CANGAS.-Duermen las máscaras excesos de madrugada

Duermen las máscaras excesos de madrugada. Amortizadas, átonas y lentas, llegan a caballo de la brisa las campanadas del reloj de la basílica marcando las nueve.

Salgo a la calle,. Soledad. Silencio. El termómetro del Bar Mallo marca tres grados. No se mueve ni un solo vehículo. Miro a un lado y a otro y solo percibo la soledad más absoluta. En mi mente resuena la música de “El árbol del ahorcado”.

Emprendo camino de La Himera. Las persianas están cerradas. Tampoco aparece ningún trasnochador, ni joven alguno aún embozado. La recta de Santa Catalina está solitaria. Nadie, nadie.

Silencio y soledad en los alrededores del Hospital otrora bullicioso y con coches moviéndose imprecisos en una y otra dirección.

Avanzando por la recta del Pontón percibo un ligero sonido a mis espaldas. Un hombre más o menos de mi edad me adelanta

-Buenos días

-Buenos días

Y de nuevo la soledad. Algunos frutales presentan sus flores al viandante entre suelos helados. Se está adelantando la primavera

Vuelvo hacia la villa. Comienzan a pasar algunos coches, pocos. Y me cruzo con un par de paseantes ya por Santa Catalina.

En el Paseo, que sigue solitario, las persianas de los edificios permanecen bajadas. Tras las mismas, las máscaras duermen el exceso de la madrugada

 

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