CANGAS DEL NARCEA/TINEO. Una historia de valor que salvó una vida

Hay historias bellas que nos hablan de desinterés y entrega, de preocupación por el prójimo, de anteponer el bien de los demás al propio. En una época en que el individualismo y el egoísmo  se alzan como objetivos más que visibles, el que ocurran hechos como los que aquí les narro es como una bocanada de aire fresco que reconcilia a uno de nuevo con la humanidad

Pepe R..-Los protagonistas en el puente
Pepe R..-Los protagonistas en el puente

Sucedió hace ya algunos meses, cuando aún el frío y las heladas reinaban en el suroccidente asturiano. De esta historia se hizo eco el entonces corresponsal de La Nueva España, Pepe Rodríguez

Anochecía. Poco a poco el frío iba envolviendo la carretera que, serpenteante, bordeaba el pantano de Calabazos agua bajo de Soto de la Barca. Los turnos mineros caían monótonos.

Eran sobre las diez de la noche. Invierno, mucho frío y oscuridad. Cinco trabajadores se dirigían a su puesto de trabajo en la mina de Carlés (Salas). No imaginaban, ni mucho menos, el dilema que se les plantearía en breves momentos.

Daniel Fuertes (Limés, Cangas del Narcea), Jesús Allande (Pola de Allande), Alberto Rodríguez (Rebollas, Cangas del Narcea), José Ramón Marqués (Cangas del Narcea) y Manuel Gómez (Tineo) viajaban en el mismo coche, alegres y bromistas, algo propio de su edad y  carácter.

Enfilaban la curva del arroyo Fonfaraón, en el concejo de Tineo.

-¡Mira, tú!, hay un bulto subido a la barandilla del puente –dijo uno de ellos-

-¿Qué dices?. ¿Quién va a haber ahí a estas horas y con el frío que fae?

Disminuyeron la marcha y se fijaron bien. Parecía ser una persona con las piernas hacia fuera, hacia el agua, quizás embelesada mirando los rizos que producía el aire en las aguas del embalse de Calabazos. Continuaron, pero quedaron muy intrigados. Se preguntaban unos a otros y, en vez de aclarar nada, aumentaron las dudas. Estaban llegando a los túneles de Pilotuerto.

Instintivamente decidieron dar la vuelta y averiguar los que pasaba. Lo hicieron sin discusión alguna. Fue una reacción unánime y espontánea. Llegados nuevamente a la altura del puente, sin bajarse del coche, se acercaron a la silueta que destacaba contra el cielo. Vieron que era una señora. Bajaron la ventanilla

-¿Necesita algo?.

No hubo palabra alguna de respuesta. De repente la silueta desapareció de su vista. La señora se había lanzado a las aguas.

Quedaron como aturdidos. Con una inmediata sensación que no pudieron explicar.

 -Desapareció en la noche. Nos dio a todos un vuelco el corazón -contaba después Alberto Rodríguez-.

Salieron rápidamente del coche y se acercaron al petril del puente. Encendieron las pantallas de su móviles buscando luz en la oscuridad. Uno de ellos volvió al coche a por una pequeña linterna. Enfocaron unos y otra hacia las aguas negras. De ellas surgía ante la luces una cara blanca, de palidez como una luna de invierno reflejada en las aguas,  que se dejaba arrastrar por las mismas.

Alberto Rodríguez y Manuel Gómez corrieron por el camino que usan los pescadores para bajar hasta la orilla. Sus compañeros llamaron al  112 para informar de lo que estaba ocurriendo.

Fueron momentos tensos, angustiosos. Vocearon tratando de convencer a la mujer para que saliese.

-No, no saldré – respondía aquella débilmente.

-¡Venga hacia la orilla!, gritaban

-No. No arriesguéis por mí – señalaba la mujer convencida

– ¡O sales tú o me echo a por ti! – gritó Alberto decidido

No surtió efecto, la mujer seguía dejándose llevar por el agua. Imposible razonar o convencerla.
Alberto se desnudó decidido. Se colocó  la linterna con la boca y  se metió   en el agua helada.Nadó unos treinta metros y llegó hasta la mujer. Ya había perdido el conocimiento. Luchando contra el frío y la dificultad la sacó nadando hasta la orilla.

-No hizo ningún amago de salvarse, ni de agarrarse a mí, estaba medio inconsciente cuando llegué hasta ella. Si no la saco entonces y esperamos a que llegue la Guardia Civil y los bomberos yo creo que ya habría sido tarde.

Ya en la orilla, la mujer  empezó a tener convulsiones pero, por fortuna, la ayuda profesional ya había llegado.

Contaba después  Alberto Rodríguez como no sintió frío en ningún momento:

-Tan solo recuerdo muchos nervios, mucha tensión y un fuerte estado de excitación.

Ninguno de ellos quiso protagonismo alguno.

-Aquí el héroe es Alberto, que es el que se metió, señalaban entre bromas

 El nombrado se encoge de hombros

-Sólo hice lo que haría cualquier persona normal en estas circunstancias.

 Pues dado los tiempos que corren puede que sí o puede que no Alberto. De todas formas quede con esta narración, y junto con nuestra felicitación, constancia de un hecho, cuando menos valeroso, de entrega y amor al prójimo protagonizado por unos jóvenes trabajadores de la comarca

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R. Mera

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