De la franquicia de Leitariegos a la necesaria ahora para el Suroccidente

El pasado 14 de abril se cumplían 694 años de que a la zona del Puerto de Leitariegos se le concediese la denominada “Carta franquicia”. El rey Alfonso XI otorgó en Burgos la citada franquicia a los moradores del Puerto de Leitariegos, Brañas, Trascastro y demás lugares de dicho puerto, por la cual les eximía de todo tipo de tributos y servicios, y del pago del portazgo.

Esa exención duró tan solo (es un decir) 553 años ya que 1.879 se inauguraba la nueva carretera entre La Espina y Ponferrada, que atraviesa el Puerto de Leitariegos. Ante ello, la Administración entendió entonces, quizás con demasiado optimismo, que quedaban orillados los problemas que se daban en el Puerto de Leitariegos y que, consecuentemente, no había ya razón para seguir manteniendo por más tiempo la franquicia que venían disfrutando.

La carta recogía una detenida exposición de las motivaciones de la merced regia destacando “la precaria situación de sus habitantes y la necesidad de contener su éxodo”. Llama la atención esta motivación por cuanto ahora resulta que lo de la emigración de las gentes de los pueblos no es nuevo ni mucho menos y que ya en el citado 1.326 se estaban quedando vacíos.

Así lo referenciaba también el abab de Corias en la solicitud del privilegio en la que se señalaba que aquellos lugares se despoblaban “ya que sus habitantes se iban a vivir a otras partes” y esperaba, el abad, que con la concesión de “algunas mercedes” quizás se lograse que “non se despoblasen nin quedasen yermos”.

Fue generoso el rey a tal demanda y así les concedió una franquicia que les eximía plenamente del pago de todo tipo de contribución económica y de las prestaciones personales comunes de carácter cívico y militar; todo ello, especifica el monarca “e por mejor se pueblen los dichos lugares.

Y visto esto, y aún trascurridos casi setecientos años, creo que no ya tan solo la comarca de Leitariegos, sino todo el suroccidente astur debería dirigirse de nuevo al rey, al gobierno, o a ambos la vez, exponiendo la necesidad, o quizás el derecho, a recibir protección y ayuda, indispensables y vitales, para que los pueblos que lo conforman puedan seguir existiendo como tales pueblos pues, en caso contrario, seguirán despoblándose por el éxodo obligado de sus gentes a los que se les ha venido convenciendo durante años que es en las ciudades donde está la felicidad económica y social, se les ha subvencionado para que cierren explotaciones y cultivos, y se les ha desmotivado con incontroladas subvenciones clientelares.

Y lo mismo que el privilegio de 1.326 dicen las crónicas logró frenar la despoblación de la zona de Leitariegos, es ahora necesaria la puesta en marcha de un programa lógico y práctico, consensuado con los vecinos de aquellas zonas donde se va a aplicar, y quizás alejado de tantos técnicos de la teoría y elucubraciones de tintes políticos de despachos de moqueta y enchufes, de manera que venga a revitalizar los pueblos y especialmente a lograr que se asienten en ellos los jóvenes que aquí residen e incluso se convenza a los defraudados de la vida en las grandes ciudades para que vuelvan.

De no ser así, quizás nuestro futuro esté ya trazado y definido.

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