El tonto oficial y el real de cada pueblo

Hay artículos intemporales por los que el tiempo no pasa y mantienen su esencia y contenido tanto en una época que en otra. Tal sucede con el que hoy hasta aquí les traigo que escribí hace allá por lo menos treinta años y que, a mi entender, mantiene toda su vigencia e intencionalidad. Las descripciones están basada en personajes reales.

Dice así:

“En casi todos los pueblos aparece, inevitablemente, la figura del tonto. Lo de menos es a quien se adjudica ese papel. Lo que importa es la figura del tonto, el tonto como institución, incluso el tonto como justificación

Los ridículos atributos de esa figura nos son casi siempre parcialmente desvelados por el chiste de turno y suelen concretarse en el transitar con la radio a todo volumen, en unos casos, o hacerlo displicentemente imbuido de importancia con un carpetón bajo un brazo repleto de fantasmagóricos esquemas y fantasías bajo el otro. Un carpetón de esquizofrénicos fantasmas que han de auparle a la cima de la fama en el pueblo. Y fuera de él. El tonto está siempre a nuestro lado, cerca de nosotros, parecen decirnos; pero lo que nos dicen en realidad es: “Busquemos un tonto del que podamos reírnos, pero busquémosle en el vecindario. Así nos reiremos más y mejor.

La proximidad del oficial es la que justifica su existencia y resulta necesaria por los gratificantes efectos catárticos de su compañía.

Casi todas las sociedades pequeñas tienen su tonto particular: el pueblo, la clase, la mili…Lo que ocurre es que, generalmente, el tonto no suele ser el que nos señalan, sino el otro, el del carpetón. Pero no hay sitio para los dos. El primero es el oficial y, curiosamente, casi nunca es el más tonto de todos. Eso es precisamente lo que quieren hacernos creer los rematadamente tontos. El real, inserto en este último grupo, llama innecesariamente por teléfono acá y acullá denunciando contubernios de los más diversos pelajes o anunciando geniales ideas, o bien dice haber hablado con Felipe González para que le dé un programa en Televisión. Para éste personaje, el tonto es también el oficial, el que señala el paisano, o él mismo, a los visitantes. En su profunda estulticia cambia incluso de personalidad o nombre, y señala con el dedo al tonto oficial mientras mete su nariz y su viscosa pegajosidad en todos y cuantos asuntos no son de su incumbencia y, eso sí, no conllevan trabajo, ya que en este terreno conviene cucamente en no cumplir ni con ninguno.

Por su incapacidad mental, que él por contra cree superdotada, se le declara siempre no responsable de sus actos.

Todo pueblo tiene su dos tontos, aunque tan solo el que señala al otro como tal es el que verdaderamente lo es.”

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