Han puesto alambradas a las campanas de mi pueblo

Han puesto alambradas a las campanas de mi pueblo

Han colocado alambradas a las campanas de mi pueblo. Alguien debe de haber descubierto que no quieren voltear sino escapar en busca de las abiertas extensiones de las cercanas dehesas de encinas ahora verdes y húmedas. Tal me parece que tienen un tañer más triste y un eco más apagado. Incluso cuando entonan el toque del Ángelus  se le quedan notas encasquilladas en el desarrollo de su cadencia rítmica. ¿Están tristes las campanas?

Unas telas metálicas han cerrado los campanarios. Los monaguillos no podrán ya asomar sus cabezas al vacio curioseando lo que ocurre abajo en las calles o gritar a algún colega que pasa corriendo, diminuto, junto a la Cruz de Piedra. Ni los turistas o locales enfocar sus cámaras fijando en las mismas los tejados y calles del pueblo en un agudo picado.

Miro de nuevo hacia el nido de cigüeñas y mis ojos chocan con las dichosas telas que, según la hora y la incidencia del sol, se convierten en telas opacas que quieren cerrar el paso a la luz.

Me dicen que las telas metálicas son para impedir el paso a las palomas que dañan el interior y ponen intransitables las escaleras de acceso a la torre. Puede que sí. Es que sí. Quiero entenderlo. Pero miro de nuevo hacia el nido de cigüeñas y mis ojos chocan con las dichosas telas que, según la hora y la incidencia del sol, se convierten en telas opacas que quieren cerrar el paso a la luz. Vi en Aranda de Duero como una pareja de halcones limpiaban de palomas su iglesia y toda la parte monumental. No tuvieron que enrejar  sus campanas  ni obturar sus vanos. Quizá por eso dicen que “Para gustos hay colores”.

Yo creo que alguien quiere encerrar a las campanas y, si no callarlas, al menos amortiguar sus sones y llamadas. Un paisano, que dejó atrás los setenta hace ya días, me comentaba que tengo razón, pero solo en parte, que “las han puesto p´a que no escapen las campanas y no entren las palomas”. Y me asegura que el actual párroco es “mu raro”, que “no para en el pueblo ni alterna con el paisanaje. Que los que antes iban a misa están dejando de ir”. Y remata, “por eso ha puesto las telas metálicas, para ensayar; luego  ponerlas en las puertas y evitar se le escapen los pocos fieles que quedan. Y luego, con su hacer, es como si estuviese poniendo otra tela que impida acudan nuevos fieles”. Se sube ligeramente la visera de la gorra y se despide arrastrando un tanto los pies. La socarronería campesina es capaz de lanzar una dura crítica sin mover ni un solo músculo; sin darle importancia alguna y mezclando campanas, fieles, telas metálicas, puertas y curas, con la mayor tranquilidad.

“Un buen día, el esquilón se averió, rompió algo o yo que sé, y ahí se quedó, olvidado y silencioso”.

Ya no suena el esquilón que marca con su volteo cantarín la cercanía del inicio de la misa o cualquier otro oficio religioso tras los preceptivos toques de campanas. “No se ha escapado ni pusieron las telas metálicas por eso”, me asegura con una sonrisa Pablo, guía, monaguillo y sacristán en una sola pieza; “un buen día se averió, rompió algo o yo que sé, y ahí se quedó, olvidado y silencioso”.

Ha callado el esquilón y han enronquecido las campanas. A todas, las de aquí y las de allá, nos las han homogeneizado, universalizado, y todas suenan igual y con el mismo son reguladas mecánicamente. Y tocan igual a gloria que a difuntos, a rebato o a misa solemne, a fuego o procesión del patrón. Claro que de recuperar de nuevo aquellos toques ya no quedaría casi nadie para distinguir unos de otros.

A los campanarios de la torre de mi pueblo les han puesto alambradas para que no escapen las campanas ante la solemne indiferencia de las cigüeñas.

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R. Mera