El tiempo como espectáculo televisivo o como transformar lo normal en algo extraordinario

Como ha venido ocurriendo con otras tantas cosas, el toque frívolo tiznado de progresismo que pone la TV a muchas noticias o cuestiones noticiables, convirtiéndolas en un espectáculo por el espectáculo, envueltas en el papel de celofán de la zafiedad y el más descarnado desnudismo a las vidas ajenas que a ello se prestan a cambio de suculentas soldadas, ha llegado también a la información sobre del tiempo.

Muchos medios, con las televisiones a la cabeza, están convirtiendo lo que debían de ser servicios informativos sobre el tiempo previsto o lo sucedido con el mismo en el día anterior en verdaderos espectáculos capaces de convertir lo normal en un suceso extraordinario que tan solo sucede cada no sé cuántos años, siglos o épocas. Tal ha ocurrido en estos días. Se ello aparte de la realidad de las nevadas habidas en el Levante español que, dicho sea de paso, son también propias del invierno y no del estío veraniego y playero

Se encontraba uno por tierras burgalesas. El bar lleno y más que animado ya que era la hora del chateo y muchas las cuadrillas se encontraban en plena ronda habitual por los mismos. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero.

No tardó en llamar la atención el presentador del tiempo en la tele. El grupo paró y le escuchó atentamente mientras aquel presentaba foto tras foto de lugares nevados ríos desbordados y corresponsales tiritando. Temporal, alarmas rosas, rojas, amarillas y de todos los colores. Una ola de frio amenazaba acabar con la vida del planeta, o al menos eso se desprendía de la fraseología, grandiosidad de léxico y amplitud engolada de frases del presentador.

Uno de los hombres, con gorra de visera, se ajustaba la bufanda debajo del chaquetón

-Hay que joderse con estos tíos del tiempo: llaman temporal y montan la de Cristo con algo que es totalmente normal en estas fechas y que sucede año tras año, ni tienen memoria ni formalidad alguna

-Ya te digo, intervino otro, Aquí tenemos cinco bajo cero como casi todo los años en estas fechas y como rondaremos los cuarenta por la Virgen de Agosto. Asustan al personal, luego no pasa lo que dicen y a la próxima vez no le hace casi ni dios y ¡hala? Lío que te crió en las carretas

De aquella información del tiempo aséptica y ajustada, muy corta en el tiempo se ha pasado a un relato sensacionalista de las previsiones aderezado de fotos y más fotos que convulsivamente mandan los espectadores en un demencial forcejos por ver quien logra colocar en la pantalla la foto de su pueblos con nieve, con agua o con un rojo atardecer. Y quien dice en la tele dice en Internet en cualquiera de sus plataformas. Eso es lo que importa y lo que vende.

Como decía el paisano arriba citado. La masa de aire siberiano, con la que se llenaba la boca y la dicción el presentador, llegaba cada invierno al igual que las uvas en septiembre. Era una cosa normal. Y la sociedad que se cretinaliza ante la TV, abre la boca y ve todo aquello como algo cuasi paranormal que puede acabar con la civilización. Como si el tiempo fuese cosa de Iker Jimenez

Y llega a tal el espectáculo que el personal asegura que solo hace “buen tiempo” cuando luce el sol y puede llevar a sus superprotegidos hijos al parque o acudir a la playa aunque sea en el puente de la Inmaculada o el día de Nochebuena. Y siguen el espectáculo si darse cuenta que por ese “buen tiempo” se están alterando los ciclos naturales de las plantas y de las cosechas, de los árboles frutales y de los productos de la huerta. De que las estaciones se están desestabilizando y falta las lluvia en las épocas en que debe llegar y llegan cuando no deben. Y viven felices unas Navidades en que se suda como si fuese julio en cabalgatas y belenes. ¡Qué buen tiempo!, aplauden¡. Todo sea por el espectáculo!. Espectáculo capaz de convertir lo normal y cotidiano como el frio y las nevadas de diciembre en algo extraordinario capaz de ocupar más de veinte minutos en cada televisión.

En el informativo, una reportera, tapada a hasta las orejas, hablaba sobre la gran nevada que afectaba a no sé qué zona en las cercanía de Madrid y que afectaba gravemente al tráfico. Detrás, los coches circulaban con normalidad y a sus pies apenas un par de centímetros de nieve. Ningún espectador se daba cuenta, o no quería darse, de ello. Unos y otros se empeñan en explicarnos el asombroso prodigio de la aparición de nieve en diciembre y calor en julio. Eso sí, todo ello aderezado de especial grandilocuencia, conexiones y opiniones aleatorias que intentaban esquivar aquellas que hablaban de normalidad. Todo sea por el espectáculo y la cretinez de quienes lo soportamos y admitimos con la boca cerrada.

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