REMEMBRANZAS BERZOCANIEGAS.- La generación de las penurias y el trabajo se nos acaba

De aquello nos queda la impronta de una lejana realidad que llega a nuestra mente como la sombra de las banderolas festivas en la soledad de la plaza.
De aquello nos queda la impronta de una lejana realidad que llega a nuestra mente como la sombra de las banderolas festivas en la soledad de la plaza.

He pasado unos días en mi tierruca, en Berzocana, dejándome acariciar por la brisa de las Villuercas y calentando mi cuerpo con el sol de la dehesa tras el largo invierno de nieblas del suroccidente asturiano. He paseado por sus calles y caminos polvorientos dejando libre el divagar de mi mente por tiempos y recuerdos semiperdidos o presentes aún, aunque difusos, en mi memoria.

Y notado las ausencias. He notado que no solo se han ido momentos y lugares, y de estos algunos han cambiado tanto que son ya irreconocibles que ya no son lo mismo. Se han ido también muchos berzocaniegos. De todos aquellos que fueron testigos de mi niñez y el inicio de mi adolescencia apenas queda una media docena. Y en ellos, la dureza del tiempo ha puesto rigidez en la mente que se pierde en divagaciones irreales que cabalgan entre huecos enormes de horas y años mezclando nombres, hombres, años, realidad y elucubraciones. Quizá por ello algunos están pero no están.

Y me doy cuenta de que con ellos se ha ido también toda una época: la de los supervivientes de la Guerra Civil y los duros años de la posguerra. La generación de los abuelos y padres de todos aquellos que ya hemos dejad atrás los sesenta. Y con ellos se han ido también toda una serie de relatos, de historias vividas u oídas sobre penurias, dolores, miedos e incluso venganza y muerte. Historias cercanas y en primera persona que quizás en nuestra niñez nos parecían aburridas pero que han sido el testimonio vivo de toda una generación. Una generación que vivió y nos inculcó valores que ahora nos parecen un tanto olvidados, o al menos diluidos, entre la vorágine de la inmediatez de las cosas y el afán por el triunfo económico personal a toda costa y caiga quien caiga.

Prácticamente se nos ha ido la generación que nos enseñó el valor del trabajo, del esfuerzo, el sufrimiento, la camaradería el valor de la mistad y la importancia fundamental de la familia como núcleo básico y vital de la existencia del ser humano. Del hombre de pueblo y del pueblo.

Quizás los últimos de esta generación no sepan o no supieron, mucho de nuevas tecnologías, de la economía, de la globalización, de primas de riesgo o de los bodrios de Telecinco. Ellos chateaban en el bar y tenían amigos reales con quienes compartían haceres y memorias en la plaza del pueblo en lo atardeceres o en las esquinas de cada barrio en los anocheceres veraniegos. De aquello nos queda la impronta de una lejana realidad que llega a nuestra mente como la sombra de las banderolas festivas en la soledad de la plaza.

Ya nadie nos podrá contar aquellas experiencias ni aconsejarnos aceptemos la fuerza de aquellos principios que rigieron sus vidas y las dieron contenido: la familia, el trabajo, la mistad, el sacrificio, la humildad, el ahorro y que la felicidad se puede encontrar también en las pequeñas cosas.

Se está apagando definitivamente la palabra de una sufrida generación que trabajó de sol a sol en los campos o la dura emigración con el único objetivo de que sus hijos no pasarán nunca las penurias que ellos pasaron. A fe que lo lograron.

Sírvanos de ejemplo para que nosotros y nuestros hijos podamos hacer lo mismo con las nuevas generaciones que nos dejan y sean estas líneas mi pequeño homenaje de agradecimiento

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