CANGAS DEL NARCEA.-Retazos de una tradición: La traída del arbolón

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 1.- Cae la tarde. Desde el Reguerón, aguas abajo del Narcea, los mozos de Cangas suben cargados con el árbol. Vísperas de San Pedro. La niebla cubre las “cien montañas que se elevan alrededor” de la villa, según reza la canción convertida en himno oficioso.

Con las primeras sombras, el arbolón llega y entra en Cangas. Ligeros, como si no llevasen peso, los mozos, cargados, se alinean con La Cortina de fondo.

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 2.- Luces y sombras. Decididos y a paso de carga, los mozos pasan delante del juzgado. Curiosamente no hay prácticamente nadie recibiéndolos. Una madre y sus dos hijos y dos mujeres que disparan las cámaras de sus teléfonos móviles conforman el público. Indiferentes, los mozos se centran en su trabajo. No buscan aplausos sino su propia satisfacción personal

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3.–  Ha cerrado la noche. Manolón y Adralés soportan estoicos la parte más pesada. Altura y potencia van confirmando la fila de adelante atrás. Los gritos y vivas salpican la marcha. De un lado se vitorea a San Pedro, del otro surgen sonoros y rotundos tacos o insultos de grueso calibre.

-Deja en paz a San Pedro y arrima el hombro ¡cabrón!.

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4.- Los gestos de sufrimiento se reflejan en las caras. Se impone un descanso. Echan abajo el árbol y se limpian el sudor. Perplejidad: ni uno de los bares del Corral está abierto. Algunos se asoman a la calle Uría en busca del chigre que enjugue la sed y el cansancio. En lo que la vista alcanza, todo cerrado. Es el problema de que la festividad caiga en domingo. La hostelería va a su ritmo. Surgen algunas voces de protesta.

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5.-  La mente clara y concentrada en el esfuerzo se refleja en los rasgos distendidos de las caras de estos dos porteadores. Por contra, los cuerpos, lanzados a la carrera, desplazan sus decididos movimientos fuera de la foto saltando sobre el objetivo e incluso la voluntad del fotógrafo. La fe en la promesa de llegada fija la mente en el objetivo y en el cuerpo el movimiento de aproximación.

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6.- La noche ha llegado a la villa a la par del arbolón. Concentrados, los porteadores embocan a la calle Mayor. Saben que desde este punto, el público comenzará a llenar las aceras y animará desde las terrazas. El apoyo moral les vendrá bien para revitalizar el esfuerzo.

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7.- Luces, sombras, reflejos. El movimiento desenfoca las líneas y el sudor empapa los cuerpos. Al fondo se adivina ya el primer bar abierto. Los pasos se hacen más ligeros y rápidos

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8.- . Los niños rodean la copa con interés, saben que ha de llegar intacta a Ambasaguas.

– ¡No se pueden cortar hojas!, exclama el más pequeño imbuido de la importancia de su misión.

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9.- Entre el hombro del joven y el árbol ha quedado una especie de vacío. Apenas se rozan. ¿O es un efecto óptico?. Quizás un momento de respiro del mozo compensado con un poco más de esfuerzo de quienes le preceden. Fueron casi dos mil quilos de pesos y 27 metros de árbol. Y  no llegó levitando sobre los hombros de nadie.

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10.- ¡Por fin!. Un momento de descanso, un respiro, un recuperar de fuerzas y pausar de los desbocados latidos del corazón. Sentados sobre el propio árbol, estos tres mozos reflejan en sus caras toda la intensidad del esfuerzo vivido hasta ese momento. Y aún queda un trecho.

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11.- Llega la cerveza, fresca, espumosa, llena el paladar y acaricia los bordes de la lengua. Las papilas gustativas se hinchan y el frescor se va deslizando lentamente garganta abajo a la vez que el cansancio se atenúa y la tensión se relaja. La meta se adivina cercana. La sed se aplaca y el placer de lo que se realiza se mezcla con lo sensorial que aporta el frío del líquido sobre los músculos cansados.

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12.- Con orgullo de padre, Manuel Rodríguez posa orgulloso con sus hijos Álvaro y Pelayo en el camino del arbolón hacia Ambasaguas. Ellos también han puesto su granito de arena en el traslado y se sienten satisfechos. El futuro de la permanencia familiar en el cumplimiento de la tradición está asegurado con los Rodríguez Avello “de Cangas de toda la vida”.

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13.- Si una imagen vale más que mil palabras ésta, de José Ramón Puerto, condensa toda la noche del 28 de junio. Manolón besa el árbol, ya colocado, con unción. Seguro que ese beso condesaba otros cientos de otros tantos cangueses que, antes que ellos, cumplieron con la tradición clavando el gran árbol frente a la ermita de la Carmelitana de Ambasaguas. Un beso por los que se fueron y por los que vendrán.

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