Las últimas procesiones dieron paso al vacío

La Sierra esta mañana

Ayer terminaban las últimas procesiones. Las aconfesionales, esas en las que los cuerpos se desplazan apiñados en los coches entre niños gritones y bártulos de todo tipo. Cual penitentes disciplinados enringlan filas tendentes casi siempre a confluir en Madrid. Estaciones penitenciales y de agobio que arrancan en cientos de pueblo y acaban en el cabreo capitalino.

A igual que la Navidad, la Semana Santa camina lentamente a la pérdida de su sentido originario religioso en aras del consumismo, el ocio, el viaje, y los momentos que pomposamente, repiten acá y acullá,  como “cargar pilas”. No quiere esto decir que no pervivan momentos de fé y religiosidad en muchos de los actos que se celebran. En otros, caminan de la mano religiosidad, tradiciones y descanso en armoniosa (según casos y lugares) combinación.

Han vuelto ya todas las imágenes s sus iglesias de procedencia. Las prisas y el agobio cotidiano han vuelto a enseñorearse de las ciudades cual si estos días no hubiesen existido, cual si nada hubiese pasado.  La diaria y monótona rutina ha vuelto a las cuasi vacía calles de los pueblos que rumian sus silencios de apertura primaveral cual si el invierno se negase a abandonarlas. Tan solo el aumento en el canto de los pájaros y el color de alguna flor en una ventana señalan que hay más horas de luz, que no de sol y calor, reaccios aún a hacer acto de presencia.

Han terminado todas las procesiones. Llueve en esta mañana silenciosa, oscura e invernal. No hay ya sequía en las dehesas ni en las fincas de labor. Están llenas las charcas y corren ríos, regatos y regueras. “Tiene que volver a llover, es mucha la sequía acumulada”. La sabia voz del hombre del campo precisa las necesidades del mismo, Ahora puede llover sin que los capitalinos se enfaden. Algún día entenderán que el que haga “mal tiempo” no tiene nada que ver con que llueva en Semana Santa, puede ser también “mal tiempo” el que los calores se desaten en estas fechas o por el tan deseado puente de mayo.

Han vuelto los agobios a la ciudad y a los grandes pueblos. Los niños  cargan de nuevo con sus inhumanas mochilas la mayoría de las veces llenas de peso y vacías de saber. Son los más remolones a la hora de abandonar la aldea, Saben que en sus calles y caminos, en sus fuentes y regatos, dejan la libertad de unos días, incluso el derecho a ensuciarse o llenar la mesita de noche de piedras y palos. Y aquí el lector pensará, y con razón, que hay padres que ni en el pueblo dejan a los niños ser niños.

Avanza lluviosa la mañana. La sierra se encuentra oculta por la niebla, Tras la procesión “del encuentro” del Domingo de Pascua en que hombres y mujeres posesionan por separado para unirse en la Plaza y volver juntos a la iglesia, la campana del reloj marca perezosa el lento trascurrir del día.

Duerme el pueblo sueños del ayer con preocupaciones del mañana, quizás un mañana vacío en el que ni siquiera se procesione el Viernes Santo.

 

 

 

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