Agosto. He vuelto al camino de la aldea que comparto con el oso

Pasan los días de agosto para unos con la misma parsimoniosa lentitud con que lo hacían las cuentas del rosarios vespertino que hacía pasar el maestro de mi niñez en el mes de mayo, o a la apresurada aceleración con que contestábamos los alumnos al Avemaría del docente, ansiosos por romper las cadenas disciplinares que nos unían a los viejos pupitres y lanzarnos en pos de la libertad en la villa, para otros.

Yo soy de los primeros. Enviado a la aldea me he vuelto a reencontrar con la niebla y la humedad de las sábanas, con el frio acumulado en la cerrada casa durante el largo invierno, entre muebles antiguos, cortinajes, y gruesas alfombras que retratan más ambientes invernales que verano de sol.

Me he vuelto a encontrar con los pies helados que impiden el sueño mientras la tele acrecienta mi envidia con imágenes de playa o ciudades de calor con terrazas de caña y periódico. Me he vuelto a encontrar rutinas que se repiten sin sentido ancladas en la memoria de tiempos y costumbre de años ya perdidos Y me he vuelto a encontrar con el camino que el pasado verano compartí con el oso aunque sin llegar nunca a encontrarnos.

Sigue corriendo el agua y he de saltar de piedra en piedra para pasar. El entorno aparece cada año más abandonado al igual que sucede en cientos de pueblos y aldeas del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. La España vacía lo sigue siendo a pesar de que en estas fechas las calles muertas del invierno se llenen ficticiamente de vida. Una vida intemporal, de paso, y en unos días de un nuevo olvido.

Y al olvido de lo que fueron fincas de cultivo y praderías, ha venido a unirse el un tanto fantasmal paisaje que conforman cientos de árboles caídos, ramas desgajadas de sus troncos balanceándose sobre el camino, y otros pudriéndose   en el medio de los prados, muchos de ellos también olvidados, y sobre los que avanza irremisiblemente el monte. La prematura nevada del pasado octubre trajo estos destrozos que nadie ha reparado ni se vislumbra nadie lo haga.

Es el signo de los tiempos, la situación a la que nos ha traído la política de emigración potenciada durante el franquismo a partir de los años cincuenta y que ni siquiera frenó el desarrollismo posterior.

Se quiere potenciar la vuelta a los pueblos. No creo posible la reversión de la historia y menos de la economía. Ahora los que llegan a los pueblos, veraneantes con origen en los mismos incluidos, reclaman por un lado la tranquilidad de los mismos, la posibilidad de los relajados paseos, la ausencia de ruidos y contaminación; pero simultáneamente reclaman las comodidades de la ciudad en servicios y atenciones sociales, especialmente las conexiones a Internet, canales de televisión y cobertura telefónica

Los pocos censados en los pueblos y aldeas no pueden mantener el coste durante once meses de los muchos servicios que se demandan en uno. Ni a muchas compañías les interesa ofertarlos.

He retomado mis paseos por el camino. Esta vez ni siquiera he visto huellas o excrementos de oso. Probablemente, quizás cansado también de la soledad del invierno y envejecido, ha emigrado a otras latitudes a calentar sus huesos al sol y tener más fácil su comida. O quizás haya marchado en busca de refuerzos para ocupar definitivamente todo el territorio que poco a poco le van cediendo los humanos.

Agosto pasará sus días de almanaque de mesa según la interpretación del tiempo de cada cual y de nuevo la soledad y el abandono volverán. Marcharán los turistas y no volverán a preocuparse hasta el próximo agosto.

Tan solo los más viejos emigrantes, allá en las capitales, seguirán viviendo mentalmente en unos pueblos que ya ha tiempo desaparecieron y negándose a admitir la realidad de lo que ahora son.

Cae la tarde. Ha comenzado a orbayar y la niebla envuelve las montañas dejándose deslizar sobre las mismas hacia la aldea.

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