Fulgencio

Fulgencio fue un hombre de profundas convicciones religiosas y de ello dejó muestras allá por donde pasó incluidos sus queridos Centro de Alcuescar y la cercana Casa de la Misericordia. Y así lo resaltó el capellán de la misma en las palabras que le dedicó en su misa de cuerpo presente. Religioso y positivista en sus grandes limitaciones, Fulgencio fue un luchador de la vida como resaltó el poeta y cantautor berzocaniego Luis Pastor, primo de Ful, cuando pidió un aplauso “para un luchador” en el momento de depositar su cuerpo en su nicho del cementerio de Berzocana, el mismo que guardaba los restos de su padre, Juan Luis y al lado de su madre Inés.
Religioso, de una fe convincente y vivencial, luchador vitalista, positivista y alegre, dio de ello pruebas por doquier que pasó. Aunque para su familia fue siempre un niño (el menor de cuatro hermanos) ejerció como un hombre pleno y entregado a lo que él siempre consideró justo, social y vivencial en lo que a la fe y la Iglesia con su Cuerpo Místico se refiere. No sé si fue don Amadeo, obispo de Plasencia, o su antecesor, el que nos señaló en una ocasión que él consideraba a Ful como un sacerdote ejerciente de su diócesis, un sacerdote más de la misma. Y me consta que fue apoyo e incluso consejero de algunos sacerdotes con los que mantuvo una muy especial relación. También me consta que tuvo una más que activa actuación en la resolución positiva en una crisis vocacional que sufrió uno de aquellos, párroco que fue de Berzocana. Muchas de las lecturas habidas durante años en misas y oficios religiosos de Alcuescar y Berzocana se desarrollaron bajo las directrices, elecciones y consejos de Fulgencio que, paradójicamente, tenía problemas de articulación para expresase, algo que se acrecentó con el paso de los años.
Atado a una silla de ruedas desde su nacimiento, nunca oí de sus labios ni una protesta, ni un lamento, ni tan siquiera una queja por su situación. De formación autodidactica (aunque se reía mucho al contar no haber logrado nunca aprenderse la tabla de multiplicar) conocía bien las Sagradas Escrituras y la Historia de la Iglesia. Publicó mumerosos artículos sobre los Santos berzocaniegos, incluido un Auto Sacrcamental sobre su vida y publicó los libros «La cigüeña Negra y «Rescatadas creaciones». Fue feliz en sus limitaciones y esa felicidad supo trasmitirla a todos cuantos a él se acercaron, especialmente a su familia y amigos.
Tanto es así que Fulgencio dejó claro que en su despedida de este mundo no quería lloros ni funerales, sino sonrisas y que su funeral trasmutase en una misa “de gloria” porque le había llegado el momento de desprenderse de su silla y de todas sus ataduras en este mundo para marchar libre junto el Padre Eterno y gozar de la compañía de sus Santos Fulgencio Y Florentina, patronos de Berzocana, su pueblo, y a los que tenía gran devoción.
Y así hubiese sido de haber estado allí, don José Manuel o don Pedro, párrocos que fueron de Berzocana; o los obispos don Amadeo o el anterior que fue de Coria-Cáceres. El párroco actual, aunque así se le planteó por la familia, prefirió aplicar “la liturgia” al caso (el reglamento o el protocolo administrativo rutinario, como ustedes prefieran) negándose tajantemente a ello. Ni tan siquiera dio el pésame a la familia ni tuvo la deferencia de dedicar unas palabras a uno de sus más destacados y activos feligreses. La actitud del capellán de la Casa de la Misericordia de Alcuescar que ofició la misa compensó con creces la mostrenca actitud del cura que vino de Manchita.
Pero las fechas jugaron en su contra. Era el día 26 de diciembre, cuando aún sonaban los ecos del día de Navidad y de almireces y zambombas, cuando llegaba su féretro a la iglesia. Y allí, a la cabecera del mismo, libre de adornos y florituras, se encontraba el Niño Dios acostado en su cuna colocada sobre un gran paño blanco y escoltado por dos ángeles con cirios eléctricos en sus manos. Dos ángeles que él conocía desde niño De alguna forma todo se conjuró para que Ful tuviese la despedida que deseaba A punto estuve de, junto a algunos miembros del coro que cerca de mí se encontraban, entonar un villancico. Quizá el tan poético “No sé si será el amor” o, por contrapisón, el monocorde y tan extremeño “Ardía la zarza” que tantas veces entonó Ful con sus tíos los Meras. La prudencia frenó mis intenciones.
No lo hizo así el coro de la real villa que, con muy bien criterio, decidió efectuar esa misma noche el festival de villancicos que tenía previsto bajo la dirección de su quinto y amigo Antonio Mosquito que a él dedicó la actuación.
En el hospital cacereño, lejos de los suyos en la tierra pero muy cerca de los que le esperaban en el cielo, se marchó Fulgencio quizás a discutir con San Fulgencio y San Isidoro la situación de la Iglesia y la forma en que ésta ha de acercarse más a los suyos. O quizás a seguir discutiendo con su madre Inés por un quítame allá esas pajas en un toma y daca de humor y complacencia.
Y estoy convencido de qué allá dónde esté, Fulgencio será tan feliz como, pese a sus grandes limitaciones físicas y dependencia, lo fue aquí en la tierra con las gentes de sus queridos Alcuescar y Berzocana,
Fulgencio era mi hermano pequeño.





