Educar, enseñar, programar. De las cigüeñas a la aplicación de móvil

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 No lo puedo remediar. Incluso hay veces que lo provoco. Y es la tendencia a volver al mundo  de la educación. Y fíjense que hablo de educación, algo que corresponde a los padres, y no de la enseñanza que corresponde a maestros y profesores.

E inicio mi intervención con esta frase, que encierra todo un tratado, y que tomo prestada del profesor y filósofo Gregorio Luis. Dice: “Se aprende más de un capítulo de los Simpson que de toda una clase magistral. De un capítulo a otro, toda la familia olvida por completo  todo lo malo  sucedido entre ellos en el anterior”. Nosotros, en la mayoría de los casos, no es que no lo olvidemos de un día par otro, sino que tardamos, meses, años, e incluso toda una vida en hacerlo.

La buena educación, nos dice Luis, ha de hacerse con buen humor y un punto de ironía. Aquí, como en todo, lo fácil es decirlo y lo difícil hacerlo, porque hay niños, nenos, piratas o diablos en toda regla, ante los que hasta el santo Job, aquel de la Biblia, habría perdido no solo el humor, sino la paciencia y hasta los dientes.

Y todo tiene su aquel. Escuchen: antes, en nuestra niñez a los niños los traían las cigüeñas y de ahí que siempre, a partir de febrero, estuviésemos pendientes de ver pasar a alguna con un atillo en el pico del que sobresaliese la cabecita de algún infante. Nunca lo logramos, pero así nos juraban y perjuraban sucedía. Allá una poco más adelante, comenzaron a llegar de París. Debió de haber alguna huelga de cigüeñas, o un ERE, o sencillamente quebró la empresa. Nunca llegué a enterarme.

Hace poquitos años comenzaron a surgir del amor entre papá y mamá; se  querían mucho, se abrazaban, y nacía un niño. Y ha poco se hablaba de apareamiento, esto dicho en fino, aunque la mayoría lo expresaban a lo burro y que yo, por respeto a ustedes, no voy a repetir aquí tales animalescas expresiones.

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Bueno, pues olvídense de todo ello. Los niños de hoy surgen del “aprovechamiento minutado de un hueco que programamos en la agenda y el resultado aunado a la práctica de una nueva aplicación instalada en el móvil”.

Y de ahí la diferencia en la educación y la enseñanza. Antes nos las arreglábamos como podíamos en una y otra cosa. Ahora, al ser los hijos programados, la responsabilidad puede a los padres ya que temen no haber solapado adecuadamente alguna interrelación de la citada aplicación procreativa o han utilizado dos sistemas incompatibles en algunas relaciones.

Aunque todo ello mi amigo Xuan, el de Larna, me lo resume asegurando que lo que ocurre es que los padres no han salido aún de la casa de los abuelos y los hijos no han entrado en la de los padres.

Y yo añado que habrá que agregar a ello el hecho de que los padres están empeñados en ser agentes dinamizadores del tiempo libre de sus hijos ante el terror que supone para ellos el dejarlos que  salgan a  calle y vivan en ella sus propias experiencias como había venido sucediendo a lo lago de los tiempos, incluso en los del que esto dice y el de sus hijos.

 Crónica para Onda Cero del lunes, día 19 de mayo

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