CANGAS DEL NARCEA.- Domingo de agua y silencios

Llueve. La villa amanece envuelta en nostalgias invernales y fríos decembrinos. Retazos de niebla coronan la aldea de Santa Marina y las calles se presentan solitarias. Incluso los coches han abandonado los estacionamientos buscando refugios soleados o más templados y han dejado espacios de asfalto normalmente ocultos al descubierto.

Las persianas, bajadas, ocultan pudorosos amaneceres dominicales; lentos, plenos de somnolientas perezosas, vagas, de estiramientos corporales sobre la almohada dejándose abrazar por el rozar de las sábanas sobre la piel y que se tornan eróticos en los más jóvenes y en caricias y retozos festivos en otros casos. Son mañanas de lento devenir de las horas, de dejar hacer al tiempo con la mente en blancos de olvido.

La calle, solitaria, espera el momento de ver aparecer los primeros paraguas, chubasqueros, e incluso las bufandas que ha habido que buscar de nuevo en las baldas de invierno de los armarios. El geranio, con su primeras flores, se asoma incrédulo al alfeizar de la ventana dejándose acaricias por las gotas suaves de la lluvia que también han sacado brillo invernal al plateado de las farolas de las que salen unos hilillos de humo consecuencia del calor de las recién apagadas lámparas.

Domingo. Aún no han sonado las campanas en el cercano convento de las Dominicas. Ni ha llegado al Paseo el lejano repique de las de la Basílica que toma una u otra dirección según le lleve el capricho del aire. Duermen aún los cangueses. Ni siquiera veo pasar algún noctámbulo de sábado buscando el calor de la cama. Silencio, soledad.

El olor del café humeante es capaz de hacer viajar la mente a otros tiempos y lugares. Lo saboreo lentamente mirando la calle tras la ventana y las gotas de lluvia bajar temblorosas acariciando los cristales y dibujando sinuosos caminos que abren fantasías en la mente.

Abro la ventana buscando algún ruido. Silencio. Ni siquiera un motor de ida o vuelta. Una bocanada de aire frío me hace cerrar y dar otro sorbo al café aún demasiado caliente.

Silencio. Cangas espera, abrazada por la lluvia suave, que la mañana avance en claros y comiencen a subir las persianas llenándola de vida, aunque tan solo sea porque hoy, esta tarde, llega la Vuelta Ciclista al Acebo.

Suelen ser los domingos cangueses plácidos de ajetreos y vacíos de gentes, sobre todo de niños. Quizás éste, con el sonar de las cadenas de las bicicletas, se anime y llene el ahora vacío Paseo de gentes y bullicio. Pero eso será más tarde.

Miro de nuevo el caer de la lluvia, suelto la taza ya vacía del café y me siento delante del teclado. Yo también dejaré que las horas iniciales del domingo se desgranen monótonas mezcladas entre las gotas de la lluvia.

 

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