Semana de Pasión, pasiones y penitencias

pilatos-voz-juan-carlos-boveri[1]Hoy, lunes, iniciamos la Semana Santa, la Semana de Pasión. Para muchos serán siete días de penitencia, ayunos y abstinencias, pero  pasarán rápidos en la esperanza de la resurrección, del aleluya del Domingo de Pascua. Y no siete, sino setenta veces siete, llevan de pasión, de penitenta y ayuno, cerca de seis millones de parados españoles. Y en lontananza no hay domingo de resurrección, no hay aleluyas ni en latín ni en castellano.

Y como aquel Jesús de Nazaret, también llamado el galileo, van de Anás a Caifás, del INEM a las oficinas temporales de empleo, en busca de una justicia, de un derecho que se le ningunea. “No es problema de mi jurisdicción”, decían al galileo en uno y otro lugar. “Nosotros no podemos decidir en tu caso”, dicen los sumos sacerdotes de hoy al parado penitente. Y vuelve a empezar la rueda, mientras el pueblo con trabajo les apunta y acusa: “Vosotros sois los culpables de la situación”, señalan con el dedo. Y los llevan ante el Pilatos de guardia. ¡Crucifícale!, decían entonces. “¡Enviadlos a su país!, ¡que vuelvan a su pueblos y barrios!, dicen ahora. Y unos gritan y otros protestan. Y como aquel hombre, los de hoy, miran sin entender y esperan que se cumpla su destino. Buscan ayuda desesperados, pero ya no encuentran donde agarrarse. Y el gobernante, el nuevo Pilatos, se lava las manos y devuelve al reo. “No es de mi incumbencia”, aseguran y afirman gobernantes y sindicalistas, políticos del gobierno y la oposición.

Y cada uno se refugia en su particular Huerto de los Olivos. Y allí, en silencio y rodeado de sus más cercanos, espera en la desesperanza, en la frustración y el sufrimiento de la impotencia. Y aún ha de ver como entre aquellos en los que confiaba, también otra vez como entonces, le negarán, no tres veces, sino treinta veces tres, afirmando que no le conocen de nada, que se las arregle.

Y también como aquel nazareno pedirá cada uno a su dios, a su padre, que el cáliz del sufrimiento y la impotencia pase y todo termine. Y cada uno de esos seis millones de españoles habrá de recorrer, está recorriendo ya, su particular camino del calvario. Y no los políticos, no lo sindicatos, no los sacerdotes expulsados del templo, habrá de venir en su ayuda. Muchos encontrarán su Cirineo entre los más cercanos, entre los padres y abuelos jubilados. Ellos serán, están siendo, los que les ayuden a llevar la pesadísimo cruz del paro. Y serán sus madres y sus abuelas, las verónicas de hoy que les limpien la sangre y sudor de la desesperación, la rabia y la impotencia.

Y aún habrán de sufrir los azotes de quienes les gritan vagos, o vosotros fuiste culpables que gastasteis sin tener, que dilapidasteis prestamos, herencias y bienes. Y los más altos responsables, encerrados en sus castillos de lujos y moquetas salidos de la extorsión, el robo, y la dilapidación de lo público, se asomarán a la ventana y, copa en mano, preguntarán como entonces hacía el gobernador romano de Judea. ¿Quién es ese hombre?.

Y unos se encogerán de hombros, y otros negarán como San Pedro, y los sindicalistas mirarán hacia otro lado o acudirán presurosos a colocarse detrás de alguna pancarta, almoneda de cambio en la continuación de sus privilegios y prebendas. Entre los parados no hay afiliados, no interesan. Dejadlos, que ya encontrarán su Gólgota.

Y éstos seguirán buscando su especial aleluya, su Domingo de Resurrección.

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