ARANDA/BERZOCANA.- Mañana de Reyes

En Aranda de Duero

Las primeras luces de la mañana rompían el vaho de los cristales colándose en la habitación. Fuera, el termómetro marcaba tres grados bajo cero. Como un torrente desbordado que hubiese roto de repente su presa de contención, mis dos nietos irrumpieron gritando

-¡Han venido! ¡Ya han venido!

-¿Pero quién demonios ha venido?

-¡Los Reyes, han venido los Reyes! ¡Venga levantaros rápido que hay que bajar!

Con el pijama medio caído y las legañas colgando hubimos de seguirlos a trompicones.

Un año más, la mañana de Reyes se abría esplendorosa a las ilusiones y realidades infantiles y…, seamos honestos, también a las de muchos mayores, especialmente si se es abuelo.

Todo había comenzado la tarde anterior. La cabalgata recorrió las calles arandinas con doce carrozas. En algunas de ellas se acumulaban paquetes de todo tamaño y color. Cada niño intentaba adivinar cuál de ellos era el suyo, Había caras de susto, de asombro, de incredulidad, incluso de preocupación. Ojos abiertos como platos. Padres y abuelos señalaban detalles y cazaban caramelos. La tarde de Reyes se llenaba de esa inocencia que crea la única mentira justificada de la historia de la humanidad. Esos Reyes que vienen llegando a España allá desde el siglo XII (no fue una idea de Franco como he llegado a oír a algún ilustrado de nueva hornada) y que han configurado todo un mundo de sensaciones y vivencias generación tras generación, independientemente de las creencias de cada cual.  Recuerde el lector que la primera obra de teatro que se escribió en lengua romance fue precisamente el Auto de s Reyes Magos, no otra. Pese a todas las politiquerías que han buscado su desprestigio en los últimos años, la sociedad sigue “creyendo” en unos magos capaces de estar aquí y allí al mismo tiempo.

En Berzocana

Precisamente por eso, a la vez que desfilaban por Aranda llegaban también a mi pueblo, allá en las estribaciones de las Villuercas extremeñas. Los pastores se calentaban a la lumbre encendida en la plaza. José tiraba del ronzal del burro en el que montaba la Virgen María. Fueron de puerta en puerta buscando posada y, al no hallarla, hubieron de quedarse en un chozo cerca de los pastores.  Y allí nació el niño. Y los pastores fueron a adorarle. Y sonaron los villancicos de siempre. Y seguidamente llegaron los magos siguiendo a la estrella. Y los niños de Berzocana, como los de Aranda aunque muchísimos menos en número, también mostraron caras de asombro, de susto o de incredulidad. Sí eran los Reyes. Habían venido.

Pero volvamos a la maña del día seis.Mis nietos y otros tantos nietos de pueblos y ciudades rompen con impaciencia envoltorios de colores que los pajes y ayudantes de los Reyes habían tardado mucho más tiempo en colocar. Y brillan los ojos de sorpresa. Y aplauden unos o se quedan medio petrificados otros con el regalo sorpresa en las manos.

Y los padres le dan una y otra vez a la máquina de fotos del móvil inmortalizando el momento. No hay apenas tiempo de desayunar, ni de quitarse el pijama. Todo es un atropellado hacer y deshacer. Un experimentar nuevo cada minuto, o quizás menos.

Luce ya el sol en todo su esplendor aunque apenas suben los termómetros. Avanza la mañana de Reyes y la tensión comienza a soltarse mientras el gozo aumenta.

Con una sonrisa en los labios, el abuelo se coloca la bufanda y los guantes y, con una sonrisa sale en busca de la prensa.

Y los Reyes seguirán llegando cada seis de enero mientras haya niños en el mundo.

 

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