CANGAS DEL NARCEA.- La abuela no llevaba a las nietecillas, eran éstas las que llevaban a la abuela

De los cambios en la vida familiar

Hacía tan solo un par de minutos que las manecillas del reloj habían dejado atrás las nueve de la mañana. Con nieblas en las montañas que rodean la villa canguesa, el ambiente estaba frío y desapacible con un airecillo que soplaba del Norte. Cándido llegó junto a la puerta del Bar Mallo, al que seguía llamando Xipón, que era el nombre que había llevado durante muchísimos años tiempo atrás hasta que murió su propietario y cambió de manos, aunque no de río, se decía él, ya que ambos, el anterior y el actual, eran de la comarca del Naviego.

Dio una larga y profunda chupada al cigarrillo y lo tiró al suelo pisándolo con el  tacón del zapato de forma giratoria a  uno y otro lado tal como hacía en el campo por mor de los incendios. Se disponía a entrar en el bar cuando, en la acera de enfrente, vio una anciana que arrastraba un tanto  los pies al andar y que, en una primera impresión, tal parecía que llevaba a dos nietecillas al colegio. Cándido notó algo y detuvo su entada volviendo a mirar curioso.

La nietecillas podrían andar entre los cuatro o cinco años una, y no más de ocho la otra. La más pequeña agarraba con su mano izquierda la de su abuela, mientras que con la derecha parecía querer equilibrarla sujetando la manga de su abrigo. Al otro lado, la mayor  había deslizado su brazo derecho por detrás del de la abuela mientras que  con el izquierdo sujetaba también el mismo brazo con gesto de preocupación ante lo que, intuyó Cándido, podía suponer un traspié de la anciana y como manera segura de evitarlo. Más que mirar a la acera no apartaba su vista de la anciana.

Pese a que era un hombre duro de aldea que había pasado ya por muchas vicisitudes y momentos duros de la vida, no pudo por menos de sentir un sentimiento de ternura. Al fin y al cabo no somos tan malos, se dijo.

Luis Kalimero salió del bar y se paró a saludarlo. Cándido le hizo ver lo que sucedía en la acera de enfrente.

-Irá a llevar las nietas al colegio, dedujo Kalimero por la hora y la situación

-No, no, mira

Al llegar al cruce de Uría con Velarde, el grupo giro volviendo sobre sus pasos, lo cual demostraba que no iban al Colegio. Caminaban muy lentamente y a cada momento se ajustaban abrigos y bufandas. El frío se dejaba sentir

–  Lo que veo claro es que  son las nietiinas las que llevan a la abuela y no al revés como parecía a simple vista. A dónde sea, pero son ellas las que llevan a la abuela, remató Cándido.

Entraron ambos en el bar y siguieron comentando la evolución de la sociedad y el creciente papel de los abuelos, fuesen cual fuesen sus condiciones físicas, en el cuidado y vigilancia de los nietos. Ambos concluyeron en que la sociedad había cambiado mucho al respecto, se había roto la organización familiar clásica que mantenía unida a las generaciones en la misma familia o en el mismo pueblo, y habían sido los abuelos los que habían salido perdiendo: se jubilaban de una actividad laboral reglada para comenzar a trabajar en otra sin regulación alguna.

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R. Mera