De ríos, salmones, ribereños, políticos y administración

-Si sigues cantando, Luis, los pocos peces que quedan se van a ir a León. Julián soltó la frase casi susurrando, sin desviar los ojos de la corriente. Su tono era plano, casi arrastrando cada palabra.

-¡Pero tú que remungas ho! Si los peces de este río ya tienen sordera crónica de tanto aguantar el silencio que algunos guardas y otros pedorretas de ciudad quieren imponer; soltó Luis con una amplia carcajada. Y lanzando su sedal con un movimiento ágil agregó:

-¡Fíjate! Está el río  alegre. Y hay que contagiar a los salmones las ganas de picar.

Julián movió dubitativamente la cabeza, suspiró silenciosamente y reajustó la posición que con sus altas botas mantenía sobre  las piedras resbaladizas. Mientras movía el sedal de un lado a otro se dirigido pausadamente a su compañero

-El río no está alegre, Luis. Está vacío. Mira las tablas de espuma, mira los fondos. Está limpio de lo que de verdad importa. Hace diez años no más, y no te quiero decir cuando, acudían  aquí nuestros abuelos, a estas horas ya habríamos visto tres lomos romper el agua. Hoy… nada de nada. O nis de nis que diría Serranín el cartero

Luis perdió por un segundo la sonrisa, contemplando el ir y venir de los rayos del sol en el agua filtrándose entre las ramas. Al momento intentó recuperar el optimismo.

-Venga, no seas agorero. El año pasado sacaron un campanu precioso no muy lejos de aquí. Las xanas del río todavía nos guardan algún secreto nin. Ya lo verás. Solo hace falta paciencia y el cebo adecuado.

-La paciencia no cría salmones, soltó cortante Julián, clavando ahora sus ojos oscuros en su amigo.

– Lo que cría salmones es el agua fría, los cauces limpios y que los dejen desovar en paz. Pero entre los embalses, el furtivismo y el cambio climático, los estamos ahogando. El Narcea, el Sella, el Cares… todos van a lo mismo: A ser ríos de plástico y recuerdos encauzados por normativas y decretos absurdos e ininteligibles

Luis salió del agua, dejó la caña apoyada en una roca y encarando a Julián   se cruzó de brazos adoptando una actitud de aceptar el debate.

-En eso te doy parte de razón, guaje. Pero no es solo el clima. ¿Y los de arriba? Los que se sientan en Oviedo en sus sillones tapizados. Esos sí que son buenos especímenes de piscifactoría: bien alimentados y sin moverse del sitio. ¡Seguro que el río solo lo conocen por el cuadro que tienen en su despacho!

-Esos no saben distinguir un salmón de una trucha arcoíris de supermercado,   añadió Julián con una mueca de amargura en su cara. Prometen planes de recuperación cada vez que hay elecciones. Hablan y hablan de millones de euros para aquí y para allá, de escalas salmoneras a esgaya, de repoblaciones hasta en los lagos de Muniellos. Luego pasan los cuatro años y lo único que se recuperan son sus cuentas corrientes.

-¡Exacto!, exclamó Luis gesticulando con las manos cual si diera un mitin sindical en una explanada minera. Se les llena la boca con el «Paraíso Natural». Hacen el folleto turístico con la foto del pescador y el río idílico, pero luego, a la hora de limpiar los vertidos industriales o de controlar las canteras, miran para otro lado. Se inhiben. Es una parálisis total. Si el salmón no vota, al político no le importa.

-No, no, Luis; no se inhiben por ignorancia, se inhiben por comodidad que no es lo mismo ni mucho menos

Tras su sentencia, Julián volvió su vista al agua con una expresión seria y un tanto sombría.

Cual si se encontrarse solo, Julián continuó en una especie de soliloquio:

 -Es más fácil ignorar el problema y dejar que los ríos mueran lentamente en el olvido que enfrentarse a las industrias que los contaminan o gastar dinero real en guardería fluvial y mantenimientos y limpieza. Prefieren que la pesca se convierta en un mito para los libros de historia e historias de abuelos como los nuestros.

Por primera vez en toda la jornada, Luis se quedó sin una réplica rápida. La verdad del río pesaba demasiado. Se acercó a su amigo y le dio una palmada afectuosa en el hombro.

Julián  se volvió rápido:

-Pues si nos van a dejar sin salmones, al menos que no nos quiten la dignidad de esperarlos, le dijo  con decisión Luis. Vamos a seguir lanzando. Si sale uno, le diremos que se esconda bien de los del traje y corbata que esos son más peligros que nosotros.

Julián asintió levemente permitiéndose una finísima línea de sonrisa que desapareció tan rápido como llegó. El Narcea siguió fluyendo silencioso testigo del lamento de dos jóvenes que se resistían a ver morir su río.

El sol terminó de esconderse tras las montañas y el frescor del río los empujó a recoger los bártulos. Minutos después, Julián y Luis empujaban la puerta de madera del bar El Refugio en el pueblo de al lado. El olor a café de pota y humo de tabaco los recibió de golpe, junto al murmullo ruidoso de los paisanos que discutían y gesticulaban en las mesas de madera unos, apoyados en la barra los más.

-¡Hombre, llega la juventud!, saludó Manolo, un jubilado de manos como sarmientos, desde la barra.

-¿Qué traéis en el cesto? ¿El campanu o solo frío?

-Traemos… una espina clavada, Manolo, porque salmones ya no quedan ni las raspas para un caldo.

 Luis, contestó recuperando su habitual sonrisa y, pidiendo dos cervezas al camarero con un gesto enérgico, se dirigió a una de las mesas. Julián se limitó a asentir con la cabeza, buscando una mesa libre en la que se sentó junto  a su amigo observando el bar y los parroquianos con su habitual mirada analítica.

-No les hables de salmones a estos guajes, Manolo.

Desde una de las mesas del fondo llegó la voz cascada del viejo Tomás, un antiguo guarda de río con la cara surcada de arruga y el carácter agriado quizás por vientos, lluvias y humedades de miles de madrigadas y disgustos..

-Los políticos ya se encargaron de firmar el acta de defunción de los ríos asturianos hace años.

-De eso hablábamos justo en el pozo, intervino Luis tras dar un largo trago a su cerveza.

-Digo que en Oviedo solo se acuerdan del Narcea para salir en la foto de la inauguración de la temporada. Luego, si hay vertidos de la mina o falta vigilancia, o proliferan los furtivos, o la vegetación ahoga el cauce, se lavan las manos como el Poncio Pilatos aquel. O de quedar envueltos para siempre entre papeles y más papeles.

Tomás dio un golpe seco con su vaso en la mesa, haciendo callar a los que jugaban al tute al lado.

-¡Peor que eso Luis! No es que se laven las manos, es que se mean en todo. ¡No tienen vergüenza!

Al viejo guarda se le quebró  aún más la voz por la rabia que ponía en la misma.

 -Tienen razón en una cosa

Julián tomó la palabra rompiendo su silencio. Lo hizo con una voz baja pero tan firme que, por lo que fuese, cortó el murmullo del local.

– El problema no son solo las leyes mal hechas. Es el no hacer planificado.

Hizo una pequeña pausa y continuó:

-Si dejas morir la pesca tradicional conviertes el río en un recurso privado o en un vertedero gratuito para las empresas. La inhibición de la Administración es una forma de desahucio para los pequeños pueblos ribereños, para las gentes, para nosotros…

Un silencio pesado cayó en el bar. Los paisanos asintieron con la cabeza; las palabras de Julián, cortas pero certeras, dolían porque eran verdad.

-¡Bien dicho, rapaz!

Manolo se puso en pie pidiendo otra ronda para todos

-Y ahora vamos a brindar por el Paraíso Natural tan anunciado y cacareado pero que nos están robando en nuestras propias narices.

Luis levantó su vaso, rompiendo la tensión con su chispa de siempre:

-¡Por los ríos libres y por el lanzamiento de los políticos al agua! Seguro que ellos saben nadar contracorriente y, además, hay más que salmones.

Entre risas y bromas todos vaciaron sus vasos. Las primeras sombras comenzaron a aparecer montañas abajo.

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R. Mera