CANGAS DEL NARCEA.- Uno de mayo: ciclistas y frío en el Paseo; nieve en el Acebo

Uno de mayo, lunes. El día ha amanecido triste. Y frío. Las nubes bajan para besar las montañas que rodena la villa (esas cien de la canción) y se elevan de nuevo dejando pequeños rotos de azul entre ellas.

El Paseo presenta hoy un aspecto distinto. Se ve gente apresurada ir y venir en el entorno del Parque del Minero. El resto vacío. Tres ambulancias aparcan frente a mi ventana y un par de vehículos con bicicletas en la baca dan una vueltas un tanto sin sentido. Unos operarios inflan un azulado arco de plástico que sujetan junto a la entrada del llamado Chalé del Soliso y que fijará el lugar de salida en el centro de la calzada. Lonas publicitarias cierran las aceras en el tramo del parque y del citado chalé y todo se inunda de color pistacho que duele a los ojos a estas tempranas horas. Más allá de ese trozo de la calle Uría, no se mueve absolutamente nada. Dentro de un rato, de ahí mismo saldrán los corredores de la Vuelta Ciclista a Asturias, los corredores y con ellos toda la parafernalia de estos actos deportivos que antes definían de una manera un tanto cursi como “la serpiente multicolor”.

Sin que pueda evitarlo, acuden mi memoria otras llegas de la Vuelta a Cangas. Era un acto esperado y multitudinario con mucha repercusión en todos los sectores, principalmente en la hostelería y hospedajes. Corredores y demás componentes pernoctaba en la villa logrando inundar sus calles y plazoletas de gentes aficionadas o simplemente curiosas. Al anochecer había verbena y con ello se lograba que fuesen muchos los vecinos de los pueblos del concejo que acudiesen a la llamada de la Vuelta. Estoy seguro que muchos de ustedes se acuerdan de los operarios que mi amigo Jose Avello llamaba “quita vallas pone vallas”; obreros encargados de poner y quitar la vallas de protección, entonces de la Caja de Ahorros, y que con “un escapulario” (tarjeta identificativa) al cuello se dejaban ver contoneándose y estirándose cual si todo dependiese de su saber y dotes organizativas y que ponían todo su empeño en ligar. Ya no ocurre. Los componentes de la vuelta llegan, firman y se van, volviendo de nuevo al día siguiente para volver a marcharse de nuevo

Son nostalgias de antaño. Hoy, por el contrario, son muchos los cangueses que se han marchado aprovechando los días festivos y pocos los que han venido. La cercanía de la Semana Santa pasada aprieta los bolsillos.

Ayer llegaban los ciclistas al Acebo con un día de perros. Nieve, viento y frío. Pocos fueron los aficionados

Foto de Ana Llano

que hasta allí se llegaron. Es comprensible. Pero algunos otros (los menos) no lo veían así y se preguntaban dónde estaban los muchos ciclista aficionados que en los días de sol, perfectamente equipados, inundan las carreteras. Vete a saber.

La noche no tuvo historia. No sé qué ocurriría por llamados bares de copas, pero las calles estaban desiertas y la mayoría de los bares ya cerrados cuando el reloj de la Colegiata cantaba las doce de la noche.

Uno de mayo. Avanza la mañana. Siguen las nubes y el frío. Algunos padres pasan con sus hijos pequeños de la mano camino de la salida de la Vuelta. El espacio se va llenando de gente y de color; de gente de la propia vuelta. Tan solo distingo un puñado de espectadores. Llega la hora de la salida y desde luego no podemos hablar de “aglomeración de público”.

Mayo comienza con aires invernales. Chubasqueros y prendas de abrigo siguen predominando entre los más madrugadores. Recuerdo que hoy es también el Día del Trabajo. No tengo constancia de ninguna manifestación ni actos reivindicativos en la comarca. Quizás la festividad y los viajes, como le ocurre a la Vuelta, les han vaciado de contenido.

Motoristas de tráfico perfectamente alineados ocupan la calle. Poco a poco, los ciclistas, apelotonándose, van ocupando sus puestos en la salida. Minutos después, el Paseo se queda solitario y vacío. Como ocurre cada domingo y cada festividad en esta nuestra villa de Cangas. Pero vendrá el verano y todo cambiará.

Son las diez y media. Cierro la ventana y me siento a contarles lo que acaban de leer.

Son las once de la mañana

 

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