Remembranzas berzocaniegas.- La media y el reloj

Bien pudiera ser que más de un lector no avezado, o ajeno al medir el tiempo en días ya idos, piense al leer el titular en la prenda femenina que tal nombre recibe. No, no es eso.

Las vivencias de nuestra niñez y adolescencia quedan impresas en nosotros de forma indeleble y nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Es más, a medida que uno cumple más años, más fuertes se muestran éstas en nuestros recuerdos.

A mediados de agosto pasé unos días en Berzocana, mi pueblo. La casa de mi madre se encuentra frente a la entrada principal de la iglesia. La otra en la que vivimos también lo estaba, pero en la puerta lateral norte, en la calle Carretas. Así pues, es fácilmente entendible que el sonido de las campanas haya formado parte de mi crecimiento y se halle impreso en mi propio ser. Si a ello unimos que tanto mi abuelo como mi padre ejercieron de organistas y sacristanes y yo de monaguillo comprenderán que todas las formas de toque me fueran familiares y conocidas. Y entre ellas se encontraban las campanadas del reloj.

El reloj de la torre ha venido marcando desde siempre la vida cotidiana de mis paisanos. No tengo constancia de que nunca haya existido reloj de tipo alguno en mi habitación, ni en la de mis padres. Las rotundas campanadas del de la torre bastaban para contar el tiempo ya fuese de día o de noche. E igual ocurría en la mayoría de las casas. Pero había un problema, un problema que ha vuelto a ponerse delante de mis noches ya que en el pueblo sigo sin reloj alguno, ni siquiera el de pulsera, en la mesilla de noche.

Desperté un tanto despistado. Por la ventana abierta entraba el reflejo de luz de los focos de la calle. Sonó una rotunda campanada.

-La media, me dije. ¿Pero qué media? No había respuesta.

Antes de seguir adelante he de aclarar, para los más jóvenes, y especialmente a los de la era digital, que no cantábamos igual las horas que marcaba el reloj. Lo de las tres cuarenta y cinco o la una y veintitrés llegaría bastantes años después. El reloj marcaba, y marca, solo horas y medias horas. Lo de identificar las horas era muy fácil, se contaban las campanadas y listo. Lo de las medias era más complicado. Unos decían: Las cinco y media. Otros: la media pa las seis. Creo que ello quizás dependiese del pesimismo (el tiempo pasaba) u optimismo (aún quedaba para la hora siguiente) de cada uno; o quizás fuese al revés.

El caso es que estaba despierto y no tenía ni idea de la hora que era. Esperaría que el reloj sonase de nuevo. Me fui quedando adormilado. Sonó un campanazo. Una…conté dispuesto a saber la hora. Pero no sonó ni una más. De nuevo otra media.

Debí de quedarme completamente dormido. Me despertó de nuevo la claridad entrando por la ventana. Y sonó el reloj. Me temí otra media, pero no esta vez conté seis campanadas. Sonreí para mis adentros y decidí dormir al menos dos horas más. El reloj debió de seguir su rutina pero ya no le oí hasta que de nuevo conté ocho rotundas campanadas.

A lo largo del día el desconcierto de las medias era el mismo, pero siempre había alguien que te lo solucionaba.

-¿Qué hora ha dao?

-La media pa las doce

Ahora hay un problema con la una. Se confunde con las medias y no hay manera de saber por dónde andamos. Hasta hace unos años, el reloj repetía las horas, las marcaba dos veces, y eso te hacía saber que era la una y no una media. Esto de las repeticiones terminó cuando el alguacil, encargado de dar cuerda al reloj y de subir las pesas que le mantenían en marcha ( la redonda pequeña) y permitían el martilleo ( la cilíndrica grande), convenció al alcalde para quitar las repeticiones que obligaban a subir las pesas en espacios temporales más cortos.

Porque habréis de saber que el reloj no es parroquial sino municipal. Mi abuelo Juan Luis, primero, y después mi padre, con el mismo nombre, y en su calidad de sacristanes, fueron los encargados de las cuerdas, y ello nos llevó a que tanto mi primo, Juan Pastor, como yo, subiésemos muchas veces a cumplir con este menester. Mi padre cobraba diez pesetas al trimestre por tal trabajo. Le daban un vale en el ayuntamiento y él lo hacía efectivo en casa de tío Nicolás Vaquina, a la sazón tesorero del citado organismo.

Cuando se electrificaron las campanas (con el Padre Ventana) no hace muchos años, el reloj quedó desconectado. El párroco pidió una ayuda al Ayuntamiento para aplicar el proyecto e incluir el reloj, pero se la negaron. Como quiera que el pueblo había respondido con generosidad a sufragar el cambio, el cura decidió incluir en el sistema eléctrico un nuevo reloj y este es el que ahora oímos aunque sin las repeticiones. La maquinaria del viejo está desconectada y las pesas inactivas, al igual que la gran esfera de la torre, por cuya ventanilla, situada en las mismas doce, hemos sacado la cabeza muchas veces.

Me dispongo a cerrar este artículo y suena una campanada en el reloj

-Miguel, ¿qué hora es?

-La doce y media, contesta aquel

Y mi madre contesta de seguido:

-La media pa la una

Esbozo una sonrisa y pongo el punto final.

 

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