San Juan. Añoranzas presentes del ayer de mi barrio

San Juan. Añoranzas presentes del ayer de mi barrio

 

(Capítulo 11 de mi  libro “Remembranzas festivas canguesas”)

Ese aire sutil que sube río arriba desde Obanca se cuela ahora bajo el páramo herido que dejaron las viejas casas del barrio tras su derribo. Ahora no tiene barreras y abraza el todo espacial abierto de lo que fue entrañable y recoleto.

El sol acariciaba ya Santa Marina de Obanca. Salí a la ventana somnolienta, quizás para pasear en soledad mis pensamientos o, quizás también, para olvidar ayeres vividos que ahora se enredaban como telarañas en mi mente. Me envolvía una taciturna melancolía. Intentaba cicatrizar heridas pasadas como la que frente a mi ventana ostentaba mi barrio.

Una herida difícil ya de cerrar y que, como algunas de las que la vida inflige a cada uno, permanecerá abierta en la memoria colectiva de los vecinos del Corral. Un ayer que ya no es hoy y nunca será mañana. El aire del norte se cuela ahora con mucha facilidad en el barrio. El frío es mayor que en mi niñez como también lo es en el ser y el sentir de los vecinos. Ese aire sutil que sube río arriba desde Obanca se cuela ahora bajo el páramo herido que dejaron las viejas casas del barrio tras su inútil derribo. Ahora no tiene barreras y abraza el todo espacial abierto de lo que fue entrañable y recoleto. Es el mismo frío que noto dentro de mi cuando revivo aquellas tardes de junio de mi niñez y juventud. No es un frió intenso ni que duela. Simplemente amortigua sentires y acrecienta soledades, amores y dolores perdidos en el río de la vida.

Me invade una cierta melancolía que se deja ir, a la par que la mirada perdida, monte arriba en la distancia. Como se dejan ir mis recuerdos por los recovecos del barrio. Poco a poco, lo que es ya no es y el tiempo rebobina como una vieja película en blanco y negro. Ahora es lo que fue. Las casas que ya no están se levantan de nuevo y se llenan de vida. Y se abren las ventanas y se cruzan saludos y latiguillos. Y se inquiere por éste o por aquel, por lo cercano, por la amistad surgida del cariño de años de roce de familias y heredades que se perpetuaban.

Poco a poco el espacio, especialmente delante del edificio del juzgado, se va llenando de una chiquillería ruidosa. Apenas pasa algún que otro vehículo que se detiene sin prisas en la gasolinera. Las mujeres caminan hacia la compra en pausada charla. Aún no han llegado los supermercados ni las ofertas. Todo es más sencillo, más rutinario, más entrañable.

Las telarañas de mi mente se van despejando entre bostezos. El sol lame ya los tejados más cercanos. Como en una película, el círculo imperfecto que configura El Corral cobra vida. Fotograma a fotograma van desfilando en la misma sus vecinos, los que lo configuraron, los que le llenaron de vida, de cariños y de tradiciones. No voy a ponerles nombre, vosotros los sabéis y los veis igual que yo. Es nuestra pequeña historia viva que vuelve. Muchos ya no están físicamente con nosotros, pero siempre estará su impronta, la huella que dejaron tanto en el barrio como en cada uno de nosotros.  El blanco y negro de la película de la vida va adquiriendo color. Y el barrio adquiere más dinamismo. Los niños siguen en el mismo sitio, pero ya no tienen tanta libertad. El número de vehículos ha aumentado. Enormes camiones llenan de polvo negro el entorno camino de Soto de la Barca. La gasolinera ha dejado paso a una rotonda. Mi barrio comienza a cambiar. Pero sus gentes permanecen, su espíritu perdura. La vida de Cangas adquiere un nuevo dinamismo, la ruralidad comienza a dar paso a lo urbano.

Atrás van quedando también los sueños de mi adolescencia enredados entre libros, ilusiones y pequeños desengaños que se quedan entre el Instituto de La Vega y mi barrio. Pero éste aún permanece, aún palpita de vida e ilusiones conjuntas.

Los más jóvenes marchan a estudiar a Oviedo. La mina adquiere protagonismo. La economía se dinamiza y quedan atrás muchas penurias. Todo comienza a cambiar en el barrio. Y sigue el desfile de caras ya nítidas y cercanas como el rayo de sol que ya se cuela por mi ventana.

Mi barrio, sus gentes y gran parte de mi vida y mis recuerdos. Suenan unos golpes en la puerta.

-Mamá, ¿nos preparas el desayuno?

Hoy es la noche de San Juan

.Comparte en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Pin on Pinterest
Pinterest
Share on Tumblr
Tumblr

R. Mera