Del Geoparque de las Villuercas al Parque de Fuentes del Narcea

MERA.-Atardecer en la dehesa
MERA.-Atardecer en la dehesa

Amigos: bien hallados.

Atrás ya la  somnolencia veraniega, la impuntualidad y el “dejar hacer, dejar pasar”, hemos de pensar en retomar las rutinas del diario trabajo, unos, y el devenir de los compromisos, otros.

No es que mi veraneo haya sido gran cosa. A estas alturas, y cuando se es a la vez abuelo e hijo, los compromisos familiares alteran los tiempos y las cadencias y han de aunarse deberes y ocio en balanza equilibrada de manera que las obligaciones que lo primero conlleva no desmerezcan la placidez de lo segundo.

Como cada año, he vuelto a mis raíces, a mi Berzocana natal y, de alguna forma, junto a mi mujer, Maribel, y mi perra, Raisa, nos hemos dedicado no ya a redescubrir, que también, sino a conocer muchos lugares y rincones del entorno cuya existencia ignoraba o que, como mucho, me sonaban vagamente en sus nombres.

MERA.- Tormenta en las Villuercas
MERA.- Tormenta en las Villuercas

La primera puerta me la abrió la información que sobre el Geoparque de las Villuercas difundió el ayuntamiento berzocaniego. Tampoco es que nos volviésemos locos efectuando grandes rutas o interminables caminatas, no. Con el coche nos trasladábamos a un punto (Altos de Cañamero o de Navezuelas, río de los Romeros, cercanías del Cancho de Reloj, pantano de Risco Gordo y otros) y desde allí iniciábamos largos paseos descubriendo silenciosos rincones, canchos de formas caprichosas, profundos silencios entre los encinares, el eco del berrear de los corzos, el chillido del águila o el vuelo majestuosos y cercano de los buitres ante profundos e inmensos paisajes que se abrían como abanicos multicolores a nuestra mirada asentada entre altos riscos o elevados montes. Unas veces, las alineaciones de las Villuercas se abrían ante nosotros envolviéndonos y otras nos dejábamos engullir por las miles de encinas de las dehesas.

Y  así una tarde tras otra dejándonos abrazar por los profundos y rojizos atardeceres o adormecer por los múltiples e indescifrables sonidos del anochecer. Incluso vivimos una tormenta que nos sorprendió en la Sierra de la Madrila y que nos permitió vivir un maravilloso atardecer bajo la lluvia y entre los truenos. También recorríamos las más cercanas al pueblo saliendo directamente de casa: el camino del Valle, el Alto de San Isidro, el puente Mohedas (Moheas que dicen mis paisanos aspirando fuertemente la h) o salir por la Cruz de los Santos para volver por el Rehoyo (también con la h aspirada).

Por las mañanas, los paseos eran más cortos y cercanos. Salía por la Fuente de las Carretas y caminaba con el sol a la espalda por la pista de tierra que los berzocaniegos llaman irónicamente la B-30 (en alusión a la M-30 madrileña) hasta llegar a la ermita de la Concepción, continuaba hasta la antigua era de la Mocara para volver a desandar lo andado ahora con el sol de frente.

MERA.- Oteando el paisaje
MERA.- Oteando el paisaje

Aunque no con la asiduidad que hubiese deseado ( mi madre me nombró ayudante de cocina sin opción alguna a protesta) me encantaba salir a mediodía a tomar una cervezas, en una terraza cuando se trataba de salida más o menos familiar, y en la barra cuando dedicaba el tiempo a charlar con mis paisanos. La edad quedaba reflejada en que casi todas las conversaciones se iniciaban con un ¿te acuerdas cuando…?.

Ahora hemos cambiado de lugar y de paisajes. Aquí en el concejo cangués, en Larna, también seguimos con nuestros paseos diarios, aunque las empinadas cuestas que la rodean me cuestan un mundo y mil resoplidos.

Los móviles funcionan muy mal y no me es posible la conexión a Internet. Por ello he de bajar diariamente a Cangas si quiero mantener esta página, o comprar la prensa, o tomar una cerveza. Creo que aún no me he desprendido del todo de la informalidad veraniega. Disculpadme.

MERA.- Al fondo, Fuentes del Narcea
MERA.- Al fondo, Fuentes del Narcea
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