El último cestero: Tío Gregorio Tostao

Cada vez quedan menos berzocaniegos que se acuerden del último cestero habido en la Real Villa.

Leyendo como se extinguen los cesteros de la comarca de Cangas del Narcea (Asturias) en la que vivo, me vino a la memoria la imagen del último de Berzocana. Y por ello quiero rendirle desde aquí un especial homenaje. Se trata de tío Gregorio Serrano.

Casado con tía Flor Mena, vivían en la Calle Carretas, casi frente a mi casa, justo en la esquina superior que hacía y hace la calle con el callejón donde vivían tío Augusto y tío Joaquín Peña, a la sazón el más viejo del barrio y de un genio endemoniado para con los muchachos que, creo que con razón, aseguraba no paraban de dar la lata y correr de un lado a otro.

Era tío Gregorio un hombre menudo, nervioso, ágil y fibroso como los campesinos extremeños de entonces. Tenía unos ojos claros, inquietos y penetrantes, siempre alerta, eran como los de un mícale (cernícalo) al decir de su amigo tío Felipe. Solía vestir pantalones de pana marrón con chaqueta del mismo tono y paño en invierno. Su cubría con una boina negra a la que no dejaba un momento tranquila ya que según hablaba o gesticulaba la movía adelante, atrás, a un lado u otro, o la levantaba levemente para seguidamente acoplársela de nuevo. Había quien aseguraba que la posición de la gorra indicaba su estado de ánimo.

Dotado de buen humor era muy difícil que perdiese la tranquilidad. Era muy niñero y siempre tenía un dicho o chascarrillo a punto. Parco en palabras, una de sus habilidades especiales, amén de la de fabricar cestos, era la de trasmitir mensajes a su amigos con gestos de las manos y muecas. Se me olvidaba señalar que era conocido por el mote de tío Tostao

Justo en la esquina de las calles antes citadas había un  poyo del que formaba parte una gran piedra amarronada, alisada por el uso y el paso de los años, que posteriormente, con las reformas habidas en la calle desapareció, aunque estoy seguro se halla en algún lugar no muy lejano.

Era el citado poyo centro de las tertulias veraniegas de los vecinos y eje de los juegos y correrías de la tropada infantil del barrio entre la que se encontraban los dos hijos de tío Tostao, Diego y Felipe. La Micaela, que era la hija mayor, andaba a otros menesteres que la época asignaba a las mujeres alejados de carreras y golpetazos por calles y esquinas. He de decir que casó con José Luís Sonrisas y que sigo conservando con los mismos una cariñosa relación

Y allí precisamente desarrollaba su trabajo tío Gregorio, a la vista de todos y rodeado siempre del asombro de los chiquillos que veían, veíamos, con los ojos como platos como aquellos mimbres se iban moldeando entre sus manos dando formas a cestos y cestas de las más variadas formas y tamaños. Amén de la que poseía en las manos tenía tío Gregorio otra habilidad especial: la de mantener el cigarro en la boca sin que cayese ni la ceniza. Esta habilidad se la conocí hasta sus últimos días cuando ya era más fácil de mantener pues ya compraba cigarrillos, al contrario de la época de la que hablo en que adquiría cuarterones que después liaba. Y estos sí que eran difíciles tanto de tener entre los labios como de que se mantuviesen encendidos.

A la derecha. la squina en la que trabajaba en la actualidad

Los muchachos del barrio adquiríamos especial protagonismo en el trabajo de tío Gregorio cuando llegaban las cargas de mimbres. Con una parsimonia solo entendida en los pueblos, especialmente en aquel entonces, sin móviles, radios, teles, ni periódicos, tío Gregorio descargaba el burro (a veces dos) y distribuía por el suelo haces de mimbres que clasificaba con arreglo a no sé qué secretos criterios que a nosotros se nos escapaban. Son los mimbres unas ramas flexibles de la familia de los juncos y de un verde brillante.

Y allí comenzaba nuestro trabajo con arreglo a un convenio no escrito ni negociado mediante el cual nosotros ayudábamos a pelar las mimbres y como compensación tío Gregorio nos dejaba quedarnos con las cáscaras. A todos nos había enseñado como efectuar el pelado. A tal efecto a los más hábiles los dotaba de una especie de tenaza de palo, (un palo corto doblado en su mitad) por entre la cual hacían pasar rápidamente y con fuerza el mimbre haciendo que este restallara y saltase la cáscara verde que el resto de críos nos encargábamos de acabar de pelar apareciendo entonces el mimbre blanco e impoluto. Estas cáscaras o pieles se iban acumulando en el suelo y, una vez acabada la tarea, se efectuaba un reparto de las mismas entre los dos o tres grupos que se formaban. Y si solo había uno, pues todo para uno. Era el pago en especies por nuestro trabajo.

Con estas cáscaras construíamos los arremeceros, sogas de gran grosor que, colgadas de los olivos del campo de las Carretas, se convertían en unos estupendos columpios con los cuales no nos rompimos todos, o casi todos, las cabezas porque Dios es bueno, o como decían nuestras madres, nos cuidaban Nuestros Santos Benditos Fulgencio y Florentina. Se hacían gruesas porque éramos (bueno, no todos) unos bárbaros que competíamos en ver quién subía más alto y así asegurábamos que no se rompiesen. En este arte de tejer sogas había verdaderos especialistas como los dos Manolos, Quiste y Obispo. Y en el de volar con los arremeceros lo eran Pilón y Martín Pardilla, que era de los más pequeños.

Tío Gregorio tenía en el barrio un trío de compadres dignos ellos todos de otro artículo: tío Andrés Orejinas, tío Ramón Obispo y tío Felipe. Sus salidas a la Plaza, especialmente si el día venía festivo, resultaban siempre gloriosas, especialmente la vuelta al barrio y el reencuentro con las consortes.

Y viene aquí a cuento un inciso: Si en cualquiera de los bares de su recorrido se les acercaba tío Curina enseguida la preparaban. Ese hombre tenía la costumbre (ahorrativa costumbre) de, amén de su vaso de vino, beberse los que le pillaban cercas o escurrir los otros siempre con el pretexto de que no se había dado cuenta

Dada su parquedad en palabras y su tendencia a los gestos, tío Gregorio daba disimuladamente con el codo a Felipe

-Ehhh. Miiiraaaa. Ehh. Y apuntaba con un movimiento de cabeza hacia tío Curina que acaba de birlar el vaso a Felipe

-¿Que coños quieres Gregorio?. No ves que estoy hablando con Andrés-

–Ehhhh. Mia tuu. Y volvía darle con el codo

Al final Felipe se volvía:

-Curina deja ese vino que está rancio

-¡Ahhh!. Siiii, ranciiiooo. Y Gregorio se echaba la boina hacia atrás y señalando su vaso decía pícaramente-

-Pues ten cuidao, que este sí que está rancio, pue darte una cagalera del copón.

Volvía a darle a la boina y sonriendo con su característica picardía le decía a Andrés Orejina.

-Ya verás. Le da igual. Fíjate

Gregorio se daba la vuelta y entonces, con especial rapidez, tio Curina le vaciaba el vaso

Gregorio se volvía, miraba preocupado su vaso y decía

-¡Pero coño! ¿Qué pasó con mi vaso? ¿Sabes tú algo? Preguntaba con socarronería a Curina

-¿Yoooo? Te le habrás bebido sin darte cuenta, es que vais mu deprisa. Y eso que decías que estaba rancio

Y Gregorio volvía a golpear con el codo a Felipe

.¡Ehhh!. ¡Veesss! ¡Hay que joderse!.

Han ido borrando los años perfiles y la memoria desdibujando momentos, pero hay otros, tan sencillos y entrañables que, desafiando a todas las leyes de la lógica, se instalan en la memoria afectiva y basta cualquier pequeño chispazo para avivar el fuego dormido de las añoranzas cargadas de nostalgias. Por eso, aún hoy cuando paso Carretas arriba en mi paseo veraniego matutino, hay veces que aún me parece ver a tío Tostao con sus cestos y oír las voces de la grey infantil jugando a civili, civili, civilicera.

 

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