Día 1 de enero

 

Ha despertado fría la mañana. El sol se va asomando tímidamente haciendo brillar la helada sobre los verdes y tejados de Oviedo. Silencio. Por las calles del centro, los últimos noctámbulos se enfrentan a la luz entrecerrando los ojos y e intentando abrir la mente a las ideas. Más allá y acá, las calles se desperezan solitarias. Una mujer, ya de edad, pasea a su perro abstraída.

La fiesta apenas ha sido tangible. Las horas se han escapado de las manos de los jóvenes como la arena de la playa en las de un niño. Al igual que para los que ya peinamos canas abundantes lo hacen las horas, los días y los años. Tempus fugit dijo el filósofo. Y el inicio de un año no difiera en nada del anterior, todo llega rodado de la mano del funcionamiento inalterable del cosmos y las cosas. Y la cenas, y las copas, y los matasuegras, no son ya sino anécdotas que fijan el tiempo que inevitablemente se nos va.

Pasan las horas lentas para el adolescente y jóvenes. Para los ya maduros y los ancianos corren endiabladas dejando apenas un pellizco sensorial de su paso. Y un año sucede a otro con la misma monotonía.

Va calentando tímidamente el sol. Y uno, en la rutina de cada Año Nuevo, se dispone a escuchar el concierto de fin de año que se celebra en Viena. Como ayer y como, si Dios quiere, como mañana.

Que los vientos de la existencia sean propicios a vuestros deseos

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