CANGAS DEL NARCEA.- Mi primera Descarga. Recreación histórica

 Escrito para el Porfolio festivo de 2016

 -I-

 Desperté sobresaltado. Por la ventana no entraba ni un resquicio de luz. A tientas, y dándome algún que otro golpe, me acerqué a la cocina y cogí una vieja linterna rectangular y llena de óxido. En el mueble del pasillo había un viejo reloj despertador, de aquellos de campana, cuyo timbre no funcionaba. Miré la hora. Eran las cinco de la mañana del día 16 de julio. Me volví a la cama pero fui incapaz de retomar el sueño. Los nervios me tenían totalmente alterado. Y es que en ese día, en ese dieciséis de julio, iba a participar en mi primera Descarga.

Me había acostado pronto. En aquel entonces, el día 15 se festejaba, y se salía a la calle, y se tiraban fuegos artificiales; pero nada que ver con lo de ahora. Yo, que de hecho acababa de cumplir 16 años, ya estaba en la cama a la una de la madrugada. Pese a ello, aún tuve que aguantar la regañina de mi madre “por llegar a esas horas de la madrugada” mientras me recordaba que aún “era un mocoso”.

Fue en esa misma tarde del día 15 cuando mi tío Antón me llamó a voces desde el bar de Las Rubionas cuando yo salía de casa y me dirigía hacia el río donde sabía debían de encontrarse mis amigos a la caza de varas y del revuelo de alguna falda.

Carlos! Prepárate que mañana vienes conmigo a tirar en la Descarga

Me detuve en seco. La mente me quedó en blanco.

-¿Qué dices? Contesté voceando aun sabiendo lo que había oído.

-¿Tas tonto o faistes?, contestó mi tío arrojando el cigarrillo al suelo con un golpe seco del pulgar sobre el mismo.

– Que mañana tiras conmigo en la Descarga, atontao, que estas atontao

-¡Vale!, gracias tío.

Corrí dando saltos hacia el río. Allí estaban mis amigos. Me faltó tiempo para darles la noticia

-¡Mañana tiro en la Descarga!.

-¿Y dónde?, me preguntó Simón.

Quedé parado. No se lo había preguntado a mi tío. ¿Dónde me llevaría?

Estaba sudando. La claridad comenzaba a llenar la habitación colándose entre la semicerrada ventana. Debían de ser las ocho pues ya se oía a mi madre trastear en la cocina. Me llegó potente el olor a café recién hecho. Me eché abajo de la cama y el ruido llegó hasta mi madre.

-¡Neno!: A lavarse y a mudarse que hoy es El Carmen

Que falta haría que me lo recordase. Pues no lo tenía yo en mente, en mente y en todo el cuerpo. El día se me iba a hacer muy largo.

Apenas habían sonado las diez en el reloj de la Colegiata cuando ya me dirigía yo a hacia la Plaza de la Oliva. Había quedado allí con mis amigos para ver el ambiente y, sobre todo, a los cabezudos. Desde neno, neno, nunca me perdía los cabezudos. Y me entusiasmaba el sonar asturiano cien por cien de los Capiechos tocando tras ellos. Nos gustaba meternos con Fariñas, y con Chapinas.

-¡Vamos a Ambasaguas que va salir la procesión y tirarán voladores!. ¡Hay que recoger las varas!, gritó alguien.

Y hacia allí salimos a carreras, excitados, conscientes ya de la importancia del día que se notaba en el ajetreo de la gente, en el ir y venir de las mujeres a las pastelerías, y el tempranero entrar y salir de los hombres en los bares.

Bajamos por la Calle de La Fuente donde nos encontramos con la regañina de Sole, que desde la puerta del bar nos advertía de las malas consecuencias que podría acarrearnos nuestra descontrolada velocidad calle abajo. Ni que decir tiene que no influyó para nada en nuestro correr.

Y salió la procesión solemne, lenta, con la imagen de la Virgen escoltada por hombres trajeados, con sombreros de estreno, y mujeres de domingo gordo. Y la manga, y el estandarte, y los monaguillos. Y don Dositeo tieso y estirado bajo su capa pluvial. Y don Ernesto, siempre en segundo plano, empequeñecido, callado…y las gaitas. Sonaban voladores y palenques y nosotros corríamos de allá para acá entre el Prao el Molín y el río. Estábamos orgullosos con nuestros pantalones largos y las camisas limpias y recién planchadas. Lo malo era que no duraba mucho la elegancia. No tardamos ni media hora en ponernos perdidos de tierra y restos de pólvora de las varas.

Aunque mi madre me había repetido una y mil veces que tenía que ir a misa, el caso es que no lo hice y con la cuadrilla nos fuimos a la calle Mayor, plena de bullicio y de chavalas guapas, aunque maldito el caso que nos hacían; nosotros las mirábamos y admirábamos pero nos prestaba más curiosear en los bares: en el Chacón, en el Madrid, en el Carmen. Los importantes de la villa se dejaban ver elegantes tomando compuestas

¡Vaya tronío!. Por la solemnidad con que levantaban el vaso y bebían aquello debía de ser como el elixir del paraíso. Y caro, muy caro, nos dijeron.

Había acabado la misa y la calle era un hervidero de gente. Todo estaba lleno. Tal parecía que Cangas había triplicado su población en apenas unos momentos.

Corrimos a las almenas. Desde allí habían lanzado barrenos y palenques en cumplimiento de las ofrendas hechas a la Virgen. Luisín era un águila para localizar las varas largas y gordas de los barrenos. Nos ganaba siempre por la mano. Vivía en el pico del Cascarín y era como una ardilla corriendo o subiéndose a los árboles. Cuando íbamos a robar fruta en los huertos de debajo de las almenas y nos pillaban, cuando nosotros queríamos bajar del árbol él ya había cruzado el río.

Cansados, y cada uno con un buen puñado de varas entre los brazos, nos sentamos en las almenas viendo el ir y venir del personal. Teníamos las caras tiznadas y los pantalones con manchones. Las camisas habían cambiado de color.

(Continuará mañana)

 

 

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