CANGAS DEL NARCEA.- Mi primer paseo 52 días después

Paseo del Vino

No salí a pasear ni el sábado ni el domingo, ni siquiera el lunes; tan solo una rápida visita al banco y de nuevo al hogar. Pero ayer quise hacerlo para reencontrarme con la primavera. Y me dirigí hacia el Paseo del Vino. Cuando iba entrando en San Tiso, el dichoso aparatito del móvil me avisó de que estaba entrando en el límite de un kilómetro. Miré a un lado y al otro. No había nadie por todo aquello, no creo que el virus anduviese un poco más acá y no un poco más allá, así que decidí pecar y saltarme la norma. Seguí paseo adelante.

Y sí, la Naturaleza había seguido su ciclo ajena a todos nuestros problemas y preocupaciones. Sonaba cantarina el agua del Luiña, trinaban o piaban los pájaros según su especie, y el perro de Fariñas ladraba en el prao corriendo arriba y abajo. En mi último paseo, allá el 13 de marzo, dejé un campo vestido de invierno en el que apenas se distinguía algún brote en determinados árboles aunque si habían amarilleado ya las mimosas. Ahora me encontraba un camino techado de ramas verdes, de cientos de verdes, y prados frondosos con la naturaleza mostrándose ya en todo su esplendor.

Me di cuenta de que había cometido un pecado más. Si bien en mi salida justificada del lunes lo había hecho con mascarilla, ayer quedó en el estante del olvido. Me dí cuenta más adelante, cuando comenzaron a aparecer más paseantes. Dispersos sí, y no muchos, pero todos sin mascarilla; tan solo una mujer pasó con ella puesta. Mucha mujer joven. De los veteranos tan solo me crucé con un adicto a esto de los paseos, Paniagua. En los alrededores del Hospital se vio alguna mascarilla más.

Río Luiña

Me dije que era imposible mantener la distancia de seguridad al cruzarse salvo en muy determinado lugares, los menos. Me dediqué a calcular con pasos. Las aceras entre Cangas y La Himera (e imagino que sucede igual en la villa) andan entre el metro y metro y medio. Y cuento con los dedos: cincuenta centímetros que puede ocupar uno, no muy ancho claro; mas cincuenta del otro: un metro. Uno, más los dos reglamentarios: tres como mínimo. Imposible. Y analizo la situación cuando me cruzo con unos y otros. Ya en la villa, las traseras los coches invaden también parte de la acera. Y las farolas, ese estrechamiento en el que, por la ley de Murphy, siempre vienes a coincidir con el que viene de frente. Les prometo que no volveré a salir sin mascarilla. Y me contaron que en la tarde fueron bastantes los adolescentes y jovencitos que salieron en grupo, jugando, empujándose entre ellos, y sin precaución alguna.

En la radio explicaban que el 31% de la población dependía ya del Estado, por lo que tan solo quedaba el 69 para pagar impuestos y mantener todos los servicios, sanidad, pensiones, paro y ayudas. Y es que estas cosas, pese al empecinamiento de algunos del Facebook, no las paga el gobierno de turno, sino el Estado que, fíjate tú que cosas, resulta que somos todos. Casi intuitivamente aceleré el paso pensando que si aceleraba quizás no me alcanzaría el tormentón que se nos viene encima mientras nuestros representantes, que cada vez son más, siguen discutiendo si los culpables son galgos o podencos. Y lo hacen sin paraguas y sin tienda donde comprarlo.

Y no hagan como yo: no se olviden la mascarilla.

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