Aquellos emprendedores.-Las bicicletas de tío Eloy

El tener una bicicleta es algo, hoy en día, más o menos normal. Y el montar en ellas más aún. Si uno no tiene acceso directo siempre hay algún amigo cerca que te deja dar una vuelta.

Cuando quien esto escribe andaba por los trece/catorce años, allá cuando agonizaba la década de los cincuenta, lo de tener una bici era algo prácticamente imposible, y lo de montar aún peor. En Berzocana, al menos hasta donde yo llego, tan solo había una persona con bicicleta, una BH azul. Era Demetrio Fernández, Salero, singular y muy querido personaje del que nos hemos hecho eco en el artículo “El titán de las Villuercas”.

Así las cosas, aquella muchachada veíamos lo de montar en bici como una quimera lejana. Sabíamos de la existencia del Tuor de Francia por los recortes del ABC que nos daba mi padre. Recortábamos los ciclistas que venían en las fotos y los pegábamos en un cartón que también se recortaba. Detrás se colocaba una sujeción, también de cartón, que permitía tenerse en pie al ciclista y proceder a celebrar competiciones en los poyos de la Audiencia (soportales del Ayuntamiento). Muchas de ellas realizamos entre Juan Chítala, Rafa Díaz, Pablo Chichas, Miguel Esquelina, Juan Pino y algunos más.

Hasta que un buen día, un berzocaniego, un emprendedor de entonces aunque el término no se conociera aún en el país, tuvo la feliz idea de traer unas bicicletas y ponerlas en alquiler. Los tiempos eran malos y el ingenio se agudizaba. Nadie pensaba en una empresa ni algo parecido a eso que luego se llamó muchos años después una Pyme. Era sencillamente agudizar el ingenio para seguir sobreviviendo. Tío Eloy Diez estaba casado con mi tía Crisanta, que aún vive y que ya coquetea con los cien años. Era un hombre, enjuto, inquieto, de bigote fino y orejas de soplillo. Un dandy en el decir de la época, algo que motivó que mi abuelo Juan Luís le pusiese muchísimas pegas a la hora de salir con la que sería su mujer.

Tenían un bar en su casa, en la Calle Honda, enfrente de la que era entonces Bodega de don Bernardo y Don Matías, el de Cañamero, que era también el administrador de la finca de La Nava y que, olvidada y ruinosa, aún se conserva. Junto al bar, a su izquierda, y tras una gran cocina, de abría un corral espacioso donde depositó las bicicletas que, no piensen en grande, creo recordar no eran más de tres: dos Orbeas y una BH

Eran años en que en la villa abundaban los bares y los ingresos eran también más bien menguados. Quizás por ello tío Eloy tuvo la para nosotros felicísima idea de traer las bicicletas.

Foto: JL Diez.Eloy y Crisanta

Y allí aprendí a montar. Había verdaderos especialistas en hacer virguerías y en velocidad. El campo de operaciones solía ser la carretera de Cañamero. Los más osados, que solían ser los mayores que nosotros, Quico Obispo, Nicanor Sopina, Ángel del practicante, Pedro Ramono… llegaban hasta el cruce de Solana y desde allí se lanzaban carreta abajo a toda pastilla.

Antes de seguir habrán de saber mis lectores que la carretera estaba aún de tierra y que, por ello, abundaban las piedras, cuando no pedruscos, en la misma, lo que añadía aún mayor riesgo a la aventura.

Y allí, con la ayuda de tío Eloy, comencé mis primeros pinitos en una bici. En concreto en la BH. Aquellas bicicletas no tenías nada que ver con las de ahora. Eran pesadas, con frenos de barra, fundas que se ponían y quitaban en el manillar, guardabarros grandes y unidos a las mariposas traseras con barras metálicas. Con aquellas carreteras, el conjunto montaba un ruido del demonio, lo cual aumenta aún más la idea de velocidad que cogíamos.

Los aprendices subíamos como podíamos hasta la curva de San Miguel y desde allí nos lanzábamos hacia abajo hasta frenar una vez pasado el Rehoyo que entonces forma un todo con la carretera, también de tierra y sin delimitar.

Es de justicia que signe aquí que nunca llegué a pagar el alquiler de la bici. Eso sí, tenía que soltarla en cuando llegase alguien demandando una o hubiese que cambiarla cuando alguna de ellas requiriese atención mecánica como solía suceder muy a menudo con los pinchazos, cuyo arreglo era también todo un galimatías: montar y desmontar la rueda, limado de la goma, pegamento, parche, pegado, secado… todo un habilidoso proyecto tan difícil o más que el montar la cadena que se salía bastantes más veces de lo debido y que te ponía las manos perdidas de grasa.

No recuerdo exactamente lo que se pagaba por hora o fracción, creo que una peseta. Pero el negocio no debió de ir muy bien por cuanto un buen día, no mucho tiempo después, nos encontramos con que las bicicletas habían desaparecido y tío Eloy volvió a sus quehaceres habituales en el bar o en lo que cayese, como habitual solía ser en aquellos difíciles años.

Un especial recuerdo para él.

 

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R. Mera

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