UN SÁBADO CANGUÉS. 1.981 (I)

UN SÁBADO CANGUÉS. 1.981 (Capítulo I)

 Al llegar el sábado, Cangas se convierte en una población rural, centro comercial de zona, donde el trato, la compraventa y el copeteo, los atascos y los bocinazos, se entremezclan en paisanil baraúnda.

En la Vega.

Desde primeras horas comienza a fluir ganado a La Vega. Camiones y tractores del tipo “topolinos” han sustituido a las madreñas del campesino, el cantar de los ejes de los carros y al andar pausado del ganado: es la modernización: Con ella llegarán también los primero atascos del día que irán in crescendo y que alcanzarán su apogeo de once a una de la mañana.

Se atan los animales en el aún improvisado ferial y con el primer “Soberano”, que se trasiega en La Criolla, comienzan los tratos. A la habilidad  y experiencia del tratante de turno opondrá el paisano su cachaza y zorrería.

A medida que avanza la mañana se anima el ferial y del trato de la vaca se pasa al del tractor, la ordeñadora eléctrica o la máquina para cortar hierba. Es el signo de los tiempos.

El trozo de la carretera de Rañadoiro que va de la gasolinera del Corral al Puente de los Penones, o Puente Nuevo, se hace completamente intransitable. Los “cuatro ejes” del carbón no dejan de ir y venir en su eterno carrusel de grandes hormigas hacendosas. Los turismos dan vueltas y más vueltas cargados de bolsos y niños en una inútil búsqueda de un hueco donde aparcar. Los camiones de ganado maniobran con dificultad para entrar o salir del “Cargue” de La Vega. Los paisanos, todo cachaza, se paran tranquilamente a charlar en medio de la carretera ajenos a ruidos, bocinazos y todo ir y venir.

Mugidos, olor a gas-oil y excrementos, sonidos de cláxones, frenazos, voces, empujones… la sensación de falta de espacio es agobiante.

En los chigres de la Cuesta de la Vega el copeteo es abundante. Con un brazo en el mostrador y la otra mano en la guiada, charlan los hombres del campo cangués de sus eternos problema: la carne, la leche, las patatas, los precios, el mercado…

Los “Soberanos” y “Veteranos” comienzan a hacer brillar las pupilas. Se acerca la hora de la xanta. Generación tras generación se vienen repitiendo los mismos lugares: La Criolla, Casa Xuacona, Barrigaquís, El Metro, Pénjamo Viejo, Acebo, La Mina… todos presentan el mismo ambiente: café, copa y farias. Se ultiman los postreros encargos. ¿Otra copa?.

En la Oliva.

Si en La Vega son los hombres los que tratan y deciden, la Plaza de la Oliva es terreno de acción del mujerío. El tono del las conversaciones es más agudo; el regateo más ruidoso, el caminar más rápido y el chismorreo y los saludos más abundantes. Los vendedores ambulantes han tomado posiciones desde muy temprana hora, los locales se sitúan en lugares más o menos tradicionales o sacan sus productos a las puertas de los negocios.

Las mujeres que bajan de la aldea colocan sus cestas con productos autóctonos en largas filas. Detrás de ellas, graves una y risueñas otras, esperan o incitan a las posibles compradoras: quesos de afuegal´pitu, mantequillas, huevos, berzas, productos de la huerta y frutas diversas. La temporada regula la existencia de unos u otros.

A primera hora sus precios son altos. La oferta y la demanda los irán regulando a medida que avance la mañana. El regateo es el señor del momento.

Unos altavoces se lanzan al asalto de tímpano del transeúnte. Cientos de cintas magnetofónicas se ofrecen en revoltijo de títulos y calidades. Más allá, en multicolor tenderete, es posible adquirir cualquier tipo de baratija o utensilio de cocina. Las mujeres toman y sueltan cubos, cubos, potas, moldes para pastas, coladores, pistolas de plástico, muñecos deformes…

-Oiga jefe, ¿que vale esto

-Un momento señora. ¡Elija, elija sin compromiso!

Un joven de vaqueros y pelo largo intenta mercar una albarda, parece que no habrá trato. En el tenderete de cuchillos y navajas, una paisana se desgañita reclamando al vendedor siete pesetas del vuelto.

A la puerta de la iglesia, junto a un montón de cestas y capachos, hay gran revuelo. Me acerco. Un hombre afónico de voz y de megáfono, subasta lotes de figuras de muy dudoso gusto. No importa, se vende a toda velocidad. Más allá, en variopinto revoltijo, se pueden ver zapatos y pantalones, sábanas y calzoncillo, pijamas y monos de trabajo, camisones y delantales…

Los vendedores gallegos, subidos en sus pequeñas camionetas, ofrecen pruebas de jamones, quesos y chorizos al ama de casa. Aquel vende embutidos, el otro negocia sacos de patatas que revenderá a granel. El frutero de más allá hace oscilar la balanza y la compradora reclama en el peso:

-¡Yo pedí un kilo!

-¡Llévate dos y no seas tonta, son muy buenos! ¡No tendrás otra ocasión!

Y pone los dos kilos. La mujer se resigna y paga.

Bullicio de colores, risas y besos, quejas de lo alto de los precios entre los que compran y de los bajo de los mismos entre los que venden, balance de cajas, gritos de anuncios, propaganda impresa llenando el suelo… Las poco madrugadoras pasan adormiladas arrastrando sus carritos de compra.

-¿Te quedan acelgas?

La una. La plaza se va despejando lentamente. Comienzan a desmontarse puestos. Ha llegado el turno de los empleados de la limpieza municipal. Una naranja sirve de balón a unos pequeñajos.

Continuación: Un sábado cangués (y II)

 

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