La primavera se asomó, sonrió y fuese de nuevo
La luz, de repente pero no caprichosamente, había madrugado más que los días anteriores. El devenir del tiempo cumplía su ciclo anual ajeno a todo cuanto ello no fuese. Y por la tarde, al anochecer, la luz se estiraba de nuevo negándose a recogerse cual adolescente llegado el fin de semana. Todo parecía adquirir una nueva perspectiva, un nuevo hacer. Los paseantes y caminantes parecía haber acelerado inconscientemente su paso cumpliendo una consigna oculta y de origen desconocido, Las jóvenes que acudían aquí o allá parecían pisar vaporosamente sobre las losas de las aceras.

Se alargaban lo días sin misterio alguno cumpliendo su ciclo anual repetitivo desde el principio de los tiempos, ajeno a novedades, ideas, idearios o relatos, fijos y exactos en su devenir. Y a ello acudían también colores, olores y haceres del resto del universo en su rito anual. En la recta del Pontón comenzaron a faltar bufandas y chaquetones, jerséis gruesos y gorros de colores. Y el caminar se hizo más ágil y las voces subieron de tono. Y apareció, cuasi de improviso, el amarillo de las mimosas que desparramaban generosas sus olores Y más allá´, del río hacia arriba, desparramados por las laderas, los frutales comenzaron a colocarse su primaveral mantilla blanca cual mozas llegada la maña de un soleado Domingo de Ramos.
Tras muchas aguas, nieblas, fríos y nieves, febrero dejaba caer su incompleta hoja del calendario y marzo se abría mayeando con tímidos soles y cielos límpidos. Tímidamente también, los jubilados comenzaron a asomarse a los bancos de este o aquel paseo; las conversaciones comenzaron a derivar hacia huertos y huertas y las circunstancias de tiempo que les sería más propicias. Quería abrirse la primavera y caer sobres las tierras como lo hacían regatos y arroyos discurriendo bulliciosos hacia el valle.

Quería y lo intentaba, pero aún no era su tiempo. El invierno volvió sobre sus pasos y de su mano volvieron aguas y fríos. Incluso la nieve se llegó de nuevo por Leitariegos y Rañadoiro cerrando carreteras, enviando a los ganados en busca de cobijos más templados y obligando de nuevo a las mocitas en edad de merecer a rescatar bufandas y jerséis que ya habían guardado deseosas de nostras sus encantos a los primeros rayos calentitos del sol. La recta del Pontón con sus caminantes y paseantes volvió a sus costumbres invernales.
Marzo dejaba atrás su mitad ey busca de la festividad de San José y el olor de la pólvora… en Valencia. Para que suene la nuestra aún queda un largo trecho.




