CANGAS.-Los parroquianos del Caniecho

No hace muchos días, en una entrevista que realizaba la radio, escuché como un tabernero de Madrid (aunque el locutor nunca lo definió como tal) hablaba con cariño y nostalgias tras el encierro, de sus parroquianos. Y esta palabra me trajo a la mente unas cuantas sensaciones.

Dice el Diccionario:

Parroquiano: Persona que pertenece a una parroquia.

-Persona que acostumbra a ir siempre a una misma tienda o establecimiento público

Y digo yo que el ser parroquiano de un determinado chigre es tal cual si uno lo fuese de la parroquia en la que nació o a la que pertenece. Y de aquella viene ésta por cuanto las tabernas, en algunos casos, han recibido nombres de condición eclesiásticas tales como ermitas o iglesias. Incluso el ir de una en otra cuasi en procesión se ha denominado, y aún se denomina, hacer el “Vías Crucis”.

Establecidas pues las reacciones de “liturgia y fe” que encierran las visitas a uno y otro lugar solo nos queda lamentar que ese entrañable sustantivo haya venido a ser sustituido por otros tan “comerciales” y “vacíos” como “cliente” o “consumidor”. Me niego a ser cliente, mucho menos consumidor, del Blanco, o del Mallo, o del Molinón… o de cualquier otro chigre de la villa o el concejo. Seré parroquiano de unos o de otros, o de dos o tres a la vez y, claro está, no lo seré de otros, pero nunca seré cliente o consumidor de ninguno.

¿Hay algo más entrañable que cuando un grupillo entre en un bar y el dueño los saluda mientras limpia afanosamente el espacio del mostrador que van a ocupar los que llegan?

-¿Qué dicen los parroquianos?

Y los parroquianos se acodan en la barra, o se sientan sin perder el hilo de sus muchas veces intrascendente conversación pero a las que ellos dan carácter casi de cuestión de Estado. Y el dueño, sin mediar palabra, les sirve sin preguntar y sin equivocarse en una sola consumición.

Algo así solía suceder en el Caniecho (también se conoció como Bar Modesto) de la Calle La Fuente en su época gloriosa. Allí no había clientes, si acaso lo era algún forastero que allí entraba esporádicamente.

En 1.982, hacia marzo, escribí un artículo para la Maniega que titulé “El Bar de la Cultura” pues así se denominaba entonces jocosamente al Caniecho por el alto nivel de sus parroquianos y más aún de sus tertulianos, aunque, generalmente unos y otros venían a fundirse en una misma cosa.

Decía yo: “Es una taberna en su más clásico sentido. No tiene cafetera ni invento moderno alguno. Los jamones, chorizos, lacones y andotxas cuelgan detrás de la barra desplegados en guerrilla”.

Y les relaciono la lista de algunos de sus más conspicuos parroquianos “cada uno de los cuales constituyen en sí mismos un retazo del más genuino canguesismo”: Luis Gayón, Perandones, Carlos “El Oso”,Barberán, Benigno“el del quiosco”, Toni Casín y Elías Tejón. Serrano, Suso, Alfredo y Paniagua (carteros), Pilolo Uría; todos los varones de la familia “El Roxu”; los Garabata, Félix Carrazo, “El Condín de Pola” (También conocido Monedina), Rosendo Robledor y un largo etc.

Y a ellos nos unimos en aquel entonces un grupo bastante más joven que conformábamos Antonio Tahoces, Merino (que fue jefe de Correos), Arce, Alfonso, un facultativo de Mieres, con bigotín pero sin perro; Mino, Jose Avello, Falo, y algunos otros como Cándido Puente o Joaqui Cuervo que enraban y salían.

¿Me van negar que esta concentración de esencias no conformaban una parroquia en toda regla con su creyentes conformados y digamos que también confirmados en la fe de Baco?

Ítem más. “Allí se hablaba de lo divino y de lo humano (aunque muy poco de política) siempre con un humor envidiable y una agudeza en las puyas y juegos de palabra que, pensaba yo para mi caletre, harían las delicias de los cangueses si la tal parroquia se constituye en pleno municipal, aunque Serrano cambiaría lo de municipal por “barral” de barra de bar, claro”.

Y voy a terminar con una anécdota allí ocurrida en el día que hacía el reportaje al que me he referido.

“En la mesa del fondo, larga y seguida, una enorme pota de patatas con bacalao actúa de reina madre en la reunión en medio de un guirigay de chistes, dichos, decires y componendas. La voz de Perandones se eleva sobre las demás dirigiéndose al “Oso”.

-¿Que vas a pedir a los Reyes, Oso?

-Dos albardas; contestó el otro sin dudarlo un momento

-¿Y no te basta con una, ho? ¿Para quieres dos?

-Para tener quita y pon ¡borriquín!.¡O no tienes tú dos calzoncillos!

En fin, parroquianos del Caniecho

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