La Tarulona, la avellanera de Corias

Seguro que muchos de ustedes no ha oído nunca hablar de “La Tarulona”

La Taarulona (izdª) con su hija. Foto LM

Escuchen. Al inicio de los 90 se la consideraba la avellanera más vieja del concejo y nació en Corias en 1.902 con el nombre de María González. Debía su apodo a su marido, Manuel González Rodríguez, “El Tarulón” con el que se casó muy joven y con el que tuvo seis hijos, cuatro varones y dos hembras. Quedó viuda en septiembre de 1.936 como consecuencias de los fratricidas avatares en que la nación, y también esta comarca, se vieron inmersas.

Parte de lo que aconteció en aquellos trágicos días se lo contó a nuestro amigo y corresponsal de La Nueva España, Ángel Álvarez, ya fallecido, pero éste no logró que le contase todos los detalles de lo ocurrido. Nunca perdió él miedo, apuntaba Ángel.

Así lo contaba: “En septiembre de 1.936 vinieron una serie de señores, algunos conocidos, a nuestra casa en Corias, e invitaron a mi marido a acompañarlos hasta la villa para una declaración rutinaria, al menos eso dijeron ellos. Le vi marcharse, pero nunca más le volví a ver con vida”. Ángel insistió en saber algo más de esos hombres, pero María se negó en redondo a dar la más mínima pista.

A la Tarulona se le abrió entonces un panorama desolador. Tenía que dar de comer a seis chiquillos, el menor, Belarmino, de tres meses. Tuve que hacer de todo, contaba: “lavar y fregar, trabajar en las huertas de unos y otros, de bracera en los viñedos… y los domingos y días festivos, con un cesto y el saco de avellanas a cuestas, recorrer todos los pueblos del concejo a vender avellanas hasta la madrugada que volvía a llegar a mi casa, incluso algunas veces llegaba al día siguiente”, relataba.

Cuando no había fiestas se dedicaba a la crianza y venta de cerdos y también a la venta de cebollín. “A todo aquello que diera una peseta que llevar a casa”, explicaba.

María tuvo muy poco tiempo para divertirse en su juventud, ni posteriormente. Nunca pensó en casarse de nuevo y siempre mantuvo el recuerdo vivo de su esposo Manuel del que decía “era un hombre honrado y trabajador, además de un buen padre de familia, pero el infortunio así lo quiso”, se autojustificaba ante aquella muerte.

Y así explicaba en 1.991 el secreto de sus avellanas. “En primer lugar hay que comprar el fruto bien madurado y que esté sano. Luego hay que turrarlo en el horno con la temperatura adecuada para que las avellanas estén `vivas´. Hace años, seguía contando, “las vendíamos a granel midiendo la peseta o el duro con una lata vacía de conservas. Ahora las envasamos en bolsitas de celofán que es más higiénico y nos reduce la tarea a la hora de despacharlas”. En esos años. La Tarulona había ampliado el negocio con la venta de caramelos, rosquillas, golosinas, globos y algún juguete de plástico. Todo ello se lo enviaba un hijo que tenía en Madrid.

Era fija de los partidos del Reguerón donde pregonaba su mercancía. “¡Avellanas, mozos, que se acaban!”. Cuando habló con Ángel ya no necesitaba la venta para vivir pero “el gusanillo tiraba de ella”, tanto es así que ya en sus últimos años, en la Fiestas de Nuestra Señora y San Roque de Corias, y estando toda la familia en casa disfrutando de la comida festiva, al oír los primeros voladores, cogió la cesta, dejó a todos con la palabra en la boca, y se fue a vender su mercancía. “¡Avellanas mozos, que se acaban!.

La Tarulona fue una de esas mujeres que hicieron concejo.

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