ASOMADO A LA VENTANA

Ante el folio en blanco me viene a la memoria una cancioncilla que aprendí en mis primeros años y que me llega siempre asociada a villancicos y ecos navideños. “Y mi abuelo se murió/ y a mí no me dejó nada, / y a mi hermano le dejó/ asomado a la ventana”.
Hace pocas fechas que frente a mi provisional domicilio cangués vino a instalarse una familia que es la que me ha llevado a rememorar la cancioncilla de marras. A la tal familia parece le han dejado también en herencia una ventana a la que sacan un total provecho dado el altísimo grado de utilización que sacan a la misma.
Y es esa ventana en concreto y no otra. Las demás pasan los días prácticamente cerradas e inoperantes, de ahí que yo deduzca sea ésta la de la herencia del abuelo: la de la cocina. Mis constantes cambios de turno en el trabajo me han permitido observar el ir y venir que en la misma se produce.
Nunca he visto la persiana bajada. Hacia las ocho, cuando en febrero ya el día clareaba y en marzo la luz era completa, aparecía el primer usuario. Es una mujer de mediana edad que me parecía vestir camisón o parte superior de pijama y que se acodaba tras los cristales escrutando cuanto desde su atalaya podía divisarse. No dudaba en utilizar ambas manos de pantalla para evitar reflejos de luz y lograr una más perfecta visión. A esas horas, la calle aún está prácticamente desierta y tan solo algún alumno rezagado pasa veloz camino del Instituto bajo la escrutadora mirada de la ventana.
Apenas cinco o diez minutos después, un hombre se sitúa junto a ella. Aunque no podía distinguir sus rasgos daba la impresión de ser uno de esos a los que parece continuamente duele el estómago. Siempre aparece con jersey, lo que contrasta, al menos a mi entender, con la ligereza del camisón de la que presumo su mujer. Tras ellos, una sombra va y viene intentando encontrar hueco.
Se marcha el hombre y su puesto es rápidamente ocupado por otra mujer más entrada en años que, junto a la primera, señalan, hablan, señalan, hablan y vuelven a señalar.
Cuando ya la mañana ha avanzado lo suficiente aparece una tercera persona: un hombre mayor, alto y enjuto, que debe ser más callado por cuanto el grado de utilización que hace de la ventana baja bastante con respecto al resto de los ocupantes de la cocina.
Y alternándose unos y otros en el mirador de la cocina va pasando la mañana que es totalmente escrutada por los aburridos ojos de los ventaneros que practican con fruición aquello del “dejar hacer, dejar pasar” al que agregan un “y vamos a cotillear”.
Cuando cambio el turno y paso la tarde en casa, la mecánica no varía. La mujer aparece ya vestida y, en las primeras horas, se acoda hacia fuera manteniendo en sus manos un trapo de cocina. Luego llega el hombre, miran y charlan, charlan y miran. Se asoma la mujer mayor, cambian de nuevo y, vuelta a empezar. Pasadas las once de la noche se apaga la luz. Hasta las ocho de la mañana el alfeizar descansa.
Con las primeras luces, la noria comienza de nuevo. Ni siquiera los fines de semana la persiana cierra la oquedad de la ventana. Es la herencia del abuelo.

(Publicado en La Maniega)

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