CANGAS DEL NARCEA.- Un gran árbol para una noche de nostalgias y madrugadas de folixas

CANGAS DEL NARCEA.- Un gran árbol para una noche de  nostalgias y madrugadas de folixas

 una

Día 29 de junio. Las campanas del convento de las dominicas señalan la hora del Ángelus. Despacio, bajo por el Parque del Minero hacia la Plaza Conde de Toreno. Luce un sol suave y agradecido. Pongo un pie en las almenas y abro mi vista hacia El Cascarín y Ambasaguas. Allí, delante de la ermita del Carmen, se alza enhiesto el arbolón que levanta su copa mucho más allá de la espadaña como la tradición ordena. Colgada del mismo, a buena altura,  la preceptiva corona de flores.

Todo se había cumplido en la noche anterior y madrugada del día del Señor San Pedro. Partiendo del Sotero, unos cincuenta mozos cangueses, avanzada ya la tarde, iniciaron el camino en busca del arbolón del 2014 que ya estaba ojeado hacía tiempo en las cercanías de Corias.

No fue fácil ni la corta ni el izado del gran árbol a la carretera. Una vez echado abajo comenzó la ardua tarea de subir los cerca de dos mil kilos de peso a la carretera protegiendo la copa. Cerca de cincuenta cangueses se  dedicaron a ello con entusiasmo y ganas. Gritos, sudores, músculos tensos, órdenes y contra órdenes de “capataces” voluntarios y de algún otro que sí sabe de qué va aquello. Al final queda colocado en la carretera. Un descanso de recuperación e inicio de las bromas.

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Comienza el camino hacia Cangas. Después de muchos años, el árbol llega a Cangas por la AS-15. Como ya es también tradicional Manulón y Adralés encabezan la comitiva cargando sobre sus hombres la parte más gruesa y pesada del árbol. Con ellos caras conocidas, muchas ausencias de otras que han sido fijas en los último años y, curiosamente, algunas totalmente desconocidas hasta para parte de los portadores. Nos dicen que dos o tres son mozos de Allande que se han incorporado a la fiesta canguesa. Colaboración entre concejos. Al final de la fila, en la copa, un grupo de niños que apuntan al futuro y mantenimiento de la tradición.

 La comitiva llega  a la Calle Mayor tras una parada en los bares del Corral. No hay mucha gente. Ya ha anochecido y está fresquito. Noche fría dicen algunas mujeres que esperan en la esquina de la Caja de Ahorros. No hay mucha gente. Más bien poca pese  a ser sábado.

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El paso de árbol y porteadores por la calle Mayor plasma un momento de intersección entre el ayer y el hoy. Me fijo en el ambiente y detecto que hay muy pocos jóvenes. Entre los que llevan el árbol hay muchos más que han dejado atrás los treinta y cinco que más jóvenes. Entre los curiosos la diferencia es aún más notable. Me cuentan que la mayoría alterna por la calle Díaz Penedela y los adolescentes por la zona de La Criolla.

Los veintisiete metros del árbol quedan dormidos en el suelo entre La Cantina y el Casintra. Un respiro. Las cámaras de los teléfonos móviles disparan sin cesar. Son bastantes los que aprovechan para, sentados en el arbolón, inmortalizar el momento. Clavadas en lo más grueso del tronco dos hachas y, encima, una gruesa cuerda. Bien enmarcadas, las fotos resultan interesantes.

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Plaza del Conde de Toreno. Sigue habiendo poca gente. Abajo, en la verbena del Prao del Molín, se vislumbra algo de ambiente. Los mozos lanzan al aire tandas de voladores. Uno se niega a subir y explota en el suelo más allá del edificio de Cuervo. Por suerte no hay nadie por allí y todo queda en susto. Es la una de la madrugada.

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Quizás uno de los momentos de más belleza plástica sea la bajada de Arrastraculos. Lo hacen girando el árbol de manera que la copa va delante y al final lo más grueso. La calle estrecha, el árbol largo y pesado. Gritan los de atrás pidiendo calma a lo cabeceros. Se disparan cientos de flashes y el árbol gira en perfecta maniobra librando pendiente y curva con maestría flexible.

Casa Sotero. Suenan los gritos de homenaje a María L´Aire. El bar ha cambiado de dueños y ya no está Pilar con su riñas y protestas. Su sobrino Angelín sigue repartiendo vino en el cacho a los porteadores. Suenan más voladores y la música de la verbena llega empujada por un aire fresquito. Así lo acusan las pocas jovencitas que se dejan ver que tiran una y otravez hacia abajo de sus minifaldas e imposibles pantaloncitos.

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El descanso es largo. Por fin enfilan el viejo puente con presteza y exactitud en la maniobra. Se entra en la plazoleta y se deposita el árbol en el suelo. Muchos de los porteadores se abrazan. ¡Viva María L´Aire! ¡ Viva el arbolón!.

 Comienza la difícil y un tanto equilibrista maniobra del izado. Los alrededores de la ermita se van llenando de gente. Sogas, escaleras, gritos, más esfuerzos, órdenes y contraordenes. Se afila el tronco para encajarle en el agujero preparado al efecto. Despacio, asegurando, tensas las cuerdas y los músculos la copa va subiendo lentamente, empujón a empujón. Hay que preservarla íntegra. Se alarga la maniobra.

 Los años me pesan y decido retirarme. Lo de alternar en la espera quedó atrás hace ya unos años- Eso de la “calidad de vida” que nos venden los médicos es una gran puñetería.

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Recurro a los relatos de los que allí quedaron: el árbol subió. El primer intento de colocar la corona lo más alto posible fue fallido. Aparece un nuevo joven dispuesto a trepar y es consigue subir un poco más. Lo hacen sin protección alguna y una caída puede resultar más que peligrosa. Así lo entienden los espectadores que arrancan a aplaudir dando el visto bueno a la escalada. Pasan ya las dos de la madrugada cuando todo queda ultimado. Suenan cerrados los aplausos y los porteadores se abrazan emocionados. ¡Hasta el año que viene!.

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R. Mera

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