El milagro/no milagro de San Luis del Monte

Oye Mera, ¿Por qué no nos cuentas lo del milagro de las flores de San Luis del Monte?, me dijeron algunos seguidores tras lo relativo a la romería que publicamos en este blog. Pues voy a hacerlo de la mano del periodista Carlos María de Luis, que escribió una jocosa historia al respecto

Ermita de San Luis del Monte

El caso es que en tiempos del Padre Feijóo se daban en Asturias (al igual que en el resto de la pobre España de aquellos tiempos) milagritos a montones. Pero en Asturias se daba uno muy concreto que se repetía todos los años desde finales de la Edad Media. Se trataba del “Milagro de las Flores de San Juan del Monte”.

El tal milagro gozaba de tremenda fama por toda la región asturiana (especialmente la occidental), e incluso fuera de ella,. Como ya les conté, consistía en la aparición de unas misteriosas florecillas en la ermita dedicada a San Luis, obispo de Tolosa, no del rey santo francés, como equivocadamente señalé en mi estampa, al coincidir la festividad de ambos. La tal ermita formaba parte, ya desde tiempos medievales, del Camino Jacobeo del occidente de Asturias, que desde Tineo y el monasterio de Obona se dirigía hacia Compostela por Fonsagrada.

Todo iba a pedir de boca hasta un buen día en que el benedictino padre Feijó recibió de un buen amigo suyo, la petición de un informe sobre tal “milagro”, que a él le había sido solicitado por un caballero extremeño llamado don Juan Pérez Román.

Así comenzó una de las más enojosas polémicas en las que anduvo metido el Padre Feijóo, y la que mayores contrariedades le proporcionaría, pero en la que el fraile, como buen gallego, acabaría llevándose el gato al agua.

La verdad es que, ya antes de recibir esa petición, el monje andaba muy escamado sobre este tema concreto, e incluso había pedido un informe sobre él al párroco de Santa María de Cibuyo. El párroco, aunque no había ido a ella, tenía la casi total seguridad de que allí no había tal milagro ni cosa parecida, puesto que el mismo había encontrado “flores” de aquellas por otros lugares del término parroquial durante el verano.

Por encargo de Feijóo cangueses hermanos Velarde subieron a la ermita y vieron en sus paredes, antes y después de la misa del 20 de Agosto, las “flores” de marras, de las que recogieron tres para el benedictino. Pero ampliaron las pesquisas por otros lugares, y las encontraron en varios de ellos y hasta en la mismísima casa de don Pedro Velarde, en la villa de Cangas. También comprobaron que las tan repetidas “flores” no eran tan abundantes como la gente decía, y que aparecían preferentemente en los rincones más oscuros.

Según comunicaron los hermanos Velarde a Feijóo, las flores se movían dentro de las cajas donde las habían colocado. Observadas más de cerca, pudieron ver que cada una de ellas estaba dividida en seis celdillas, parecidas a hojas, dentro de cada una de las cuales había un gusanito que se movía. ¿Qué porras era aquello?

Con la carta, los Velarde remitieron al sabio benedictino unas cuantas de aquellas extrañas “flores” que Feijóo examinó a conciencia. Y no sólo a simple vista, ya que el monje poseía el único microscopio que existía entonces en Asturias.

El fraile explicó pormenorizadamente que lo que se tenía por “flores” no era tal, sino unos racimos de pequeñísimos huevecillos, unidos y sostenidos por un pedículo común, y que dentro de aquellos huevos se engendraban los pequeños insectos o gusanitos que había visto moverse. La explicación que daba a la aparición de los racimos en las paredes de la ermita justamente en el día de la fiesta de San Luis era porque el calor que producía el gentío apelotonado allí dentro hacía crecer y fecundar los huevecillos.

El revuelo que se organizó fue tremendo especialmente entre lo clérigos. El provincial de los franciscanos, que ostentaba el monopolio del “milagro”, pidió informes al convento de San Francisco de Tineo, mientras que Fray Felipe de la Carrera, guardián de la orden seráfica, hizo lo propio al obispo de Oviedo, que  quizás para evitarse jaleos , designó como jueces a quienes eran parte del asunto: el guardián del convento de franciscanos de Cangas, y el cura párroco de Rengos, lo que no dejó de sorprender al padre Feijóo, ya que ambos eran los que se beneficiaban con las limosnas que producía el “milagro”, y difícilmente iban a obrar con ecuanimidad. De modo que se nombraron notarios, se reunieron testigos, y como era de esperar el resultado fue favorable al milagro… ¡Pues no faltaba más!

La prueba del milagro era que, tras haber barrido cuidadosamente la ermita el día 19 de agosto, el 20 se encontró una “flor” en el hábito de Fray Bernardo Calo, muchas más en la cabeza del padre guardián y algunas otras en las paredes y en algunos de los asistentes. Así que el obispo Avello dio por bueno el milagro, con gran alborozo de los franciscanos de Tineo y Cangas.

El autor (a la izdª) con jóvenes de Larna en la romería de San Luis

Feijóo se calló y decidió olvidarse del asunto: pero unos papeles anónimos metiéndose con él le convencieron de que allí había gato encerrado. Tras los inevitables tiras y aflojas con el obispo, consiguió de este el permiso para leer el informe, que estaba plagado de contradicciones y puntos nada claros. Para comenzar, se había barrido el suelo de la ermita, sí; pero los franciscanos se habían cuidado mucho de que nadie tocase los maderos del techo, que eran donde aparecían las “flores” cuyos hilillos se adherían de tal modo a cualquier cosa, que no soltaban ni a escobazos.

Feijóo decidió pasar al ataque. Buscó testigos imparciales, que juraron que esas “flores” eran abundantísimas en todo el concejo de Cangas “en iglesias, ermitas, casas, hórreos, bodegas y lagares”. Examinó nuevas “flores” que le llevaron sus amigos, y pudo demostrar que eran idénticas a las de la ermita de marras. Finalmente, mostró en su celda las famosas “flores” al provisor, quien aseguró al obispo que aquello, de floricultura , nada de nada o nis de nis que decía Serranin el cartero

A partir del 16 de agosto de 1744, tres días antes de la fiesta, y hasta tres días después, se hizo una investigación a fondo en la ermita, ante testigos autorizados e imparciales, y quedó palpablemente demostrado- (con el consiguiente cabreo de los franciscanos de Cangas que veían como se esfumaba una bonita fuente de ingresos), que allí no había milagro ni cosa por el estilo.

También el obispo de Oviedo, don Juan Avello, hubo de dar una angustiosa marcha atrás y reconocer su metedura de pata. Como consecuencia, hubo de revocar y anular la aprobación del “milagro” que había concedido a los franciscanos el año anterior.  Asegura Carlos María que fue tal el berrinche episcopal que decidió morirse sin firmar los papeles que revocaban el “milagrito”… ¡Para cabezota, él!

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