Nochebuena en la soledad de la majá

Un hilo de humo ascendiendo en el  límpido espacio rompía de algún modo el frío que impregnaba la atmósfera, y el campo, y la helada charca de agua, y los no muy lejanos canchos que rompían el horizonte.

La estrecha carretera de tierra que unía Berzocana con Solana camino de Deleitosa, mostraba charcos helados acá y acullá, certificando con su presencia  que la lluvia había visitado la comarca durante toda esa mañana. Allá, hacia el mediodía, despejo por completo y el frío se desplomó inmisericorde sobre los campos y las gentes que no tardaron en refugiarse al calor de la lumbre.

Las primeras sombras de la noche avanzaban desde las dehesas del oeste hacia los pueblos citados. Desde los desartalados tendejones que semejaban establos, situados cerca de la casa, llegaba el agudo tintinear de esquilas entre los que, de cuando en vez, destacaba el de algún que otro campanillo. Los cristales de las ventanas orientadas hacia la carretera y cubiertos de vaho, reflejaban algún que otro reflejo rojizo producto de las llamas que avanzaban briosas consumiendo dos grueso troncos de encina. La lumbre estaba situada en medio de la estancia y unas llares que bajaban del techo mantenían sobre sus llamas un pequeño caldero lleno de agua. Julián dejo de atizar el fuego y, pausadamente, se dirigió hacia una de las ventanas. Se percató del calendario que colgaba de la pared y en el que podía leerse “Narcisa Merino Bernal. Ultramarinos”. Se fijó en el cartapacio. En ese momento reaccionó, algo se agitó dentro de él. Se detuvo y se fijó en los redondeles que día a día dibujaba sobre la fecha correspondiente para no despertarse en el conteo

-¡Hostias! Hoy es Nochebuena

Se giró lentamente, agarró una desvencijada silla de enea y arrastrándola la acerco hasta el fuego. También muy lentamente, como ido del momento y el lugar, se sentó en la misma.

-Nochebuena, se dijo.

Se levantó de nuevo dirigiéndose hacia una pequeña alacena situada en el fondo de la cocina. La abrió y cogió, agarrándola por el cuello, una botella de coñac Soberano, tras dudar un segundo en si bajaba esa u otra de Anís Las Cadenas que se hallaba junto a ella. Estaba a punto de miniar la vuelta botella en mano cuando se giró de repente y, con dos dedos, cogió una diminuta copa que, junto a otras tres, estaba también en la alacena.

Aunque su carácter era serio y adusto, esbozó un atisbo de sonrisa

-Ésta seguro que era de tío Zumbona, pensó mientras se sentaba.

Lentamente la llenó. Y no pudo por menos de pensar en años atrás, antes de irse a vivir definitivamente al campo, cuando en compañía de su pandilla (Lutrera, Guarrino, Esquelina, Parrala, Fujito, Marchena, Pablo Chicha…) acudía a San Cosmen a Solana y, pese a su edad, se llegaban a casa de tío Zumbona que,  sin problema alguno, les servía un vino, eso sí, con gaseosa y que a veces servía para dos.

El tal tabernero disponía de unas copas diminutas en las que servía los licores, especialmente el aguardiente y que mantenía atadas al mostrador con un bramante de manera que nadie pudiese robárselas. La clientela, con humor aldeano, aseguraba que no, que era para que no se las tragasen con el líquido dado su tamaño diminuto.

Con un gesto rápido vació la copa en su boca. Y casi seguidamente otra. Con la tenazas (él decía estenazas) removió las ascuas y amontono los trozos de leña que conformaban la pequeña y casera hoguera y que lentamente estaban llegando a su fin-

Le pareció oír un aullido

Estando yo en mi rebaño
pintando la mi-cayada
pintando la mi-cayada
yo vi bajar a una loba
derechita a mi majada
derechita a mi majada…

Tatareó con voz cuasi inaudible.

Rabel

Y percibió la música del rabel de su abuelo Lorenzo sonando allá en las Nochebuenas de su niñez en la majada del Brete mientras el viento silbaba entre las encinas o el agua golpeaba racheada en las escobas que cubrían el chozo. Con la música le llegó el sabor del humo y de la carne de conejo que su abuela asaba en la lumbre ubicada en el centro de la rústica vivienda.

Los recuerdos le envolvían. Vacio otra copichuela, se levantó y se dirigió a su pequeña habitación. Abrió un viejo baúl colocado entre la cama y la pared trasteando en el mismo. Allá en el fondo, tal cual el arpa de Bécquer, silencioso y cubierto de polvo veíase el rabel. Junto a él, el arco destensado.

Cogió ambos y se dirigió de nuevo junto al fuego. Pellizcó la cerda que actuaba de cuerda arrancándola un sonido destemplado y ronco. Añoranzas de tiempos idos ocupaban sus pensamientos.

Camina la Virgen pura
de Egipto para Belén
y a la mitad del camino
pidió el Niño de beber.
– No pidas agua, mi vida,
no pidas agua, mi bien,
que los ríos bajan turbios
y no se puede beber…

De cuando en vez Julián pinzaba la cerda del  rabel arrancando sonidos desafinados. Tan solo lograba quejidos lastimeros y un rascar chirriante. Tensó la cerda (crin de caballo) que conformaba el arco frotándola seguidamente contra la del instrumento. Sonaba tal cual la tiza de yeso lo hacía a veces en la pizarra de la escuela allá en sus años escolares.

Y de nuevo se le encendió la luz del recuerdo envuelta en lo sonidos del rabel de su abuelo:

Estando yo en la mi choza  

 pintando la mi cayada,

las cabrillas altas iban  

y la luna rebajada;

mal barruntan las ovejas,  

 no paran en la majada.

Vide venir siete lobos  

por una oscura cañada.

Venían echando suertes  

cuál entrará a la majada;

le tocó a una loba vieja,  

 patituerta, cana y parda,

que tenía los colmillos

  como punta de navaja

Soltó todo en el suelo y se asomó a una de las ventanas que daba hacia el lado de la carretera. Desplazó el gastado y ahumado visillo hacia uno de los lados intentando ver el exterior. La oscuridad era total, ni tan siquiera se distinguía la línea de la carretera. Esta vez los aullidos le llegaron nítidos y en el sonar de las esquilas notó la intranquilidad del ganado. Le alertó el no oír los ladridos de los perros, pero rápidamente se tranquilizó al darse cuenta de que ello era señal de que el lobo no estaba cerca.

Cogiendo la llama de la lumbre con una pequeña ramita encendió el farol, se envolvió en una manta zamorana a la que tenía en gran estima, y salió al exterior. Sombra y ruidos le envolvieron. La noche estaba oscura como boca de lobo y el farol apenas le permitía distinguir el terreno un paso por delante. . Había comenzado a lloviznar.

-Puede que nieve, se dijo

Conocía al dedillo la majada y sus alrededores ya fuese de día o de noche. Inspeccionó el cobertizo de las ovejas y seguidamente la cochiquera y el de las cabras. Todo estaba en orden aunque el ganado se encontraba algo intranquilo. Acarició al burro que cabeceaba en la puerta de los establos y volvió a la vivienda colgando de nuevo con cuidado la zamorana.

No tenía hambre ninguna. Quizás los recuerdos y la nostalgia le habían encogido el estómago.

Tomó otra copa, apartó algunos leños del centro del fuego y arrastrando los pies se dirigió a su habitación. Cogió de nuevo la manta y se metió en la cama cubriéndose con ella sin tan saquera desvestirse.

El calorcillo del lecho aumentó sus nostalgias y le hizo descubrir su tremenda soledad.

Los pastores son, los pastores son,
los primeros que en la Nochebuena,
fueron a adorar al Niño de Dios…

Si al menos estuviesen allí sus amigos Chítala y Lutrera, ellos sí que sabían villancicos. Y Lutrera hasta tocaba la bandurria que es como un rabel pero con más cuerdas.

Un dulce sopor le fue invadiendo poco a poco. Ligeros copos de nieve  comenzaron a caer sobre los no muy lejanos canchales. Julián ya no oyó los últimos aullidos de los lobos.

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R. Mera