La foto y su pie. Entre aguas del Narcea y el Duero

He cambiado la sonoras, claras aguas del Narcea por la silenciosas y turbias del Duero. He dejado allá los golpeteos cantarinos de las diminutas olas de la estacada de Fariñas, en el Luiña, por el sordo roncar de las Duero contra las gruesas columnas de los puentes de Aranda bajo los que fluyen sus aguas marrones de tormentas habidas río arriba, allá en la tierras de Soria donde, según el poeta, el Duero “traza su curva de ballesta”.

Se alarga la vista por la planicie de viñedos inundados de ocres diversos sobre los que apuntan viejas cepas de promesas plenas para bodegas subterráneas. Hacia el otro lado, la campiña se ondula aguas arriba buscando las lomas sorianas y sus cerros redondeados

En la otra esquina de la mente, valle de Rengos arriba, blancas togas de nieve coronan montañas y cumbres. Al fondo, el Caniechas, hunde su cumbre entre cerradas nieblas

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