BERZOCANA.- José Luis Diez Pastor, notario en Madrid y berzocaniego ilustre
Nombrado miembro de la Subcomisión de Derecho Civil de la República, desempeñó allí un papel relevante, interviniendo y colaborando en la elaboración de textos constitucionales y leyes siendo autor de la Ley de Divorcio,
Hay veces que, sin saber porqué, nombres de hijos ilustres de éste u otro cualquier pueblo se difuminan en el tiempo y el olvido, se pierden en el anonimato. Tal es el caso del berzocaniego del que hoy les hablo basándome en un artículo publicado en la revista Notarios, del Colegio notarial de Madrid, por Antonio Pérez Sanz, notario emérito, que me hizo llegar Richard Serrano
Algunos datos teóricos apuntan a que la finca a la que aquí se hace referencia es la dependiente de la llamada “Casa de la Médica” y que desde el Pizarral bajaba por la otra ladera hasta el río Sapillo. Pero es solo una teoría sin base documental alguna. Así mismo sabemos de la existencia en aquellos entonces de un maestro muy popular llamado don Faustino (con el que fue a la escuela mi madre Inés). Creemos es al que hace referencia en el articulista cuando habla de don Fausto. La relación con la “Casa de la Médica” se establece a partir de que en aquella época, e incluso posteriormente, a muchas mujeres se les asignaba el mismo nombre que al marido en función de su profesión liberal. Como quiera que el marido de Crescencia muere joven, en la casa de la finca, vivió “la médica”, la mujer del médico. Repito que esto solo son especulaciones teóricas.

José Luis Díez Pastor nació en Berzocana, en la provincia de Cáceres, el 24 de enero de 1901, hijo de Don José Diez Flores, Médico Cirujano y de Dª Crescencia Pastor Gómez, ocupada en las labores de la casa pero que muy pronto, por el fallecimiento de su esposo, tuvo que asumir la dirección de la familia.
Sus primeros años los pasó en La Viña, finca que la familia tenía en el campo. Acudía a la escuela del pueblo donde impartía sus clases el Maestro, Don Fausto, a quien siempre recordó con cariño y admiración.
El campo fue una referencia constante durante su toda su vida, aunque ésta se desarrolló esencialmente en Madrid. Allí aprendió a hablar con sencillez, con claridad y austeridad, y a entender a la gente. Allí aprendió a apreciar y disfrutar de la naturaleza y de los animales. Su abuela contaba que los primeros estudios los inició en compañía de una cabra, Mocha, que le esperaba en el corral hasta que terminaban las clases.
Ya de niño se aficionó a cabalgar, primero en el Conejo, un burro –del tamaño de una oveja grande- que le regaló su padre, luego en los caballos que tenían en la finca. Consiguió ser un jinete extraordinario; arte que tuvo que dejar cuando cumplió ochenta y tres años.
Muerto su padre, cuando él tenía siete años, la familia se traslada a Madrid.
Pasó dos años interno en los Escolapios de Getafe, terminando los estudios de bachillerato en el Instituto San Isidro de Madrid.
En la Universidad Central, hoy Complutense, cursó los estudios de la Licenciatura en Derecho. Estudiaba y hacía una vida intensa, adecuada a su juventud. Discípulo predilecto de Don Felipe Sánchez Román, figuraba entre los alumnos destacados de su curso, junto a Ramón Serrano Suñer, Manuel Romero Vieítez, Emilio de Navasqués y José Antonio Primo de Rivera. Pero, además, en aquella etapa universitaria, como siempre a lo largo de su vida, tuvo una intensa actividad intelectual y cultural. Iba a menudo a la Residencia de Estudiantes, donde hizo amistad duradera con Entrecanales, Alberti, Pepín Bello y García Lorca. Como contrapunto, participaba en otras actividades propias de la juventud y de la época Muy de acuerdo con sus inquietudes, en este caso más jocosas, seguía, con otros compañeros estudiantes, a Valle Inclán en las algarabías que montaba por la calle y en el teatro.
Concluida la Licenciatura decidió ser Notario, pero como entonces se requería haber cumplido veinticinco años, marchó a Alemania a ampliar estudios. Allí consolidó su admiración por los juristas alemanes y perfeccionó su conocimiento de la lengua, hasta el punto de trabajar cierto tiempo como corrector en la Gaceta de Múnich. Hizo muchos amigos y vivió la peripecia de un accidentado ” bautismo de aire” en un avión biplano de caza ,sobrante de la primera guerra mundial, que hacía vuelos semiclandestinos entre Múnich y otras ciudades que, por culpa de un mosquito que entró en el carburador y paró el motor ,acabó aterrizando en un prado,.
Recién cumplidos los veinticinco años ingresa con el número uno en las oposiciones a Notarías que se celebran el año 1926. Su primer destino fue en Salas de los Infantes.
De nuevo por oposiciones libres celebradas en el Colegio de la Coruña el año 1927, pasa a la Notaría de Chantada (2ª).
Finalmente en 1930 en nuevas oposiciones, esta vez entre Notarios, que aprueba con el número uno, obtiene una de las Notarias de Madrid que servirá hasta su jubilación en 1976, con el lamentable paréntesis derivado del acontecer político.
De auténticas ideas liberales, desde su condición de jurista, asumió los aires de modernidad que representaba y prometía el advenimiento de la República.
Nombrado miembro de la Subcomisión de Derecho Civil de la República, desempeñó allí un papel relevante, interviniendo y colaborando en la elaboración de textos constitucionales y leyes siendo autor de la Ley de Divorcio,
Simultáneamente atendía su Notaría con dedicación, integrándose en las labores corporativas del Colegio Notarial de Madrid, de cuya Junta Directiva formaría parte desde 1932.
Contrajo matrimonio, en abril de 1935, con Doña María Dolores Pardo Gayoso, Licenciada en Ciencias Físicas, y Catedrática de Instituto. Del matrimonio nacieron cuatro hijos, conformando una familia siempre unida y basada en principios de libertad y respeto a las ideas ajenas.
Fue Director General de los Registros y del Notariado en la administración republicana e iniciada la Guerra Civil, como la vida en Madrid comportaba grandes privaciones y riesgos envió a su esposa y único hijo, al Sur de Francia permaneciendo él en la capital, atendiendo la Notaría y prestando al Colegio una ayuda impagable que se tradujo en la conservación del edificio , de los Protocolos y, dentro de las lógicas limitaciones, en el apoyo absoluto prestado a todos los Notarios que se encontraban o pasaban por la ciudad.
Cuando en 1937, siendo Presidente del Consejo de Ministros Manuel Azaña, nombra Ministro de Justicia a Manuel de Irujo, se restablece la Dirección, en un Decreto (de 5 de julio) cuya exposición de motivos contiene un encendido elogio del Centro Directivo; reconoce “la labor realizada por éste, desde su creación, queda patente en sus publicaciones anuales” y también valora positivamente “el funcionamiento legal y eficaz de la fe pública notarial.
Díez Pastor no debió ser ajeno a la iniciativa de este Decreto, ni a los términos en que se formula ya que inmediatamente se le ofrece el cargo de Director General. La aceptación de este ofrecimiento, en las condiciones que vivía nuestro país, le producen serias dudas que transmite a su Decano, López Palop y a otros compañeros quienes le rogaron o, quizá mejor, le impusieron que aceptara el cargo, publicándose su nombramiento el 6 de agosto de 1936.
Habiendo cesado como Ministro de Justicia Manuel de Irujo el 29 de abril de 1938 dimite como Director General, pasando a Francia donde fue internado por las Autoridades francesas en uno de los Campos establecidos para acoger a los refugiados españoles, concretamente en el de Gurs, Allí estuvo recluido dos meses, hasta que consiguió evadirse regresando a España.
Y precisamente a su vuelta a Madrid se encuentra con que por Orden ministerial de 26 julio de 1939, dictada sin previo expediente ni audiencia del interesado, se le había separado del servicio y dado de baja en el Escalafón del Cuerpo. Solo se le podía acusar de haber sido Director General de los Registros y del Notariado, ignorando por qué, en que circunstancias y como desempeñó el cargo. A esta sorpresa sucedió un Consejo de Guerra, sobreseído; y un proceso civil de responsabilidades políticas que no solo concluye con la absolución del imputado sino que, además, declara ”la estimación de la imputación conduciría a inmolar exclusivamente a quien por servir legítimos e importantes intereses morales y materiales, lo efectuó a ruego, sin error en la apreciación, y sin tacha en el ejercicio, a favor del cuerpo y conjunto activo de mayor respeto”.
Diez Pastor aceptó serenamente la difícil situación personal que se le presentaba. Reacciona con entereza y se dedica a preparar opositores a Notarias. Lo hace con la ciencia que tenía acreditada, con la paciencia que requiere tan difícil tarea y con el cariño que siempre aplicó a cuanto se relacionara con el Notariado, que seguía siendo el centro de su vida.
El error, más exactamente, la injusticia que se habían cometido con Diez Pastor tenían que repararse. Así se hizo en expediente instruido por el también Notario José María de Porcioles, entonces Director General de los Registros y del Notariado, y tramitado con una celeridad sorprendente (menos de un mes), cuyo expediente, después de reconocer las condiciones excepcionales de competencia y moralidad de Díez Pastor, concluye en febrero de 1944, dejando sin efecto la Orden del 1939 y acordando su readmisión al servicio activo, con derecho a ocupar la primera vacante que se produjera en Madrid y con la singular particularidad de que se llega a autorizar que pasen a su cargo los protocolos que autorizó hasta el año 1939.
Formó parte de reuniones y tertulias, teniendo un papel destacado en la que los Notarios celebraban en un local de la calle Luchana, Y dice Antonio Pérez Sanz, notario emérito en cuyo artículo loando la vida del berzocaniego hemos basado este nuestro escrito, que “era delicioso oírle hablar de literatura, filosofía y de arte”. También se significó en el ámbito cultural. Colaboró directamente en la creación de la Orquesta de Cámara de Madrid y en la organización de la Asociación de Amigos de aquella Orquesta, de cuya Asociación fue Vicepresidente.
José Luis Díez Pastor nos ha dejado el ejemplo de una vida discreta, dedicada a la familia, a la cultura, a la sociedad, al estudio y a su profesión de Notario, oficio del que se enorgullecía y prestigió.
Quede aquí constancia de todo ello.




