Un hombre…un barreno

Un hombre…un barreno

Foto actual

La precesión de la mañana había ya iniciado su andadura y se acercaba al baldaquino del puente de Ambasaguas. Lucía un sol esplendido. Era el 16 de julio de 1.981

Bajo las almenas, sobre uno de los muros de contención que dan a los patios del Maestro Casanova, un hombre y un barreno en perfecta simbiosis, se yerguen solitarios e inmóviles.

Hay ambiente y colorido. Suena el campanín y se mezclan chaticos y estampidos.  Se disparan máquinas fotográficas y se ruedan vídeos y en Super-8. El día se ha vestido de fiesta. Ajeno a todo, el hombre permanece inmóvil. Hay un momento de calma. Y entonces, sin un solo temblor, sin una duda, el hombre adelanta un tanto su pierna izquierda, avanza el brazo correspondiente con el barreno en la mano; con la derecha aplica un cigarrillo a la mecha y… ochocientos cincuenta gramos de pólvora inician una impresionante subida que termina en un potente estampido que multiplica la angostura del valle.

El hombre no desperdicia ni uno solo de los movimientos que realiza; todos son exactos y medidos, precisos. Su seriedad completa. Otro hombre, otro cangués, se acerca y le apurre un nuevo barreno. De nuevo los mismos movimientos. La vara, más alta que el hombre, cuelga firme de la mano hacia el patio. La cabeza, con la carga, apunta en inverosímil diagonal hacia unas pequeñas nubecillas que pasan sobre Ambasaguas. El barreno runfa subiendo con brío hacia el cielo y estampla.

Foto actual. No corresponde al `protagonista del relato

Y así una y otra vez hasta doce

No quitamos ojo de él. La acción repetida impresionaba más del parecía ajeno a todo encerrado quizás sobre sí mismo, quizás con una promesa que cumplía, quizás con el vacío o quizá enfrentado en la soledad de su propio yo. Un hombre y un barreno

Cuando estalló el número doce, Manolo Miranda salió hacia la escalera y se confundió entre la gente. Más de diez kilos de pólvora habían pasado por sus manos ofrendadas a la Virgen.

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R. Mera