A propósito de sastres: Una sotana para el cura de Posada de Rengos

Una vez más esta página se honra trayendo a la misma a Benjamín Galán, buen narrador y observador profundo. Él suele enviar “comentarios” a algunos de mis escritos, y así ha sucedido con el reportaje sobre “Amador Otero, el último sastre del occidente”. Lo consideramos interesante y por eso le traemos hasta aquí. Dice así:

Sacerdote con sotana

“A propósito de lo que dice Amador Otero, de que no hace mucho le han hecho el encargo de una sotana como prenda singular, diré que yo también soy hijo de sastre y en mi casa, en Posada de Rengos, durante la segunda mitad del siglo pasado era habitual la presencia de más de un sacerdote, de mi propia parroquia y de las parroquias colindantes, con el fin de hacerse ropa. La mayoría de las veces era ropa de paisano; sobre todo, pantalones y chaquetas de pana, que debido al frío que hacía en las casas y en las iglesias en aquellos tiempos, algunos curas se ponían chaqueta de paño o de pana debajo de la sotana, pero otras veces también venían para encargar ropa talar; concretamente, sotanas, prendas que el sastre odiaba por el sinnúmero de ojales y botones que llevaban.

Recuerdo que, cada vez que aparecía don José, párroco de Vega de Rengos, por nuestra casa para encargar ropa, yo, que era un chavalillo de pocos años y que normalmente hacía de apuntador en  la libreta, cuando llegaba ese momento en el que el sastre medía antropométricamente al señor cura, yo disfrutaba pues, toda mi curiosidad, un tanto morbosilla, por qué no decirlo, consistía en poder  ver al clérigo con la sotana remangada casi hasta los hombros y sujetándola con las dos manos, mientras el oficial  le iba midiendo y cantando  los centímetros de las diferentes magnitudes a tomar para confeccionar la prenda: largo, entrepierna, paso, cintura, cadera y bajo. También diré que por pudor y respeto al presbítero, mi madre que estaba en todo momento al lado del sastre, ya que hacía de oficiala, en esos momentos de exhibicionismo eclesial, se ausentaba del taller y pasaba a las labores de la cocina para que el insigne parroquiano no se sintiera ridículo ni aminorado, al verse delante de una dama con las canillas al aire y los faldones completamente remangados a modo de tapabocas. En aquellos años, sólo en Posada de Rengos, había tres sastres”.

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R. Mera

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