Dicen: ¡El pueblo quiere saber!. Digo: el pueblo quiso ayudar

 accidente

Un orballo pesado envolvía la pequeña aldea asturiana en la que me encontraba. Enterado ya de lo ocurrido en Santiago de Compostela decidí zapear por las distintas cadenas televisivas que en el citado podían sintonizarse en busca del algo entretenido que apartase de mi mente las dantescas y repetidas imágenes del fatal accidente.

Como diría un joven de ahora, alucinaba en colores. En algunas de las cadenas, vociferantes tertulianos que invadían sin pudor ni respeto alguno el terreno argumental del otro pedían, con más ardor en la palabra que en la razón, la inmediata presencia allí del ministro del ramo, del presidente del gobierno, y del obispo de Astorga y el arzobispo de Santiago si fuese menester, con una poderosísima razón como argumento decisivo: ¡el pueblo quiere saber!.

¡Tenemos derecho a saber!. El presidente del gobierno debe dar explicaciones al pueblo!. Y aumentaban sus gritos y sus aspavientos. Algunos hasta se levantaban de sus asientos.

Apenas habían pasado veinticuatro horas del accidente y uno, pardillo y torpe, veía en las imágenes y escuchaba en la radio, que médicos de Santiago y otros lugares de Galicia, voluntarios, enfermeras, ATS, bomberos, miembros de protección Civil y de los servicios de seguridad, acudían de unos y otros lugares, aunque estuviesen fuera de servicio, y preguntaban: ¿Qué hay que hacer?. ¿En qué puedo ayudar?. Los vecinos de los pueblos más cercanos se volcaban prestando todo tipo de ayuda personal y de medios. ¿En qué podemos ayudar?, se escuchaba aquí y allá. No me constan que acudiesen gritando: ¿queremos saber! ¡el pueblo quiere saber!, como vociferaban los tertulianos más pendientes quizás de justificar su peculio que de informar y analizar. A medida que pasaban las horas se iban incorporando al coro de vociferantes justicieros políticos y politiquillos, personajes y personajillos que de repente, imbuidos quizás por la presencia del espíritu de la sabiduría que según la Iglesia Católica otorga al Espíritu Santo a aquellos dignos de tal don, analizaban complejos sistemas de seguridad de los que quizás no habían hablar hasta ese mismo momento como si les fuesen familiares desde la escuela. Complejos sistemas técnicos eran analizados y despachados con una facilidad asombrosa. Daban igual las llamadas a la prudencia y la moderación de los verdaderamente técnicos en esas complejas materias. ¡El pueblo quiere saber!, ¡Tenemos derecho a la verdad!. La Verdad. Eso era. Saber la Verdad. Y como tantas veces la Verdad no era otra cosa que oír lo que uno quería oír y lo que él argumentaba, esa era la única Verdad. Las razones de los otros, las otras verdades no eran la Verdad de cada uno. A lo largo del día tratarán de convencer a los pobres de espíritu a ello predispuestos a que salgan a la calle gritando su derecho a saber, el derecho de ellos de los que han de justificar su sueldo con la demagogia de cada momento.

A la mañana siguiente, Xuan, con más de noventa años viviendo en la misma aldea hizo el único análisis sencillo de la situación:

-Neno, a ese hombre, al conductor, pasóle algo. O dióle un mareo o un aquel. Nos creemos que la técnica es infalible y que lo podemos todo ya eso nun puede ser. Accidentes húbolos y habralos siempre mientras el hombre sea hombre. Lo que ocurre es que ahora somos tan listos que nos creemos dioses. Torpes, torpes, torpes. Hagamos lo que hagamos nunca podremos ir contra de lo que tien que suceder. Lo que tien que ser, tien que ser por muy listos que nos creamos.

 Nota: Xuan no es contertulio de ninguna cadena televisiva, ni siquiera de telecinco, “No da el nivel”

 

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