SUROCCIDENTE.- Estaba en Oviedo, no en Matalascañas

Se trocaban rojizos los tejados y terrazas de Oviedo. Las últimas sombras de la noche se abrían de Este a Oeste iluminando, poco a poco, las silenciosas y solitarias calles de la vieja Vetusta, aunque eso sí, este vez en uno de sus barrios que seguro no conoció don Leopoldo Alas, barrio que se abre a otro de los más populosos y en expansión: La Florida, zona que en mi criterio, es la que mayor número de cochecitos de niños acumula por metro cuadrado de acera.

Siete piso más abajo de la terraza  en la que me encontraba, camuflados de sombras, se alienaban cientos de vehículos inmóviles a la espera de un lunes activo. O quizás de esta misma mañana de domingo que invitaba a la playa o a la montaña. El reloj del edificio de la antigua Caja de Ahorros que al fondo se adivinaba, allá hacia el sureste, aún no había cantado las ocho de la mañana y yo paseaba en manga corta dando pequeño sorbos al primer café, con más de éste que de leche, a la espera de no sabía muy bien qué pero un tanto disperso en mis pensamientos. Dejando perder la vista hacia el horizonte que delimitaban pequeñas elevaciones más allá de las vías que circunvalan a Oviedo, perdido en mi propia mente, busqué el mar.

Fue entonces, cuando ya el sol  levantaba una pizca su disco sobre el horizonte que ocultaba una fila de árboles urbanos, cuando, de pronto reaccioné, y fui consciente de la situación y del momento.

No estaba en una terraza de un apartamento de Matalascañas viendo el amanecer sobre el mar; ni tan siquiera mediaba agosto, ni julio. Rebobiné mis ideas: Era 8 de octubre y estaba en Oviedo, capital de las  Asturias. Ni había niebla ni orballo como a lugar y fecha debía corresponder. Bajo un cielo limpio y sereno paseaba en mangas de camisa y el termómetro marcaba diecinueve grados.

Atrás había quedado ya hacía unas fecha el veranillo de San Miguel, que no fue tal sino verano en toda regla. Y no había durado lo que el calendario le asigna en cuanto a su temporalidad sino que, instalado en todo el territorio se estaba largando sin pudor alguno hasta la fecha que aquí les describo: ocho de octubre, domingo.

Y más acentuado aún que en Oviedo, el inesperado e inexplicable calor de estos días aplastó bajo sus rayos implacables a todo el Suroccidente. NI tan siquiera en las fechas más señaladas que a tal fenómeno conceden los meteorólogos, allá entre el 15 de julio y el 15 de agosto, había sido el calor tan implacable como lo está siendo es estos días.

Quizás sea el tan traído y llevado calentamiento, o el signo de los tiempos, o el cabreamiento del dios Júpiter, o la venganza de Alá, o el dios tronante del Sinaí judío castigándonos a todo por nuestro desordenado comportamiento y alocado vivir, o quizás el Dios cristiano cansado de nuestro continuo incumplimiento de aquellos primeros derechos humanos que nos señaló plasmados en lo que se llamó, y se llaman, los Diez Mandamientos.

Elijan ustedes mismos

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R. Mera