y muchos amigos, las Navidades ya no han sido lo mismo, soy plenamente consciente de que en muchos casos son especialmente duras para los que se encuentran fuera de su entorno natural en Residencias de Mayores, de minusválidos u otras instituciones, incluso en la de algún hijo, en la capital, lejos de las raíces y de las vivencias de la juventud y la niñez También lo soy de qué  en muchos casos el dolor se agrava al visualizar las casas solariegas, las casas en que uno se crió en este o aquel pueblo sea del norte o del oeste, al aparecer aquellas en nuestra mentes  cerradas, vacías, sin calor y sin villancicos.

No desesperéis ni os amargues amigos lectores. Las cosas son como son y ante ello nada podemos hacer. Refugiaos en los buenos momentos vividos, rememorad en vuestra intimidad los villancicos o romances cantados por las calle con los amigos, los entonados en casa en torno a la mesa  de la cocina. Rememorad  aquella especial cena o  comida que preparaban la abuela o la madre con tanta ilusión como paciencia.

No os avergoncéis nunca de sentir la nostalgia de tiempos y sensaciones idos.

Y en esta Nochebuena, y en esta Nochevieja cuando en la soledad de cada cama, oigáis en la madruga el sonar de la campana de la aldea, o el cantar del algún mozo camino de vuelta a casa, o el olor del café llegando desde la cocina, entonces  sabréis que no estáis solos, que  todos nosotros os acompañamos en la nostalgia de lo pasado y en la esperanza que a cada uno mantiene, mantenemos, en lo que nos queda por vivir.

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R. Mera