BERZOCANA.- Remembranzas berzocaniegas: merendillas y sabores recordados

Fue a través de la vista. Paseaba junto al Duero, río arriba, por la señorial Aranda, cuando   pasaron unos niños junto a mí. Uno de ellos llevaba en la mano un pedazo de pan blanco y un grueso trozo de dulce de membrillo de color oscuro, mucho más que el convencional de las tiendas

De lo visual, instintivamente, se despertó el sentido del gusto y con ello pasé a la niñez y a Berzocana. Suele decirse que el gusto es la mejor memoria que tenemos y que es capaz de llevarnos a momentos vividos que otros sentidos son incapaces de traer a la memoria. Tiene también la especial capacidad de activar la citada memoria en varias direcciones con mayor intensidad que cualquier otro sentido.

Sea por ello u otra causas que se me escapan, el caso es que me vi por la calle Carretas de Berzocana comiendo un buen trozo de pan sobre el que, con el dedo gordo que poco apoco se colaba en el mismo, sujetaba un buen trozo de dulce de membrillo del que mordía con fruición. Más pequeño era el muerdo dado al pan cual si no quisiera que el paladar perdiese el sabor peculiar del dulce.

Venía aquel membrillo en unas cajas de hojalata dentro de las cuales se partía digamos que “a cuchillo alzado” en trozos gordos, o “canchúos” que dirían mis paisano extremeños. Aún guardo un recuerdo claro de aquellas cajas azules o verdes y con dibujos de fuertes colores en la que venía presentado el dulce, en las que se conservaba y en las que, incluso, llegaba a crear una ligera capa de moho ya que aquel manjar se estiraba en el tiempo todo lo posible. No era cosa de comerse todo de una tacada, ni siquiera en una quincena. No estaban entonces los tiempos para florituras culinarias.

Que deliciosas aquellas merendillas despachadas a carreras bajo las lluvias de invierno o con los calores veraniegos cuando aún no existía (gracias a Dios) la sobreprotección paterna y uno podía comer y correr, incluso dar patadas a un balón, sin temor a reprimenda alguna ni a consejos de cualquier tipo llegados de ciento y un organismos o vecinas adictas a consultorios médicos o seudomédicos .

Y precisamente con la merendilla está también directamente relacionado el siguiente sabor: el de morcilla de patata. Y se centran el recuerdo y el sabor que acude a la boca con una especial salivilla en un momento concreto en el espacio y el tiempo.

En mi casa de la calle Carretas se estaban efectuando obras de adecuación y yo, como a mi edad correspondía, andaba por allí estorbando e incordiando. Era media tarde y mi abuela Juana se presentó en las salita, lugar en el que en ese momento estaban los albañiles, con un plato grande en el que destaca un plan blanco y una morcilla de patata. Puede que también hubiese un trozo de chorizo, pero eso ya no lo puedo afirmar con solvencia. No era el chorizo algo abundante que se prodigase en las meriendas. En la otra mano portaba una botella de vino de pitarra. Era una de aquellas botellas de entramados en el cristal que en su origen primario guardaban el anís de “Las cadenas” y que utilizábamos en Nochebuena como instrumento musical más que ruidoso.

Tío Gabriel y su hijo también Gabriel, pues tal eran los albañiles, soltaron martillos y paletas, se sacudieron las manos, las limpiaron un poco sobre los pantalones y, sentándose como buenamente pudieron, se pusieron manos a la obra iniciando la tal con un saboreado vaso de vino. Como era lógico, las marcas de cemento, cal, arena y otros, aparecieron más que visibles en el vaso. Tío Gabriel cortó un gran trozo de pan y se lo dio a su hijo, partió otro para sí y me miró dubitativo

-¿Qué… quieres un cacho?

-Bueno, pero se lo voy a preguntar a mi abuela. Salí disparado y no tarde en volver

-Dice mi abuela que sí

Tío Gabriel partió el pan y un buen trozo de morcilla a la que incluso quitó la piel

-Siéntate ahí y estate quieto un rato, me dijo con la seriedad que le era inherente

Cogí la merendilla y me senté en unas losas apiladas con la que habría de enlosar el suelo

Mordí la morcilla. Y este momento concreto es el que perdura aunque hayan pasado más de sesenta años.

La morcilla, con las huellas del cemento y el polvillo de la estancia derivado de la propia obra, había tomado un sabor más que especial y que es el que perdura. Ese mismo sabor impregnó el pan conformando todo un momento especial gastronómico, tan especial que aún actúa como si acabase de ocurrir haciéndome salivar.

Y vamos a por el último sabor: el tostón

Como el avispado lector y habrá deducido, no nos referimos aquí al tostón como  aburrimiento, cansancio, cantinela, disgusto, enfado, enojo, fastidio, hastío, incomodidad, lata, latazo, molestia, monserga, perorata, pesadez, tabarra u otros sinónimos. Ni tampoco a algo demasiad tostado o un cochinillo asado, no. Nos referimos a una tostada empapada en aceite nuevo.

Hacía frío. Luís Guarrino, Fujito, Marchena y creo también que Pablo Chichas, entre otros, andábamos corriendo de una puerta a otra en la Plaza Vieja.

Por encima de la casa de tío Cuacos, en una cuadra al lado de la casa de Las Penachas se encontraban pisando aceitunas y preparando el aceite nuevo. Alguno de los que por allí jugábamos debía de ser hijo, sobrino o lo que fuere de ellos ya que en un momento determinado nos llamaron y allá que fuimos todos a goler qué pasaba.

Pese a lo reducido del recinto había mucha actividad  y calor, algo esto que agradecimos acercándonos a una lumbre situada en el centro. Colocábamos las manos cerca de las llamas y nos frotábamos con entusiasmo una con la otra. Alguien cortó unas rebanadas grandes de pan y clavándolas en unas varas de taramas comenzó a colocarlas junto a las brasas del suelo para que se tostasen.

Una vez que estaban todas tostadas, aquel hombre, cuyo nombre ni cara recuerdo, cogía el palo con el pan y sin más lo introducía en la tinaja donde estaba el aceite nuevo que salía de la prensa. Con las mismas lo sacaba y correando aceite por todas partes nos daba uno a cada uno a la vez que nos mandaba a jugar a la calle.

Anochecer entre los olivos

Fácilmente adivinará el lector el estado de las manos de cada uno de nosotros intentando morder el pan, más que caliente, colocado en la punta del palo y chorreando aceite. Ni la ropa se libraba de algún que otro aceitoso chorretón que, inevitablemente, terminaría en regañina.

Aquel tostón era delicioso, el pan tostado y caliente, el aceite fresco y natural sin refinamiento ni aditivo alguno, llenaba la boca de una explosión de sabor que es la que aún perdura (como en este momento) no solo en mi boca, sino en todo yo.

Membrillo, morcilla y tostón. Tres sabores de mi niñez (y quizás también de la de muchos de mis lectores) que aún perduran y son capaces de trasladarte en el tiempo despertando recuerdos que nunca se perderán.

 

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