Una semana no muy propicia, letras y adioses
No han venido muy propicios los últimos días para quien les habla. No han sido problemas de familia o de salud, que estos son ya consustanciales a la edad, sino del devenir de la vida y sus circunstancias, del paso inexorable del tiempo y con él de la personas, su esencias, sus haceres y sus quehaceres.

En poco más o menos lo que dura un pitillo se han ido Fernando Ónega y Raúl del Pozo y con ellos, aparte de mi juventud y de la referencias a mis primeras aproximaciones a la letras y el periodismo allá en aquellos años en los que, como ellos lo habían hecho anteriormente, yo llegaba a la capital de España, entonces faro y referencia para todo, especialmente para cuantos por unas u otras circunstancias, estábamos abocados a la emigración.
Y no es que yo llegase a Madrid como algunos de aquellos comentaban y alardeaban en una chanza continua en las tertulias del Café Gijón, en la Castellana, en un camión de melones, con unos comediantes, andando, o en desvencijado autobús de línea. No. Yo llegué desde Navalmoral de la Mata en modernos autocares de la empresa Auto-Res para incorporarme al ejército, con carácter de voluntario, en la Escuela del Estado Mayor del ejército, en Santa Cruz de Marcenado. Iniciado ya en mis primeros pinitos literarios, junto a un «compañero de armas» que se decía entonces, alguna que otra tarde nos acercábamos hasta el Gijón a husmear lo que allí acontecía o conocer de cerca a aquellos grandes hombres entre los que se encontraba esencialmente Raúl del Pozo. Con el tiempo y ya en la vida civil, terminé decantándome por el Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao que, todo sea dicho me caía más cerca y en cuyas mesas escribí algunas de mis primeras composiciones.

Eran los tiempos del diario vespertino Pueblo que dirigía Emilio Romero y cuya díscola plantilla era un referente para los que intentábamos sacar algo de provecho del teclear en la Olivetti. Entre 1952 y 1975, el periódico fue conocido como la «escuela de periodistas» del tardofranquismo, albergando a una plantilla talentosa que más tarde destacaría en la democracia. Durante su larga etapa al frente del periódico sindical, Romero fomentó un estilo de periodismo más abierto, moderno y, a veces, crítico, lo que atrajo a jóvenes talentos y periodistas experimentados. Amén del citado Raúl del Pozo, por allí andaban Jesús Hermida, César González Ruano, Manuel Martín Ferrand, José María García, Pedro J. Ramírez, Tico Medina, Felipe Mellizo o Alfonso Ussía; para quitarse el sombrero.
Entonces llevábamos orgullosos el diario Pueblo bajo el brazo, más adelante sucedería lo mismo pero a otra escala con más sentido político que literario con El País.
Y todo ello se me vino atropelladamente a le mente con la muerte de Ónega y del Pozo y ello me llevó también a la mayoría de los anteriormente señalados y que ya se fueron. Sic transit gloria mundi, que dice el latinajo. Y todo ello le lleva a uno a concienciarse de que ya está de los primeros en la lista de la transición, no de aquella que vivimos, sino de la eterna.
Gloria en el mundo de las letras para todos ellos.




