La foto y su pie.- El silencio de las ventanas

Está triste la calle. Los edificios han cerrado los ojos de sus ventanas y se han recluido en sí mismos, en sus espacios acotados delimitados por paredes y en otros compartidos que ahora no los son. El palpito de la vida comunitaria y vecinal se ha perdió en el transcurrir lento de los días de enclaustramiento. Solo aparecen en la distancia de ventanas y balcones cuándo éstos se abren a las ocho de la tarde y las manos de unos y otros, tras hacerse oír con sus más o menos rítmicos golpeteos, saludan en la distancia.

Los ojos de los edificios están cerrados, somnolientos en el discurrir triste de las horas que marca el reloj de la iglesia sin que por ello el tiempo transcurra al mismo compás en el dejarse ir de los vecinos. Hasta el olvido pone su sello en unos bajos antaño bulliciosos de un alegre laborar en unos tiempos de bonanza.

Avanza el día y los edificios siguen sin abrir sus ojos. Tan solo en el más cercano parece querer apreciarse un ligero pestañeo de despertares. Quizás más tarde, el sol logre revivir la sangre perdida de unas paredes muertas. Quizás.

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