CANGAS DEL NARCEA.- Mi primera Descarga. Recreación histórica II

-II-

Oímos cantar en Barrigaquís y hacia allí nos dirigimos raudos. Eran mi tío Antón y sus amigotes. Unos bebían en el cacho, otros se pasaban el porrón de mano en mano, algunos lo levantaban lo más alto posible y el vino describía una parábola perfecta en el aire hasta perderse en las tragaderas abiertas del mozo que hacía bajar y subir la nuez a ritmo acompasado. Ni un solo trago caía fuera

-Nenos ¿qué faceis?. ¿Queréis una Pitusa?, nos preguntó Segundo con una pícara sonrisa.

Sin esperar la respuesta pidió la botella de gaseosa, dio un trago y rellenó el hueco con vino del porrón.

-¡Ale!. Repartivosla, dijo mientras nos la alargaba.

Luisín la cogió con presteza y dio el primer trago. Me la pasó, di un trago y así fuimos bebiendo todos. La botella era pequeña y solo dio para una ronda.

-Tío, ¿dónde vamos a tirar en la Descarga?

-En el Lagarón, tiramos en el Lagarón y te quiero ver allí a las siete en punto; ya te daré yo la mecha.

En el Lagarón. Me entró una especie de temblequera. Pipo me dio un empujón y me hizo volver a la realidad.

-Me voy a casa, dije de pronto corriendo hacia La Refierta y bajando las escaleras hacia la calle La Fuente a toda velocidad. ¡En el Lagarón!. Allí tiraban los mandamases de la Sociedad de Artesanos y lo más granado de la villa. Bueno y también mi tío Antón y su pandilla que siempre aparecían en todos los saraos festivos. ¡Mi primera Descarga!

Apenas pude probar bocado. Pese a que el día del Carmen era muy especial en la mesa y teníamos sopa y carne guisada en abundancia, buen pan de hogaza para mojar, vino, y un gran brazo de gitana de postre apenas pude probar un poco de cada.

-Come, condenao; repetía mi madre una y otra vez

– Deja el neno, ho; conciliaba mi padre que intuía, y seguro que sabía lo que yo rumiaba. Se lo habría dicho ya Antón.

Mi madre sirvió café y sacó una botella de anís y otra de coñac.¡ Que se notase que era el Carmen! .No tardaron en aparecer familiares de una y otra rama. Se sirvió más café y más copas. Prácticamente sin despedirnos los más jóvenes desaparecimos de la escena. Yo me fui a La Vega a ver qué ambiente había. No paraba en ningún sitio. Cada poco me acercaba a la Oliva para ver en el reloj de la Colegiata que hora era. Aquel condenado iba a cámara lenta.

Abrieron las puertas de la iglesia de par en par. No tardaron en ir apareciendo mujeres con velo en la cabeza. Se acercaba el momento y ya con los nervios desbocados inicié la marcha hacia el Lagarón intentado aparentar serenidad. El reloj marcó las seis y media.

Llegué de los primeros y me dediqué a dar vuelta de acá para allá intentando pasar desapercibido. Por fin llegó mi tío y sus amigos. Venían cargados de voladores. Poco a poco toda la zona se fue llenando de hombres y de voladores. Comenzó el reparto. Se daban más o menos según la categoría del tirador o su velocidad de lanzamiento, datos que los encargados del reparto conocían sin necesidad de mirar ninguna lista.

Me puse tenso. El reparto terminaba y nadie parecía acorarse de mí. Tras unos minutos que me parecieron horas, mi tío Antón se acercó a mí.

-¡A ver cómo te portas!, Sujeta bien por la carretilla y espera a que tire el volador para soltarlo, alargas el brazo y brío, saldrá solo.

Mientras me daba consejos contó del montón que portaba doce voladores

-Para ser la primera vez, con doce tienes de sobra

Alargué la mano para cogerlos justo en el momento en que mi tío cambió de idea.

-Espera. ¡Lulo!. Toma, coge también la docena de el mi sobrín y nos apurres a los dos.

-¡Apurridor!, ¡iba a tirar con apurridor!

Tenía la piel de gallina y me temblaba ligeramente el pulso. Tiradores y apurridores comenzaban a colocarse sobre el terreno. Nos llegó el eco del campanón. Seguidamente sonó un volador. La procesión acababa de salir camino de Ambasaguas.

-¿Cómo tas Carlinos?, me preguntó Lulo un tanto guasón.

-Jodido, toy jodido. No sé si podré tirar ni uno solo.

-Nun te preocupes ho, eso solo pasa en las cien primeras Descargas.

De pronto, el sonido del campanín de Ambasaguas apagó todos los rumores. Todos callamos. Antón me largó la mecha encendida

-¡Sopla!, me dijo casi en un susurro

-El volador se oyó muy cerca del puente. Yo miraba, pero lo veía todo borroso, no distinguía nada.

-¡Viva la Virgen del Carmen!, gritó mi tío soltando el primer volador.

No sé cómo ocurrió todo. De pronto sentí un volador en mi mano. Instintivamente le di fuego, lo solté y cogí otro. Sentí algo húmedo en la cara. Apenas oía los estamplidos, tan solo el zumbar de los que salían de mi mano, ahora firme y segura.

-¡Viva la Virgen del Carmen!, grité con una voz que a mí mismo me resultó desconocida. Tiré mi último volador, me encogí sobre mí mismo y metiéndola cabeza entre los brazos lloré feliz. Sentí un golpe en la espalda. Me levanté como un resorte abrazándome a mi tío. Nos fundimos en un abrazo largo y efusivo, él también estaba llorando.

-Ya eres todo un hombre, y los hombres también lloran. Pero solo en La Descarga. Y rió abrazándome de nuevo.

Calló el campanín y allá bajo, junto a la ermita, se oyó cantar la Salve.

Caí en una especie de letargo. Una gran paz me invadió y por unos momentos no oí nada de lo que ocurría a mi alrededor. Esbocé una leve sonrisa y lenta, muy lentamente, inicié el camino hacia casa. Quería repasar y revivir todos los momentos de ese día tan especial. Me miré las manos llenas de resto de pólvora y humo, no me las lavé hasta el día siguiente. Era la firma de mi primera Descarga.

 

 

 

 

 

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