Una noche de poesía, agua y cacharros, en el Blanco

Este artículo novelado narra lo acontecido una noche en el Blanco. Los personajes y momentos son reales

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

La voz de Emilio El Morocho se elevaba potente, alta, más aun por cuando se hallaba subido encima de una mesa, y declamaba con pasión levantando los brazos, extendiéndolos o encogiéndolos según requería el momento. Todo un rapsoda a la canguesa.

La puerta del Bar Blanco se entreabrió levemente y asomó el rostro curioso de Manolín Banesto.

-¡Uffff¡, exclamó metiendo la manos por el pequeño espacio que dejaba la puerta de doble hoja y agitando aquella fuertemente de arriba abajo y de abajo arriba.

-¡Iba a tomar un vaso, pero tais vosotros buenos!.¡Marcho, marcho!. Y dejando que la puerta se cerrase tomó las de Villadiego quizás temiéndose, dado el personal presente, que de entrar, la cosa se le complicaría. Y es que andábamos ya más allá de la una de la madrugada.

Llovía en Cangas y un vientecillo frio soplaba del Norte obligando a los cangueses a caminar pegados a las paredes para resguardarse de una y otro elementos meteorológicos. Aunque para los más jóvenes sea quizás un tanto difícil de entender, el caso es que pese a la hora, y ser día laborable, aún había parroquianos en los bares, todos abiertos, y grupos procesionando de unos a otros. Mujeres no se veían, salvo especiales excepciones de algunas jóvenes ya entonces progresistas, en el pleno y real sentido del vocablo y no el manoseado actual. La crisis minera, aunque se anunciaba, aún no se había materializado.

El caso es que el grupo en cuestión habíamos aterrizado en el Blanco procedentes de Caniecho y tras haber brujuleado ya por unos tantos chigres siempre a carreras y resguardándonos ya que ninguno llevábamos paraguas. Y esto era, no por descuido, sino por prudencia ya que siempre terminaban quedándose olvidados en algún bar.

El Blanco unos años antes. 1-961

 Pero volvamos al interior. Morocho seguía con su declamación, cuando la puerta se abrió por completo y sacudiendo el paraguas entró como golpe de viento Roger, de la Confitería Formentor. Se quedó clavado unos segundos mirando sin pestañear al Morocho encaramado en la mesa: Sin apurarse soltó el paraguas contra la pared, se sacudió cabeza y pantalón, y alzando la testa como los leones de los versos que recitaba Emilio, y tirando del cuerpo hacia arriba, se encaramo con agilidad encima de otra mesa comenzó dando un tinte de tristeza a la voz:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

Paró Emilio sorprendido y se incorporó al aplauso unánime que provocó Roger con su intervención. Paró ahora éste y siguió Emilio desde lo alto de su mesa

No soy de un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.

Paró aquí de repente, extendió los brazos al cielo y, con gran solemnidad y mirando fijamente a los presentes, recitó lentamente cargando la voz en cada palabra

Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

Se volvió hacia la mesa de Roger como invintándole y éste, con voz potente, declamó:

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas

Surgieron los aplausos entre la clientela,. Y los bravos.

-¡Un momento!

Puerta del Blanco

Agustín, profesor de Literatura en el Instituto cangués y como tal ejerciente cuando los profesores no viajaban diariamente a Oviedo, sino que se implicaban en la vida de la villa, ya fuese diurna o nocturna, se subió lentamente a otra mesa dispuesto a intervenir.

-Un momento, un momento. Pepe, tras la barra, pidió un poco orden a la clientela que se le iba de las manos y con un tono no muy convencido les pidió que siguiesen si querían pero bajándose de las mesas

¡Anda y déjalos! ¿No ves que se lo están pasando en grande?; argumentó una sonriente y jovencísima Cachi. Pepe se encogió de hombros y siguió limpiando vasos sonriente y un tanto complacido

Agustín, que se había quedado a media subida, terminó de encararme en la mesa. Pidió silencio a la tropada y recitó:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejoso los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Aquello era el no va más. U pequeño grupo de cangueses que se encontraban recorriendo la villa bajo la lluvia y refugiándose en cada bar que encontraban se hermanaban en la Literatura sin tan siquiera soltar el vaso de la mano. Era pelgarada sí, pero pelgarada ilustrada.

Y siguió el Morocho envalentonado

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;….

Roger no se arredraba

Veía el horizonte cerrado por colinas
oscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes de río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío.

Iba a intervenir de nuevo Agustín cuando El Cazurro, acodado en la barra, junto a la puerta, con el cigarro en la mano izquierda y un cuba en la derecha, cortó en seco el recital del rapsoda

-Tais tos buenos. Sois una gran pelgarada. De la mina es de lo que tenías que hablar y preocuparos y de no tanta gilipolleces. Tamos a punto de ir a la huelga y vosotros con las poesías y las mierdas esas

-¡Inculto¡ cazurro!, grito El Morocho bajándose de la mesa

Buena la vio Jose Avello. Pese a su cuerpo delgado, enjuto, descompensado en su longitud y anchura, y encorvado más o menos según la hora del día, se encaramó en la mesa; arrenmangose los pantalones dejando al aire unas canillas que tal parecían de santo incorrupto en urna eclesial que piernas, y se arrancó con voz desafinada y un tanto cavernosa:

Porque negro nací

en un mundo de luz y color

tu que llegaste aquí

en busca de aventuras y sol…

Aunque Balito y Pepe Gayón quisieron incorporarse a la canción ya era tarde. Fue tal el caos de risas e improperios que se organizó que Avello hubo de bajarse de la mesa aun cuando Falo insistía con fuerza en que siguiese

-¡Eres un artista!,le gritaba levantando su cuba por encima de la cabeza.

Cándido Puente, que estaba sentado en una mesa asintiendo a todo y cabeceando, se puso en pie, dio un paso hacia el centro del local, y levantando su brazo con el vaso en la mano describió un arco primero de subida hacia afuera y seguidamente girándolo sin bajar en altura hacia adentro en peculiar forma que después terminó definiéndole, pidió silencio solemnemente. Se colocó en medio del bar y lentamente proclamó.

Está todo muy bien, pero tais todos fuera de bolos. Hay que hablar de pólvora y de la Descarga, el resto son todo caxigalinas . Y luego de la mina, como dice el cazurro, pero vosotros no tenéis ni puta idea de nada. Y tu Morocho el que menos. Memeces, solo decís memeces.

-¡Guineano, eres un guineano de allá pa´lante!

Emilio increpaba a Puente entre risas haciendo mención a su lugar de nacimiento.

Mis pies arrastran cadenas

Señor porque te ofendí

madrecita buena…

Avello con el vaso en una mano y en alto se acercó bailando hasta Cándido. A éste se le olvidó el discurso, se agarró al citado y juntos iniciaron un baile que, la verdad, no duró mucho.

Alfonso Rueda, sentado en la misma mesa que Puente, había asistido en silencio, y con una gran sonrisa en la boca, a las declamaciones de los rapsodas señalados. Desde la misma mesa se dirigió a Emilio

-Oye Morocho, atiende aquí. A ver si sabéis esta. Y comenzó

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Emilio, Agustín, Roger, y yo mismo, nos unimos rápidamente recitando todos a coro y llenando el espacio de gestos con manos y brazos:

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

Rompimos todos en aplausos y vivas. Rueda quiso seguir pero aquello era ya un pandemónium.

Roger, cual druida inspirado, proclamó a voz en grito

“Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus”

-¡Tu puta madre!, le increpó Cándido entre las risas, los aplausos y el jolgorio generalizado.

-¡Como una puta cabra!, remachó Avello al que se abrazaba Falo riendo a más no poder.

-Roger, ¿Se puede saber qué coño de idioma es ese que hablas?, seguro que acabas de inventártelo, preguntaba el Cazurro con una sonrisa socarrona en el rostro.

-Tahoces a ti en cuanto te sacan del resplandor de la soldadora no ves tres en un burro, so ídem.

Roger seguía encima de la mesa.

-Escuchad cangueses: he hablado en latín; y en castellano la frase dice:
“Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo”, que es lo que sucede mientras nosotros estamos aquí rindiendo culto a Baco y homenajeando a los poetas.

-Va a ver que ir cerrando, decía Pepe como si se dirigiese a alguien intangible y lejano.

Y en ese momento se abrió de nuevo la puerta y entraron Robustiano Domínguez, Luis Sama, Ángel el ingeniero, Potolo y Falcón, sacudiéndose todos ellos el agua y colocando un par de paraguas en el paragüero.

-Pon de beber a todos éstos, dijo Robustiano dirigiéndose a Pepe con decisión.¡Cacharros pa to el mundo!

No había Mahoou

Sin inmutarse ni preguntar a nadie, Pepe comenzó a alinear vasos largos sobre las barra. Echaba de una u otra botella, agregaba Coca-Cola o tónica según su criterio para, seguidamente, comenzar el reparto nombrando a cada uno de los presentes y entregándoles un vaso determinado. Tan solo yo no tenía vaso. También sin decir nada me entregó una cerveza. Recuerdo que no pudo ser Mahoou; en aquellos años tan solo las tenía Chacón.

Ni entonces ni ahora he logrado entender el significado de cacharro en las timbas. Bastaba con uno se llegase a la barra y dijese: ¡Un cacharro!, para que el camarero de turno procediese a servir el brebaje que adoptaba de muy diferentes formas y colores, pues hasta de pipermín he visto yo poner algunos de los así denominados.

Busco y cacharro y el Libro Gordo de Petete me dice: Cacharro: Recipiente, en especial el que se usa en la cocina o el que es tosco.

Y también: Máquina, aparato o mecanismo, en especial el que está viejo, en mal estado o funciona mal.

Pues nada de nada. Un cacharro en las timbas y alternes al uso es un vaso largo lleno de un determinado brebaje a gusto o capricho del cliente y que el camarero siempre sabe que mezcla lleva según sea el demandante del tal.

Avanzaba la noche, o más bien entraba ya a todo mecha la madrugada, cuando Pepe comenzó a achuchar para que el personal despejase el local.

Potolo se asomó a la puerta y la cerró de inmediato

-Imposible, no se puede salir, llueve tanto que va salir nadando hasta San Pedro en Tineo, todos quietos. Y volvió a acodarse en la barra

-Que sea la penúltima; pidió Joaqui Cuervo respaldado por Gayón.

-¡Ni penúltima ni leches!, dijo Pepe intentando tomar el control de aquella desmadrada tropada .

-¡Coño, Pepe”, a ti que más te da

-¡Nos la bebemos rápido!

– Te aseguro que no cantamos

– Tampoco es tan tarde, puede que algo temprano sí

De una antigua postal

El personal, soltando cada cual su vaso vacío en la barra, iba desgranando sus razones para convencer a Pepe. Ésta cabeceó, remungó no sé qué retahílas y volvió a colocar y llenar otra tanda de vasos y sacó mi cerveza.

Tal parecía que una pertinaz sequía, de las que decía el Caudillo, había invadido Cangas y sus vecinos allí concentrados daban fe de ello. Su sede era insaciable.

-¿Oye Cándido y de cenar qué?, preguntó Joaqui Cuervo con la mayor naturalidad y la aquiescencia de Balito

-A mí ni me miréis, dijo Pepe encogiéndose de hombros

No hay ningún problema, dijo Cándido, nos vamos ahora mismo a Los Semellones.

-Al Morocho le pilló con el vaso en la boca y se limitó a hacer aspavientos de cabeza y brazos apoyando la idea

.Pero sin va a ser las dos, ¿dónde coño vais a ir?, preguntó Falo largándose un largo trago.

-A los Semellones, dijeron Cándido y Morocho al unísono

-¿ Tará despierto…..? y aquí Potolo puso un nombre que no logro recordar

-¡Joder, si no está se le llama! Se levantará y nos preparará una gran cena encantado: huevos fritos, patatas, cecina, chorizo, algo de jamón, lacón, pan de hogaza, lo que haga falta, relacionó el Morocho convencido con el asentimiento gestual de Cándido y Robustiano.

-Se fueron vaciando los vasos, languidecía la tertulia. Era día laborable y había que trabajar al día siguiente, yo miso tenía que salir a las ocho hacia Soto de la Barca.

Potolo volvió a asomarse a la puerta

-¡Joder!, que no se pué salir, que llueve a mares, que me han dicho que ya hay inundaciones en Tineo. Potolo tenía fijación con los de Tineo

Parpadeó la luz, algo habitual en aquellas fechas en día de lluvia, viento o tormenta

-¡Venga joder!. ¡Acabai de una puta vez!, dijo Pepe ya serio

El personal fue soltando los vasos en la barra no sin chungas, indirectas, intentos de canturreo, y decires o salmodias de uno u otro estilo como las que sin parar un momento soltaba continuadamente Roger.

Fuimos saliendo. Llovía a todo lo que daba. Unos corrimos a refugiarnos enfrente, otros como Ángel el ingeniero, que era de Barcia, se subió el cuello de la chaqueta y aguantó estoico. Los menos intentaron colocarse bajo los tre únicos paraguas que se abrieron. Parpadeó otra vez la luz y termino quedando todo a oscuras. Robustiano sacó una linterna, Pepe, desde dentro, nos alumbraba con otra.

Avello, Joaqui, Falo y yo nos dirigimos a la derecha. Se adivinaban bultos aquí y allá-

-¡Morocho!, tengo el furgón frente al Ayuntamiento!, gritaba Cándido

-Echamos a correr en la oscuridad y bajo la lluvia; atrás quedaban semiperdidas las voces de unos y otros intentando organizarse para ir a cenar a los Semellones.

NOTA: Dias después de publicar este atículo, Susana, hija del Morocho, nos dice que los del bar de los Semellones al que los protagonistas querían ir a comer lo regentaban Macelino y Primitiva.

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