De cómo unos y otros vinieron a hacerme ver que era viejo

Aquella noche dormí en mi piso de Oviedo cuya adquisición fue posible gracias al pellizquín que me correspondió en aquella Lotería del Niño que repartió dineros abundantemente en Cangas ha ya años. Así lo decidí (el viaje, no la compra) dado que el tiempo de agua, viento y frío, e incluso nieve que se anunciaba, no predisponía especialmente a madrugar y viajar a Oviedo en cuyo Hospital Universitario, el célebre HUCA, tenía que estar a las ocho y media. Estaba fría la mañana y, junto a Maribel, que no se fía un pelo de mí en asuntos médicos y farmacéuticos, nos dirigimos a coger el autobús cuya parada estaba a poco más de cinco minutos. Un día más me pregunté por qué demonios para ir al HUCA había que coger el dos y para volver el uno, cuando la lógica invitaba a lo contrario. Nadie me supo dar respuesta. Todo ello no más allá, por otra parte, que disquisiciones mañaneras para no pensar en el frío y en el engorro de guantes, bufanda, chaquetón, gafas, capucha, mariconera, billete, gafas y… paraguas.
Coincidía el viaje con la hora de entrar en los colegios y ello se notaba en la presencia de mamis y niños con mochilas (algunas más grandes que ellos) que, como a su edad corresponde, no paraban ni un momento de empujarse unos a otros, jugar y gritar. Ni un asiento libre. Arrancó el autobús y de barra en barra y de respaldo en respaldo me fui desplazando de adelante atrás en busca de un lugar que, quizás más que cómodo, fueses seguro para mi estabilidad. Y no debía de ser esta muy buena, porque llegando ya al final un joven, de unos veintitantos, se levantó de su asiento y, temándome por el brazo respetuosamente me invitó a sentarme en su asiento. Decliné su invitación en principio, pero insistió e incluso me ayudó a acceder al asiento. Ya colocado me pregunté sí verdaderamente el joven había visto en mí una persona mayor necesitada de asiento. Y concluí en que si, pese a que en mi fuero interno me negase a aceptarlo. Y que aunque quizás el pelo totalmente blanco hubiese influido, mi torpeza al moverme y mis indecisiones le habían llevado, acertadamente, a tal concusión: Era un viejete que necesitaba ayuda.
Llegados al HUCA no dirigimos a `extracciones´ lugar con toda seguridad el más concurrido del complejo. Por cierto, hay veces que tal parce que andas por Cangas, o por Tineo, o por Luarca, por la cantidad de conocidos de cada concejo del que cada uno procede que encuentras. Esta vez, curiosamente vi tan solo a dos, Paniagua y señora.
Les conté, como ahora lo hago con ustedes, que el lugar me producía grima y me exacerbaba los nervios: No aguantaba las agujas, prefería una resonancia (que tela marinera) o incluso el quirófano que las dichosas agujas.
-Una aguja de niño que tengo la venas muy bailarinas, al decir de sus compañeras, solía yo repetir a las enfermeras, cuando puesta y convenientemente apretada la goma en el brazo, empuñaba el cacharro aquel cuan si fuese entrar a matar en Las Ventas.

Y no digamos el saludo de la que empujando el carrito llegaba a urgencia o la habitación y con sonrisa te espetaba:
-Tengo que ponerle una vía
-Cagoentoloquesemenea con las p…vías. ¡Ponme lo que te dé la gana! Y presentabas el brazo volviendo la cabeza hacia el ventanal sin volver a mirar hasta que dejabas de oír las ruedas del carrito marchándose. Y a la más mínima la vía te la liaba y tenían que colocarte otra
La chicharra que marcaba la llamada a los pacientes no paraba de sonar, pero el runrún de los pacientes apuntaba que aquello iba con mucho retraso. No vi ningún asiento libre y busqué la pared trasera para, en busca de algo de comodidad, apoyarme en ella durante la espera. Hacia ella avanzaba, cando un señor se levantó solícito ofreciéndome amablemente su asiento. Me puse en guardia, era la segunda vez en muy poco tiempo
-Siéntese aquí caballero, estará mucho mejor
No supe reaccionar, me dejé llevar y me senté. Los cangueses y Maribel siguieron esperando de pié.
Entre chincharrazo y chincharrazo del dichoso artilugio que llama a los pacientes, fui dando vueltas a la situación. Yo no me veía tan viejo. En cuanto a la torpeza sí, de vez en cuanto trastabillaba o tropezaba de la manera más tonta percatándome de que la torpeza era cosa de los año. Igual me pasaba con mis paseos mañaneros; cada vez me costaba más llegar a La Himera. Y no digamos volver. Pero no lo tenía en cuneta, no lo admitía, o más bien no quería admitirlo.
En ese día que les cuento me quedó todo claro: Definitivamente me había convertido en “una persona mayor” que benévolamente nos define ahora pero que en su esencia, y durante toda la vida de Dios, se ha venido defiendo como `un viejo´. Y yo por mucho que me miraba al espejo, seguía sin verme. Hube de ir a Oviedo para que me abriesen los ojos.




