LA FOTO Y SU PIE.- De las cepas al mar

He cambiado las ahora escasas aguas del Narcea y el Luiña por el ímpetu de las del Atlántico portugués. Y no he cometido el error de ir de Cangas a Figueira da Foz. He viajado del uno al otro lugar, viendo, observando, recreándome en lugares y paisajes, lejos de las urgentes y aceleradas autopistas.

Desde la Ribera Sacra, accedí a la parte alta del Douro portugués, allí donde deja de ser Duero para entonar fados. Miles y miles de viñas tapan la tierra de verde, se agarran montaña arriba y descienden vertiginosas hacia el río para volver a iniciar la ascensión. Viñas a la derecha, a la izquierda, junto a la carretera, en la lejanía, todo un horizonte de promesas de caldos de calidad. Cientos de casas, generalmente blancas, salpican el verdor llenando de cercanía humana el paisaje. Uno no puede por menos de pensar en los viñedos cangueses y lo abrupto de sus laderas frente a la suavidad ondulada de las portuguesas.

Ya en Figueira, el fuerte trae a mi mente aventuras marinas de aquellos portugueses que dejaron los viñedos y, al igual que los españoles, guerrearon por medio mundo. Eso sí, cuando no tenían enemigos con los que combatir los hacían entre ellos.

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